¡Los hijos de El Libertador! XVII

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La Convención de Ocaña

Los fundamentos de la Conspiración septembrina se originaron en la Convención de Ocaña, asamblea constituyente realizada en la ciudad del mismo nombre, entre el 9 de abril y el 10 de junio de 1828, que tuvo como objetivo principal reformar -reemplazar incluso- la Constitución de Cúcuta del 30 de agosto/1821, la cual solo podía enmendarse o renovarse después de diez años, marco legal que dio vida a la República de Colombia (llamada por la historiografía como la Gran Colombia) la cual unificó la Nueva Granada (Colombia y Panamá) y Venezuela, sumándose posteriormente Ecuador.

Entre otras determinaciones, el Congreso eligió por votación como presidente de la República, a Simón Bolívar y vicepresidente, a Francisco de Paula Santander, pero como Bolívar estaba ausente, Santander asumió la Presidencia y Antonio Nariño la vicepresidencia.

Convención que emergió como reacción a los levantamientos que venían dándose desde 1826, fruto del proceder absolutista del gobierno, que llevó, el mismo año al general, José Antonio Páez, militar y caudillo venezolano a declararse en rebeldía y liderar un movimiento separatista, llamado ‘La Cosiata’.

La corriente bolivariana puso en consideración de la Asamblea un proyecto de Constitución Vitalicia, calcada de la que Bolívar impuso en Perú y Bolivia, la cual lo convertía en un remedo de rey, dado que podría permanecer en el mando hasta su muerte.

Propósito estorbado, neutralizado por las fuerzas contrarias a la instauración de esa especie de monarquía o dictadura, buscando para sí una mayor participación constitucional, encontrándose -por demás- ante la infranqueable línea roja respecto a la intangibilidad de la constitución que no podía reformarse hasta tanto se cumplieran los diez años señalados. La convención fue convocada legalmente por ley del 7 de agosto de 1827, escogiendo como presidente a José María del Castillo y Rada y vicepresidente, a Andrés Narvarte. Asamblea de la que se retiraron más tarde los seguidores de Bolívar.

Cumplido el período de las deliberaciones, 10 de junio de 1828, no se había logrado acuerdo alguno, fue entonces cuando Bolívar, ante la urgencia de aplacar, sosegar el ambiente separatista, el 27 de agosto promulgó el Decreto Orgánico que tituló «Ley Fundamental», por medio de la cual asumió la condición de dictador, dejó sin efecto la Constitución vigente (de Cúcuta), impuso un régimen militar, disolvió el congreso y todos los cargos públicos que le representaran posible oposición, incluido el cargo del vicepresidente, dándose por decreto el título de «Presidente-Libertador». Al respecto, solo obtuvo el apoyo del Consejo de Ministros y el Consejo de Estado.

Desafío al que agregó el creciente descontento social, mecha que encendió la pradera, excitó, incitó al grupo de “conspiretes”, conformado por doce civiles y 25 soldados comandados por Pedro Carujo (militar venezolano), quienes a medianoche marcharon hacia el Palacio Presidencial (San Carlos), forzaron el ingreso, luego de asesinar a los guardias, dirigiéndose directo al dormitorio de Bolívar, quien, detenido por Manuelita, que no le permitió salir a enfrentarlos, pistola en mano y sable al cinto, lo persuadió para que escapara, saltando por la ventana del cuarto, mientras ella salió, revólver montado, a encarar a los conjurados, entre ellos: el escritor neogranadino Luis Vargas Tejada, Florentino González, Ezequiel Rojas y Mariano Ospina Rodríguez y el susodicho Carujo.

Manuelita, llamada: la ‘libertadora de ‘El Libertador’.

El resultado del siniestro complot, fue la muerte del coronel William Ferguson, edecán inglés, herido el joven Andrés Ibarra y un moretón en la frente que recibió la protectora del ilustre caraqueño. El liberto esclavo, José Palacios, llevó al recién salvado de la muerte, a un lugar seguro (debajo de un puente). El batallón Vargas, dirigido por el coronel Whittle, fue determinante en conjurar la confabulación.

