La paz no tiene futuro


 

Imposible que la paz pueda echar raíces, en una tierra llena de cizaña y espinas. Y no es un tema legal ni político (en estos dos escenarios, la concordia tiene problemas, pero solubles). Me explico: desde el punto de vista jurídico y democrático, el proceso de paz es perfectamente viable y posible, a pesar de los obstáculos y las adversidades. Al final del día, el asunto no es de leyes, queridos lectores (ahí están los códigos): la gran desgracia de esta patria adolorida es la condición humana o, más bien, de falta de condición humana de sus gentes, y ese sí que es un asunto de mayúscula complejidad.

Las Farc tampoco son un obstáculo: los jefes de ese grupo guerrillero lo que quieren es hacer política, limpiar su plata y evitar la “cana”. Si el Gobierno les da esas gabelas, no hay lío, y todo parece indicar que así será. Luego de la repartija, se sumarán, también buscando lo suyo, el ELN y hasta las Bacrim. En consecuencia y paradójicamente, no son los alzados en armas, cualquiera que sea su “franquicia” o brazalete, los que constituyen una talanquera infranqueable para alcanzar la paz.

La inequidad rampante, la corrupción asesina, la desigualdad desbordada, pero, sobre todo, la mala sangre de una sociedad que está enferma de odio, resentimiento, codicia y envidia, hasta el tuétano, son los elementos que no permitirán que alguna vez germine la semilla de la paz. Es que un país, en el que las celebraciones terminan en tragedias, en el que los políticos se venden al mejor postor, en el que los medios están “fletaos” por los gobiernos de turno, en el que los “grandes opinadores” tienen intereses marcados y cuentas por cobrar, no tiene futuro. No hay salida cuando se pretende la paz, aplastando a los que piensan distinto: la paz se construye desde la diferencia, pero en Colombia no hay términos medios o ponderación: todo se resume a los extremos, a la satanización y a la polarización.

Olvídense de la paz. A lo sumo tendremos, como en el pasado, una desmovilización exitosa, pero el fin del conflicto está lejos. No hay una  guerra más difícil por librar para esta República que aquella justa que busque acabar con el canibalismo que nos caracteriza. Ver caer en un foso profundo al prójimo es el deporte nacional. Que nadie se llame a engaños: cuando la “intelectualidad” es una meretriz que se regala al poder, cuando ante la injustica todos callan, cuando entendemos el derecho como un mecanismo de venganza, y el debido proceso es un sueño lejano, no hay nada que hacer: todo habrá de irse al carajo.

De nada nos sirven los recursos naturales; poco importa que seamos “Magia Salvaje”; tampoco que los bandidos vuelvan a los fueros de la legalidad, si el alma de la colombianidad está podrida, y la “metástasis” erradicó valores fundamentales como la bondad, la honestidad mental y la comprensión. Cuando la mentira es aplaudida, y la razón es oprimida, no hay cura posible: la tragedia está servida. Un solo sueño alberga mi corazón: que mis hijos y mis nietos crezcan lejos de semejante maldición.

La ñapa I: Grande David Barguil, por pararle el macho a su suegro, el vocinglero, camorrero e histérico expresidente César Gaviria.

La ñapa II: El negociado del Gobierno con Electricaribe debe ser muy grande, para permitirles tantos abusos.

Abelardo de La Espriella1

Por Abelardo De La Espriella

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