¿Qué persigue el Presidente?

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Por Bernardo Henao Jaramillo.

Paradójico, por decir lo menos, que en reciente discurso el presidente Petro se refiriera a «convocar multitudes», a movilizarse en todo el territorio nacional, a salir a calles y plazas públicas. Semejante llamado corresponde al mismo que formulara cuando perdió la presidencia en 2018 y que tenía como propósito enervar el gobierno del Dr. Duque, lo que promovió con el violento “paro nacional”. Quizás olvido que ahora es el presidente y que por ende no necesita acudir a ese mecanismo para adoptar las decisiones de política pública necesarias a fin de satisfacer su promesa de conseguir el «cambio» ofrecido en su campaña. El gobierno no requiere de la presión de la sociedad civil para ingresar en la agenda de política un asunto que puede identificarse como “problema”, a menos que no tenga la voluntad política para cumplir con sus funciones y velar por el bien común.

Entonces, su explicación de que la convocatoria que formula significa «transformaciones» en las políticas sociales, ambientales y económicas, en el esquema productivo, que debe ser «no extractivista», en la desigualdad social, especialmente en el ámbito rural, la cual espera » disminuir » y en el «modelo de décadas», el neo liberalismo, al que acusa ni más ni menos de llevar a la humanidad al borde de la «extinción como especie», no puede traducir cosa diferente que el desconocimiento de las facultades que la Constitución le otorga como jefe de Estado y de Gobierno, representando la suprema autoridad de Colombia.

Ahora bien, todas estas transformaciones, este cambio, no se pueden lograr, dice el presidente, a través del plan de desarrollo, al cual llama «libro», ni de proyectos de ley, porque esto sería cosa de técnicos. La manera de conseguirlas es apelando a estas multitudes, a estos millones de personas, a cubrir todo el territorio nacional para «construir» colectivamente el cambio.

La «magia del cambio» solo es posible de esta manera. La legitimidad se consigue a través de «ríos de gente» que salgan a «apropiarse» del poder. Por la movilización se construyen espacios.

Y, por supuesto, no podía faltar la referencia a «las resistencias» por parte, especialmente, de quienes tienen «acumulados de dineros y fortunas», la mención de la «economía fósil» y la de la «violencia perpetua de la guerra» que solo se puede superar al fundar «colectivamente» el país. Y solo el pueblo puede hacerlo, a través, que quede claro, de movilizaciones.

¿Qué podemos decir sobre todo esto? En primer lugar, asombra la cantidad de lugares comunes utilizados en este discurso, frases rimbombantes vacías de significado como «potencia mundial de la vida», ¿qué significa eso?, «economía fósil», «apropiación del poder «, a modo de ejemplos. En verdad es todo un galimatías inentendible, forma de comunicación usual en el presidente.

Pero el meollo de este asunto es ese llamado, esa convocatoria a los millones de personas, a los ríos de gente, que deben, inicialmente, llenar calles y plazas públicas y luego de cubrir todo el territorio nacional. La idea no es nueva, ya se la hemos escuchado a Gustavo Bolívar, quien, aunque de forma menos ambiciosa, también quería manifestaciones en apoyo de reformas. Sin embargo, en este discurso se cruzan todos los límites. Y cabe preguntarse, en aras, simplemente, de la claridad: ¿cómo puede un río de gente lograr transformaciones y cambios cuando no se está hablando de elecciones ni de otros procesos democráticos?

A qué, exactamente, son convocados los millones de personas por parte del presidente?  ¿Cuál será el mecanismo con el que conseguirán la magia del cambio una vez que se hayan movilizado?

Porque los ríos de gente pueden producir, por ejemplo, vandalismo y destrucción, violencia (en qué queda la paz?) pero transformaciones en las políticas sociales, económicas, queda por verse.

Dado que el presidente está al mando, tiene el timón, puede impulsar las reformas, cambios, transformaciones que quiera, como en estos meses lo viene ejecutando. Entonces, para qué convoca a los ríos de gente, a los millones de personas? Se tratará de ir ambientando una futura constituyente?

O quiere que se llegue a producir un enfrentamiento con los plantones y marchas pacíficas de ciudadanos que le hacen oposición. Algo en ese sentido ya se vivió esta semana, cuando estando a las puertas de una de estas marchas un nutrido grupo de indígenas emberá protagonizó un ilegal ataque al edificio de Avianca, en el centro de Bogotá, y atentó contra la integridad de las personas causando graves heridas a policías, gestores de convivencia de la alcaldía y transeúntes.

Pero lo que más inquieta es que el primer mandatario visita en el Hospital a los policías heridos y luego se reúne con la comunidad indígena emberá en Casa de Nariño, dejando conocer un discurso populista, si se quiere, pero justificando la grave acción de los indígenas quienes, conforme a la normatividad vigente deben responder y ser judicializados por sus actos vandálicos y por las lesiones causadas a los uniformados. ¿Será que ese es el procedimiento para el diálogo que pregona el gobierno?

El mensaje de este discurso del presidente es tan confuso que ni siquiera sabemos qué esperar aunque, intuimos, no será nada bueno. Él insiste en mostrarse como una especie de mesías, como un ser iluminado que tuviese las respuestas a todo. Desafortunadamente, solo es un lobo, como él mismo lo dijo en Nueva York el pasado septiembre. Eso sí, va siempre disfrazado de corderito.

Columnista de Opinión

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Bernardo Henao Jaramillo
Bernardo Henao Jaramillo

Abogado e investigador


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