Tarea rematada por los generales, Rafael Urdaneta y José María Córdova, que se encargaron de controlar la situación en la capital, detuvieron a los comprometidos. Fue hallado culpable y condenado a muerte, en sumario juicio, el general Francisco de Paula Santander -principal opositor-, degradado deshonrosamente, penado a morir fusilado por la espalda. En gesto magnánimo, Bolívar le conmutó la pena por la del destierro.

Hallados igualmente culpables por el Consejo de ministros, los participantes directos: Vargas Tejada, Florentino González, Capitán Emigdio Briceño Guzmán, Carujo -enconado enemigo de Bolívar-, indultado. Sin prueba alguna, acusaron al almirante Padilla, a quien doce artilleros y un oficial dispusieron liberarlo del cuartel de milicias de caballería, inquiriéndolo a tomar partido, a lo que se negó. También entre los enjuiciados, estuvo Vicente Azuero, en compañía de otros opositores.

Francisco de Paula Santander

Desde entonces, arrancó una nueva feroz época de terror, que perdura hasta hoy, sin duda alguna. Hechos e intento de magnicidio que contribuyeron a intensificar el odio entre conspiradores ‘venecos’ liderados por José Antonio Páez y neogranadinos, suceso que hirió de muerte la unidad de la Gran Colombia, que tres años después desaparecería.

A pesar de estos ires y venires, se conserva intacta la inmortalizada, mítica figura de El Libertador, elevada casi a la categoría de un semidiós. En cuanto a las fufurufas, casquivanas damas de compañía, se mantuvieron en el olvido, a excepción de las obsequiosas, putonas hermanas Ibáñez -Nicolasa y Bernardina-, presentes desde los albores de la Independencia, digamos, desde los primeros tiempos de la República, tenidas -qué duda cabe- como las mamás grandes de la política colombiana -tocada de sexo y adulterio a borbotones-.

Reconocidas como precursoras del establecimiento de los partidos Liberal y Conservador colombianos, cuya soberbia, vasta parentela ha detentado el poder político y social, ostentado las más apetitosas dignidades ídem, inspiradoras ellas de la premonitoria frase de Bolívar, quien certeramente indicó: “En Colombia no habrá paz hasta que mueran Nicolasa y Bernardina Ibáñez, Carmen Leiva y Mariquita Loiche” -rematando- “la paz será objetivo lejano mientas exista en Bogotá la familia Ibáñez”.

Recordemos algunos: Miguel Antonio Caro (nieto de Nicolasa), expresidente de la República, fundador del moribundo Partido Conservador, abuela política del expresidente, Carlos Holguín, bisabuela política del sordo, Roberto Urdaneta Arbeláez (expresidente). Domingo Caycedo, encargado de la presidencia de la República de Nueva Granada, entre 1830 y 1831, quien fungió, como presidente y vicepresidente de la Gran Colombia en varias ocasiones. Dirigente que más veces ha ocupado el cargo en la historia de Colombia (11 en total).

Miguel Antonio Caro

Jorge Tadeo Lozano -ex del Estado Soberano de Cundinamarca-. Los expresidentes: Alfonso López Michelsen, Juan Manuel Santos, los eternos burócratas-aspirantes: Rafael Pardo Rueda, Clara López Obregón. La excanciller, María Ángela Holguín, el ex Ernesto Samper, los exalcaldes de Bogotá, Diego Pardo y José Ibáñez, los exministros Miguel Urrutia y Ángela Montoya, los escritores Lucas y Eduardo Caballero Calderón, el recientemente fallecido, Antonio Caballero, el pintor Luis Caballero; el clavicembalista, Rafael Puyana; Jaime Bateman -ex M19- y un largo etcétera que sin exagerar incluye a media Colombia. CONTINÚA

Bogotá, D.C., 20 de octubre de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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