El Oro Golfi del Comité Olímpico Colombiano


 

Colombia es país donde no vale la pena ser el mejor y aspirar al reconocimiento de los directivos de la organización en la que nos desenvolvemos, pues siempre habrá quien conciba la trampa para pasar lo indelicado como ético. El Comité Olímpico Colombiano (COC) es un claro ejemplo de ello. Mediante un juego de manos de mala magia sacó de la galera una convocatoria a votar por quién debía llevar la bandera del país en la ceremonia de inauguración de los próximos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Tal vez por cosas como estas es que se jactan a boca llena los políticos de que nuestra democracia es la más antigua, sólida y eficiente de América Latina. Vaya usted a saber de cuánto sirve eso en ciertas circunstancias, dado que mucha democracia también hace daño. A su nombre se justifican procederes ruines e inmorales. Lo dicho, no es el hecho de votar lo que hace de la democracia un sistema político atractivo; grandes injusticias se han consagrado a su amparo y solo ha bastado reunir una mayoría por compra, atemorización o ignorancia, tal como  acaba de suceder en el COC.

Ser el abanderado de una delegación olímpica tiene la connotación de un embajador ante el mundo, algo mayor inclusive que una silla en el Consejo de Seguridad de la ONU o presidente  del Banco Mundial, por citar organismos de la más alta jerarquía, pero donde los intereses particulares o geoestratégicos le tuercen inclusive el pescuezo a la gallina de los huevos de oro si les sirve. Ese es el universo del cuánto tenés, cuánto valés; el de don Dinero El Vulgar. Un abanderado olímpico es otra cosa; éste presumirá toda su vida de haber llegado a semejante honor por auténtica meritocracia. Es decir, nadie entre sus semejantes ha hecho las cosas mejor que él y por eso ha sido distinguido.

Dicho de otra manera, esta es tal vez la manera más sana de satisfacer la vanidad consustancial al alma de los mejores. Hasta ahora los comités olímpicos del mundo habían procedido así y siguen haciéndolo aquellos donde la seriedad en lo social no ha dado paso a la impudicia. Nadie imaginaría que en Alemania una empresa comercial sea quien designe el portador de la insignia nacional en unos juegos olímpicos, por más que se trate de Siemens, Heineken o Lufthansa. Allá todavía hay decoro.

Pero, decencia es lo que desconoce el señor Baltasar Medina, presidente del COC, ya que la primera condición para ir por la vida como un caballero es respetar a todos, inclusive si se tiene hambre de dinero. No parece haberse aprendido la lección de lo sucedido a Luis Bedoya, ex presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, acusado de recibir sobornos y pendiente de sentencia en USA. Baltasar Medina se ingenió una votación para definir quién haría ondear la bandera de Colombia en Río Janeiro, llevándose por delante lo que hasta ahora había sido sagrado: solo los méritos definían sobre quién recaía tal honor. Pero no, el badulaque en mención decidió que como el tricolor nacional ahora se llamará Abanderado Claro, era Carlos Slim desde la distancia quien con mano de gato escogería al atleta en cuestión mediante “una votación”. En tal predicamento, Caterine Ibargüen quedaba excluida por anticipado, ya que a ella la patrocina el rival directo de don Carlos, DirectTV. De esa manera fraudulenta fue escogido el atleta Josimar Calvo, un gimnasta apenas en plan de promesa.

Ramiro Varela, presidente de la Federación Colombiana de Atletismo un poco más político expresó su preocupación por la irregular escogencia que se hubiera podido hacer del abanderado, apoyado entre otros logros, en que la pista y campo aporta la mayoría de deportistas a la cita de Río. Ante el clamor y rebeldía de un grupo significativo de atletas, el presidente del COC una vez descubierto avisa que como a Josimar Calvo le toca competir al día siguiente de la apertura de los juegos, cada federación deportiva es autónoma para determinar quiénes participan del desfile inaugural y que, en tal situación, el reglamento de la votación bastarda que él se inventó dispone que sea el segundo en orden de votos quien lo haga; para el caso, Caterine Ibargüen. Nada extraño resulta que un dirigente colombiano actúe de manera tan retorcida. Ese proceder le ha hecho ganar la primera medalla sin que los juegos hayan arrancado. Solo que la misma no alcanza siquiera la dignidad de pobre del oro golfi.

Por: Gustavo Múnera Bohórquez

Médico cirujano e investigador

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