¡Los hermanos del Libertador! (III) 

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¡Los hermanos del Libertador! (III) 

Simón Bolívar

Retomo el hilo en el Decreto de Guerra a muerte del Libertador, recordado en mi modesta columna anterior, que no amilanó, atemorizó a la hermana mayor -de padre y madre- María Antonia Bolívar Palacios;  monárquica confesa, bonachona, vivaracha, joven damita, de  armas de tomar, falda tobillera, armoniosa, de estructura corporal atlética, fornida, maciza, atractivos ojos, pelo castaño, dominante, irreducible, terca, quien no se frunció para  apadrinar, resguardar a los pundonorosos pares -devotos del rey de España- cuya adhesión rectilínea -semejante a la de las autocracias-, era antípoda de los impulsores de la república, al punto de ser reseñada con los epítetos de ‘goda aristócrata’, ‘traidora’.

Mientras el genial ‘loco’ Simón -seis años menor-, condición heredada del apellido Palacios; impertérrito, persuadido adversario de la monarquía, fanatismo cultivado en la Sociedad Patriótica, se empeñó en liberar a Venezuela del yugo español, hacerla un país libre y soberano; proceso independentista vivido entre 1819 y 1830, extendido a Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia.

Convulsa época que llevó a Bolívar, en custodia de la vida de la díscola, María Antonia y sobrinos, a presionar su exilio en La Habana, durante una tanda de años, no sin dejar de reprocharla por su actitud. En tal contexto, ella, para curarse en salud, le manifestó por escrito a la Real Audiencia de Caracas y a Fernando VII, las  resaltantes, profundas diferencias con la causa libertaria, con la que ‘nada tengo que ver, y sobre la que abrigo una apreciación diferente, que prevalece y se mantiene -con los míos- fiel, leal a la Corona, que salvaguardo y respaldo plenamente’.

Calculada, estratégica sumisión retribuida con congrua pensión real de 2.000 pesos, que le permitieron vivir holgadamente en su voluntario confinamiento. Materializada la Independencia, el Libertador dispuso su regreso, sufragando los gastos, con la ferviente  recomendación de “servirse de la prudencia, atemperar el ánimo levantisco”, que tantas animadversiones, contrariedades, dificultades, inconvenientes le causaron a su protector, reiterándole: una y mil veces:

Antonia, te aconsejo que no te mezcles en los negocios políticos, ni te adhieras, ni opongas a ningún partido. Deja marchar la opinión y las cosas, aunque las creas contrarias a tu modo de pensar. Una mujer debe ser neutral en los negocios públicos. Su familia y deberes domésticos son sus primeras obligaciones“.

Los padres de Simón Bolívar: Juan Vicente y María de la Concepción. Ambos retratos están en La Casa Natal del Libertador en Caracas.

Muerta su madre, María de la Concepción y pocos años después, su padre, don Juan Vicente, aquejado -ambos- de tuberculosis, igual que Simón, hético que lo consumió en su agitada y relativa corta vida. Orfandad que creó incertidumbre, interrogantes y mucha zozobra entre abuelos, tíos e impúberes hermanos, respecto a María Antonia y Juana, que apenas tocaban la edad del aprendizaje de las buenas costumbres, del “savoir faire” -se decía entonces- a la española, del núcleo de relevancia en el mantuanaje o clase superior caraqueña.

Los mantuanos (blancos criollos perteneciente a la aristocracia local) ejercían un poder omnímodo en la sociedad colonial; como miembros del cabildo, el clero, con acceso exclusivo a la educación universitaria; a conformar la oficialidad del ejército regular y el miliciano; al control de las instituciones culturales y educativas; amos absolutos del comercio, economía, la política; de la propiedad de la tierra, despóticos terratenientes, imperiosos dueños de los esclavos a los que les marcaban (transferían) con su apellido; en síntesis, nada les era ajeno, nada pasaba desapercibido, ni estaba fuera del control, de esta influyente y linajuda sociedad de castas, sucesora de los españoles, grupo social excluyente, que gozaba de múltiples privilegios, incalculables prerrogativas otorgadas, amparadas por las leyes, defendidas con celo, a capa y espada, dado que ningún integrante de los discriminados clanes sociales, podía disfrutar, ser titular de tales derechos, beneficios, prerrogativas, sinecuras, que el sistema colonial les aseguraba y protegía, per saecula saeculorum.

