¡Los hermanos del Libertador! (IV) 

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¡Los hermanos del Libertador! (IV) 

Retomo el lascivo pasado de María Antonia, hermana mayor del Simón Bolívar, dignos herederos (ambos) del lujurioso y difunto padre, Vicente Bolívar y Ponte Andrade, novelescas historias (de los tres), a cual más bulliciosa, convulsa, movida, tormentosa -como para reservar palco en primera fila-. Trilogía de Casanovas que medio siglo después se inspiraron en la vida amorosa del Don Juan veneciano (1727-1802), cuyas 132 conquistas que registra su autobiografía, se quedan en palotes, frente a la de los precitados émulos.

 

Giacomo Girolamo Casanova, aventurero, libertino, filósofo, diplomático, historiador, escritor, jurista, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano, hermano de los pintores Giovanni y Francesco Battista Casanova.

Personaje que tomo de modelo, para la presente nota memoriosa, consagrada a rememorar las acaloradas, excitadas, fugaces, turbulentas andanzas de alcoba de la ardiente, briosa, efusiva, traviesa María Antonia -de armas tomar-; hazañas, murmuraciones convertidas en comidilla callejera de la época, de desfachatados, desollados chismosos, reemplazados hoy por los cronistas faranduleros y paparazis.

Historietas que atestiguan que tales relaciones, trastornaron, hicieron perder el juicio a nuestra protagonista, María Antonia. Dinámicos, erizados, múltiples devaneos con tinieblos de postín y otros no tanto, del montón -pajes o sirvientes-,  cuernos que adornaron, lució en vida el enfermizo, lisiado, minusválido marido, el Capitán de Milicias Pablo Clemente y Palacios.

Sin más preámbulos, comienzo por mencionar las dos espurias hijas de María Antonia, Trinidad Soto y Josefa Cabrera, que hizo aparecer ante la alcanforada, pacata sociedad, como retoños de una criada de confianza, común costumbre con la que encubrió sus infidelidades. La primera -nacida en 1806- producto de su relación con Don Felipe Martínez, Oidor de Justicia de la Provincia de Caracas.

Josefa -la segunda-, acomodada a otra doméstica, cuyo verdadero padre fue Don Lino Antonio Ramón de Jesús de Clemente y Palacio, diez años mayor que María Antonia,  (hermano -nada menos- que de su legítimo, cornudo marido), nacido en Petare (actual estado Miranda), oficial de la marina de guerra (vicealmirante), activo en las campañas de la Independencia, Primer secretario de Guerra y Marina de Venezuela (1810), firmante del Acta de la Independencia (1811), hijo -a su vez- de la también consanguínea, Mercedes Palacios Jerez.

Por tanto, queda claro que los apellidos, Soto y Cabrera, fueron pseudónimos acomodaticios, de circunstancia, conforme a los convencionalismos imperantes, con los que encubrió el deshonroso y condenado socialmente adulterio… y todos tan tranquilos, frescos como una lechuga.

Es candoroso, ingenuo, inocente afirmar -por sabido- que no existía entonces, no podía existir -ni siquiera en la ciencia ficción- el término ADN, menos la prueba, para desenmarañar la paternidad, investigación sucedida en un laboratorio de la Universidad de Cambridge en Gran Bretaña, con el título ‘Estructura del ácido desoxiribonucleico’, de la que dio cuenta la revista científica Nature, el 25 de abril de 1953, estudio que reveló el misterio de la molécula que contiene la información genética necesaria para que cualquier organismo vivo, nazca y se desarrolle; pesquisa que definió, resolvió el funcionamiento del código ídem, dando inicio a la era de avances -sin precedentes- en la biología.

Hallazgo en el que participaron: el británico Francis Crick, el estadounidense James Watson, junto con Maurice Hugh Frederick Wilkins (Nueva Zelanda), develamiento que les mereció el Premio Nobel de Fisiología y Medicina (1962), físico -este último- que se apropió del trabajo con rayos X, de Rosalind Franklin, quien  fue el que proporcionó los  cruciales datos para la descripción de la estructura del ADN. A propósito, Watson, fue despojado de la distinción (Nobel) por reiterar que los negros -por sus genes-, son menos inteligentes que los blancos.

Retomando el hilo, sobre los expósitos líos de faldas con los apetecidos segundones -de bajo perfil- que abundaron en la agitada, insaciable vida sexual de María Antonia, menciono el vínculo con un carpintero-ebanista, que por los desiguales: estatus social y tiempos vividos -con total descaro- en el fundo de Macarao, luego de retornar de La Habana, fue motivo de escándalo, ocurrido en la desbocada edad de la sin-razón, en la que los incontrolables perros sicalípticos, le fueron soltados al susodicho intruso, amante que en un momento  de celos, -cuenta ella misma- le propinó, severa, paralizante tunda de palos y bofetones que, con total desparpajo, dándole cuenta a su parigual hermano Simón: “le abrí la cabeza” –dado que para la muy ladina, el colega del padre de Jesucristo- no era muy de su gusto, y en la seducción “hizo cuántas picardías le sugirió su torpeza”.

El irónico antioqueño, Fernando González, dijo, en un caso similar: esa dama “pelaba más plátanos que un capitán de buque margariteño”, equivalente al deslenguado Guillermo Botero -‘Bullas’-, recordado compinche de generación, -quien refiriéndose a una cercana amiga-, decía que “conocía más cacaos que el orinal del Polo” (icónico café de Manizales), complementada -a veces- con: «esa damisela, con los metros de ‘chimbos’ comidos, pudiera -si se propusiera- medir la circunferencia de mundo, le podía dar perfectamente vuelta y media”.

En ese devenir, la enfurecida dama, mandó a asestarle -igualmente- severa azotaina al estafador y tuerto panfletario, Rafael Diego Mérida, acérrimo enemigo de su hermano Simón, por tildarlo de ‘puto’, ‘satánico’, ‘colmado de venenos’, ‘hombre sinuoso lleno de remilgos y herético’.

Golpiza duplicada al letrado acusetas del oficial brasileño, José Ignacio Abreu e Lima, el íntimo del Libertador, pretendiente de su sobrina Benigna, hija de su finado hermano, Juan Vicente, del que se dijo que, además, de “una estrecha amistad, familiaridad”, “existió algo más que aquel presunto lazo”, quien tachó de calavera a su “desahuciado”, “despreciable” enemigo. Abreu e Lima, oficial hijo del disoluto exsacerdote, José Inácio Ribeiro, que dejó la sotana para casarse, conocido como ‘Padre Roma’, debido a que fue ordenado en dicha cuidad por el cardenal Chiaramonti, futuro papa Pío VII.

Condenado en 1817 por su participación en la Revolución Pernambucana, truncó la carrera militar recién iniciada por el joven hijo, José Ignacio, en razón a que los delitos políticos -considerados de «lesa majestad«- afectaban también a los herederos, quien, en guarda de su vida, se refugió en Estados Unidos, en tránsito hacia La Guaira, para incorporarse al ejército de Bolívar, como capitán.

Agotado el espacio, dejo para la próxima columna, la premenopáusica relación amorosa con un ‘Don nadie’, sardino de veinte años, fabricante de peinetas, de nombre. José Ygnacio Padrón. CONTINÚA

Bogotá, D.C., 21 de julio de 2021.

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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