¡Los hermanos del Libertador! VI

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Conforme a lo previsto, resalto a la genuina, influyente aya del Libertador, la “Negra Hipólita’, 10 años mayor, cuyo apellido Bolívar emana de la práctica en la Venezuela de entonces, en que los esclavos tomaban el apellido del amo.

Reconocida como su primera maestra, de la que el texto escolar de historia, de Henao y Arrubla, que despertó en mí, el apasionante, concienzudo merodeo, sobre la vida, obra y milagros del ‘Padre de la Patria’, nada dice.

Atractiva, encantadora, esbelta, pizpireta, sublime, vivaracha venus de ébano, alta, formida, inteligente, con exuberantes, envidiables, generosos senos que hasta bien crecido amamantaron al niño Simón, lo que le mereció el agradecimiento -imperecedero- de su parte, quien la consintió, encumbró y distinguió como: “madre”, “padre”, “maestra” hasta el final de sus días.

Lo que le valió pasar a la posteridad como uno de los pilares cardinales que influyeron -definitivamente- en la  educación, encausamiento de sus primeros años, de lo cual quedó amplio testimonio del inmortal autor de la independencia de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Documentado ascendiente según se colige de esta inaugural misiva, enviada a María Antonia (hermana), en 1825, desde el imperial Cuzco (Perú), en la que le solicita: “Te mando una carta de mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiera; para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche -lo sabes- ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre más que ella”.

Influencia soportada en que, al nacer, los quebrantos de salud de su joven madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, no le permitieron amantarlo, debiendo rogarle a su íntima amiga, Inés Mancebo de Miyares (cubana), para que se hiciera cargo de hacerlo, encargo que cumplió gustosa los primeros 30 días.

Relevada por la Negra Hipólita -traída del Ingenio Bolívar (heredad familiar), hacienda San Mateo, ubicada en el Estado Aragua. Abnegada, fiel niñera que, al fallecer su señor padre -don Vicente Bolívar y Ponte Andrade- lo sustituyó en la crianza del infante, con apenas tres años cumplidos. De la administración de la pródiga fortuna se encargó su señora madre, que supo multiplicarla; haberes tenidos como uno de los cinco más importantes de la Capitanía General de Venezuela; conformado por propiedades por toda la Provincia de Caracas.

Solvencia que le permitió a la dinastía, Bolívar-Palacios, darse el lujo de capacitar, formar en las artes y oficios domésticos, a los esclavos a su servicio -“uno de los más apetecidos, mayores bienes de la colonia”-; servidumbre que asumirían las diarias, rutinarias tareas de las haciendas, razón para que las imprescindibles Hipólita y Matea -segunda esclava de confianza- recibieran un exquisito adiestramiento, especializado y trato diferencial.

La ‘Negra Hipólita’, no solo sustituyó al extinto padre, sino que relevó en vida a su madre, completamente, encargándose de darle pecho al crío; dirigir sus primeros pasos; enseñarle las primeras letras; dispensarle -centuplicados- los mimos, procurarle desvelados cuidados, halagos, ternezas que la desfalleciente madre no podía prodigarle, quien muere -penosamente- a los 34 años de edad, cuando el retoño en comento cumplía nueve años.

Tarea que Hipólita desempeño, ayudada por la Negra Matea Bolívar, nacida en San José de Tiznados, Estado Guárico, quien de paso presenció y dejó auténtico, detallado testimonio del ataque realista liderado por José Tomás Boves, el comandante asturiano y su ‘legión infernal’, que tuvo un papel fundamental en la guerra de la Independencia de Venezuela, quien se propuso obtener el parque republicano almacenado en la “casa alta” del ingenio Bolívar, para armar a sus hombres, que en su mayoría contaban solo con lanzas. La custodia le fue encomendada al capitán neogranadino Antonio Ricaurte Lozano -nacido en Villa de Leyva (Colombia)-, y a una pequeña tropa de cincuenta soldados, quien dispuso rodear la plaza de armas por todos los accesos, antes del ataque realista del 25 de marzo de 1814.

Cuando las tropas realistas se disponían a capturar aquel arsenal, Ricaurte esperó a que entraran y acto seguido prendió fuego a los polvorines y los hizo volar, pereciendo él y todos aquellos que se hallaban dentro. Inmolación que instantáneamente esculpió su nombre en el glorioso, imperecedero mármol en que están grabados los nombres del martirologio patrio.

Matea fue vendida por Carlos Palacios y Blanco, encargado del manejo del patrimonio de los sobrinos huérfanos, rescatada posteriormente por María Teresa del Toro, esposa de Simón Bolívar, quien estuvo (Matea) en 1842, al lado del presidente, José Antonio Páez, en el recibimiento de los restos del Libertador, provenientes de Colombia, quien en reivindicativo, noble  gesto,  ordenó repatriarlos, en cumplimiento del último deseo del caraqueño, en el sentido que aquellos reposaran en la capital de su patria chiva -Caracas-, reparando así la imperdonable negativa del presidente, Carlos Soublette, ante las insistentes rogativas de María Antonia.

En 1876, Matea -con 103 años- acompañó a Antonio Guzmán Blanco, presidente de los Estados Unidos de Venezuela, en el traslado -28 de octubre del mismo año- de dichos restos, desde la catedral de Caracas hasta el Panteón Nacional, su actual morada.

A propósito, como las nodrizas tenían simultáneamente sus propios hijos, sincrónicos a los niños que amamantaban, surgía entre ellos un natural vínculo conocido como, de los “hermanos de leche”, caso dado con Dionisio, hijo de Hipólita, que creció al lado de Bolívar, partícipe de la guerra de independencia, como soldado del ejército patriota, llegando al grado de sargento.

Igualmente se habla de un segundo hijo (ambos primos de sangre de Bolívar), según se desprende de una esquela que Hipólita le dirigió a su señor,  en la que le implora: “Querido hijo y amo, el favor de enviarme 30 pesos para pagar la casa donde vivo, pues me van a sacar por falta de pago”, pidiéndole -además- “el favor de hablar con su hermana María Antonia, para solventar la situación de sus dos hijos, quienes fueron de su ‘propiedad’”.

Después de la batalla de Carabobo, en 1821, Bolívar “concedió la libertad a los esclavos que le quedaban, entre ellos, Hipólita”. En nueva carta le pide a María Antonia que la proteja “para que tenga una vejez digna”, consonante con otras corresponsalías: Desde Ecuador le solicitó (1825) a su sobrino para que le entregara mensualmente “treinta pesos -a Hipólita- para que se mantenga mientras viva”. Una más, en 1827 le agradece a un amigo caraqueño haber acatado su petición de pagarle a su nana una pensión de un año. “Muchas gracias, mi querido Álamo, por la bondad con que Ud. ha atendido la recomendación que le hice a favor de la viejita Hipólita: no esperaba menos de la buena amistad de Ud.”

Hipólita muere en 1835, en casa de María Antonia. CONTINÚA.

Bogotá, D.C., 04 de agosto de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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