Entradas las citadas, María Antonia y Juana, ‘capullos en flor,’ en la edad de merecer, fue motivo de desvelo, preocupación familiar, por la protección de la acechada, espiada, perseguida virginidad, costumbre de la época en comento, lo cual llevó a sus tutores directos a apadrinar precozmente, a comprometerlas en matrimonio; empeño comenzado con la agraciada, coquetona y pícara María Antonia, quien sin cumplir sus quince años, la desposaron con el cercano y medio enfermo pariente, Pablo de Clemente y Palacios, atacado enseguida por la epilepsia y la parálisis.

Situación que alentó, fustigó, incitó a la fogosa, hirviente, insatisfecha esposa, a creerse otra María Luisa de Parma -también huérfana a los ocho años y con una infancia bastante solitaria-; razón para que nuestra sardina de marras, le plantara -pronto, velozmente- los cuernos al disminuido, discapacitado esposo, apurada -repito- por los encendidos genes heredados de su padre -sobrados en testosterona y tentaciones mundanas-, que en su caso y el del ansioso, ardiente, glotón, hambriento Simón, fueron como una gota de agua, tomada del paterfamilias.

Lo que se hereda no se hurta.  Reminiscencias que abrieron y cerraron sus ciclos vitales. Inesperado suceso que llevaron prematuramente a María Antonia, a ponerse al frente de la administración de los bienes conyugales, gestión caracterizada por su crueldad, dureza, persistencia que le merecieron los calificativos de: ‘avara’, ‘egoísta’, ‘inescrupulosa’, ‘sádica’, este por las torturas infligidos a los criados, dependientes domésticos, al decir del diplomático inglés, Ker Porter, según los diversos aparejos, utensilios de tortura guardados en la hacienda Macarao (cercana a Caracas), para castigar a los esclavos rebeldes, como lo afirma  el haitiano Paúl Verna.

Impávida, la codiciosa curadora, especuló con los bienes de Juana -su hermana-, a quien llegó a calificar incluso de ladrona. Asimismo intentó apoderarse de la herencia de Simón, como de las minas cúpricas de Aroa -estado Yaracuy-, arrendadas por él a una compañía inglesa, con las que contribuyó a los gastos de la guerra; certeza aunada al caso del pagaré obligatorio firmado por Bolívar, sin que la ventajosa mayordoma rindiera cuentas, según el minucioso, sólido relato del desvalijado, timado hermano, recogido por el historiador Guillermo Morón, lo que prueba las mañas que acompañaron a la nada fraternal hermana, que siempre se entrometió en la vida de sus consanguíneos.

Su aparente, excelso estado de mujer casada -de velo y corona- dejó mucho qué desear, lo cual no fue óbice, obstáculo, para deshonrarlo con las comprobadas, escandalosas, innegables licencias extramatrimoniales, nutridas con una multiplicidad de disolutos enredos amorosos de todos los pelambres, de la muy culipronta, desenfadada, frenética, insaciable fufurufa, trabados con personajes de todas los niveles sociales, lo que deslustró, melló el prestigio hogareño, historial que -para no alargarme más- dejo para relacionar -los más relevantes- en el próximo memorioso escrito .

Termino recapitulando el que, en 1825, le dedicó estas palabras laudatorias en defensa de su gran hermano: “(…) di siempre lo que dijiste en Cumaná el año 14 que serías Libertador, o muerto. Ese es tu verdadero título, él, el que te ha elevado sobre los hombres grandes, y el que te conservará las glorias que has adquirido a costa de tus sacrificios (…). Otra vez le escribió: No puedo menos que declararte los sentimientos de mi corazón por el interés que tengo en tu felicidad“.

Fallecido del Libertador en Santa Martha, en 1838, al cabo de un gran largo trecho, imploró al presidente, Carlos Soublette, permitirle repatriar sus restos para que reposaran en Caracas como fue su último deseo, arguyendo: “ha pasado suficiente tiempo para que las pasiones políticas se hayan extinguido, ruego encarecidamente acceder al traslado a Caracas de sus despojos mortales, como era su voluntad“. Solicitud denegada.

Fue el general José Antonio Páez, quien el 30 de abril de 1842, saldó la aspiración mediante decreto en el  que ordenó el retorno de los restos del inmortal Padre de la Patria, disponiendo -además- ‘rendirle póstumos honores fúnebres y sepultar sus reliquias en la Catedral de Caracas’. CONTINÚA

Bogotá, D.C., 14 de julio de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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