¡Los amoríos del Libertador! VIII

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Al registrar los dos hijos de la Negra Hipólita, no aclaré que la verdad verdadera, era que estos en realidad -documentada- fueron concebidos por María Antonia Bolívar -la hermana mayor del Libertador-, resultas de las relaciones extramaritales detalladas atrás, según prueba -fehaciente- en que Hipólita le escribe a su amo Simón, solicitándole el… ”favor de hablar con su hermana María Antonia, para que solvente la situación de los dos hijos de su ‘propiedad’. Última referencia relacionad con los ‘Hermanos del Libertador’-

Manuelita en todo su esplendor.

Corresponde el turno hoy, lo concerniente -ajustado al mismo temario amoroso- al hermano menor, Simón; capítulo alusivo al agitado periplo vital (1783-1830) alusivo a lo amoroso, que nada tiene que envidiarle al de su padre y hermana María Antonia, a cual más bullicioso, movido y vibrante, no sin reiterar lo sobredicho, respecto a que la historia se construye de mitos que, en su caso, hace parte integral, primordial para entender mejor al héroe; pasado atado sistémicamente a su liderazgo, a la prominente capacidad de sacrificio, altura de miras, perseverancia en alcanzar sus objetivos, agregadas las pródigas, inagotables amantes presentes hasta su muerte, e hijos naturales -no reconocidos- que tuvo a montón.

Relevantes circunstancias de tiempo, modo y lugar, que dan un idea (completa) de su dimensión humana, que ayudan a entender, a complementar la leyenda, a explicar -además- el por qué nunca quiso -después de enviudar muy joven-, acordar una nueva relación, estable, que le ayudase a sobrellevar, a moderar sus ímpetus eróticos, sus nada edificantes pasiones que interfirieron -en buena medida- su trajinar político, militar, su empresa libertaria.

Explicada primordialmente por su categórica particularidad de nómada, de aventurero que sorprendió por su formidable habilidad para reponerse de las adversidades y desdichas personales, fracasos militares. Recuerdo algunos: huérfano de padre a los tres años, de madre a los nueve; viudo a los veinte; pérdida tempranera de su único hermano en un naufragio, de regreso de una misión por él encomendada relacionada con la lucha independentista; la derrota infligida por Boves; el terremoto del 26 de marzo de 1812, en que destruyó casi por completo a su adorada Caracas, en que murió la mitad -mínimo- de la población, fenómeno aprovechado por los clérigos realistas, que hicieron creer al pueblo que se trataba de un castigo del Cielo (por ser jueves santo), “por la sublevación de los patriotas contra el legítimo soberano, el virtuoso Fernando VII“.

Caracas es destruida por un terremoto.

Hecho que  llevó a Bolívar a pronunciar la inmortal frase: “Aunque la naturaleza se oponga lucharemos contra ellos (españoles-realistas) y haremos que nos obedezcan“.

Completan sus desventuras o tropiezos estos otros sucesos: Exiliado político en Jamaica y Haití; la patética pérdida de Puerto Cabello -30 de junio de 1812- y sus instalaciones, lo que indiscutiblemente selló la muerte de la Primera República, dado que la pérdida del Castillo de San Felipe -la mayor instalación militar de entonces, con todos los pertrechos, arsenal de guerra (armamento y municiones) y otros recursos no menos importantes allí almacenados; incuestionable posición estratégica cercana a las ciudades bastiones de la independencia.

Seis días después, un Bolívar derrotado, alicaído, abandona humillado, vencido la ciudad, acompañado tan solo de ocho oficiales.  Una más, el no haber podido -nunca- reconquistar su natal (Caracas) entre 1814 y 1821, entre otros fracasos e infortunios.

Vuelvo al empedernido, compulsivo mujeriego, que lo llevaron a fracturar, romper las reglas sociales, como quedó registrado, con tinieblas fufurufas -de esconder-, las que parodiando a Gilberto Alzate, -el más grande caudillo civil del otrora glorioso conservatismo, del pasado y presente siglo-, que ‘en vez de mejorarle la vida se la complicaron’, en razón a que ninguna complementó, dio la talla, influyó en su accionar político-militar, causándole -por el contrario- infinidad de enemigos políticos, a quienes convirtió en grandes, históricos cornudos -como tantos otros que en el mundo han sido- que llevaron a Bolívar -repito- a mantenerse ajeno a los convencionalismos sociales. Frente al picante tema, ojalá me alcance la vida para aludir a los estereotipadas, teatrales, imaginarias figuras de postín -de contra carátula- de mi generación, que los lucieron bien orgullosos.

Fugaces, vanidosas, variopintas levantes de alcoba, rehuyendo siempre -reitero- tener compañeras estables, en las que hubo amantes de diversas nacionalidades. Veamos: México, Venezuela, Francia, Colombia, República Dominicana, Haití, Ecuador, Perú, Bolivia, hasta una estadounidense, que relacionaré en la próxima entrega.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco (nombre de pila), con menos de 19 años, se casó el 26 de mayo de 1802, con la joven madrileña, María Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro y Alayza (15/10/1781 – 22/01/ 1803), dos años mayor, fallecida de fiebre amarilla en Caracas -contraída probablemente en las haciendas de San Mateo y Yare-. Efímero matrimonio que duró tan solo ocho meses; se dice que Bolívar quedó tan traumatizado, que juró no volver a desposarse, lo que cumplió religiosamente.

Las filosas lenguas santafereñas sostuvieron -sin embargo- que Bolívar le propuso (1822) matrimonio a nuestra bella compatriota, Bernardina Ibáñez, reacia a entregarse antes de; chisme al parecer sin asidero, que hizo parte -una más- de la leyenda que lo rodeó, deducida de una revisión cuidadosa de la correspondencia de su competidor (en todo), Francisco de Paula Santander Omaña.

Al respecto otros atestiguan que dados los permanentes conflictos entre Bolívar y Santander, fue por causa de la competición por los encantos de Bernardina, que llevaron al Libertador a lanzar la siguiente admonición: “habrá paz en Colombia, el día en que mueran Nicolasa y Bernardina Ibáñez, Bárbara Leiva y Mariquita Roche”. Mujeres que los distanciaron.

Nicolasa Ibáñez de Caro,

De la vida sentimental del ‘Hombre de las leyes’, poco se sabe, aunque es conocidísimo el incidente de faldas protagonizado por él con don José Ignacio de Márquez (1793-1880), presidente de la República entre 1837 y 1841, por cuenta de Nicolasa Ibáñez de Caro, madre de José Eusebio Caro, quien poseía una belleza arrobadora, casi a la par con la de su hermana Bernardina. Las malas lenguas señalaban a Santander como amante, de Nicolasa, viuda ya de Antonio José Caro, con quien se casó en 1813, a quien cariñosamente Santander llamó ‘La Piconcita’.

El incidente que encendió la chispa, fue el hecho de que Santander encontró a Márquez de visita en casa de Nicolasa. Preso de incontenibles, incontrolables, locos celos, lo tachó de intruso; furioso, indignado se fueron a las manos, alzando en vilo Santander a Márquez (facilitado por la pequeñez de estatura de este), con la intención de lanzarlo por la ventana a la calle desde un segundo piso; tragedia  evitada por Nicolasa -también de armas tomar-, que detuvo al fiero contrincante, jalándole del sacoleva, salvando el pellejo del inoportuno ‘gallinazo’ de una merecida expiación. CONTINÚA

Bogotá, D.C., 17 de agosto de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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