Una respuesta a Plinio


 

No creo que nuestro admirado Plinio Apuleyo Mendoza, quien ha batallado con gran valor y de manera ejemplar todos estos años contra el falso proceso de paz de Santos, haya roto de repente, política y psicológicamente, con sus acertadas convicciones. No quiero creer eso. Sin embargo, su comentario del 30 de junio pasado, en El Tiempo, ha sorprendido a muchos.

Plinio afirma allí que “la oposición no puede tomar como eje de su lucha política la crítica a lo acordado en La Habana”. Tal afirmación es asombrosa. Plinio tendría razón si él dijera explícitamente que la oposición debe ser más hábil y cuidarse de incurrir en la exageración o, mejor, en la crítica sistemática del proceso de paz, de caer en la crítica irracional de “lo acordado” en Cuba. Una crítica legítima que deviene vana alegadera, es cierto, termina perdiendo interés y credibilidad.

¿Ese es el fondo de su pensamiento? Si Plinio cree que la crítica que formula la oposición a lo que tratan de hacer Santos y Timochenko en Cuba carece de base, él debería decirlo sin rodeos. Esa crítica, hay que recordarlo, es hecha en condiciones muy difíciles, heroicas y peligrosas, pues ello ha incluido hasta la pérdida de vidas humanas.

¿Podría decirnos Plinio qué parte de lo ocurrido allá, entre Raúl Castro, Timochenko y Santos, es rescatable? Debería decirnos desde cuándo, precisamente, la crítica justa que hace la oposición se transformó en pendejada, en ganas de obstaculizar un proceso que le aporta beneficios al país. Plinio no explica nada al respecto en su comentario del 30 de junio.

En cambio, él nos informa que la coyuntura del país ha cambiado, que en Colombia, una vez firmados los acuerdos de paz del 23 de junio en La Habana, hay una “nueva realidad” que hay que tener en cuenta; que criticar tales acuerdos no vale la pena, que tal critica no debe ser el eje de lucha “de la oposición” y que debemos “doblar la página”.

Plinio proclama algo que –perdón– no es exacto: “Santos buscó, a cualquier precio, el fin de la guerra con las Farc. Y lo logró.” El panorama optimista que Plinio esboza en su columna es, sin embargo, desdibujado por los hechos ocurridos después del 23 de junio: la guerra no ha terminado. Todo lo contrario. Veamos esos hechos:

1.- El narcotráfico se dispara en el momento cumbre del proceso de paz. El general Adolfo Enrique Martínez, comandante de la Fuerza de Tarea Neptuno, en Turbo (en la Foto), acaba de admitir que hay un “aumento considerable” de las exportaciones colombinas de “cocaína, marihuana y armas ilegales”. El alto funcionario agregó: también hay un incremento de los cultivos ilícitos. La prensa colombiana teme hacer la pregunta obvia: ¿hay una relación directa entre el “proceso de paz” y la explosión de la delincuencia narcotraficante? La respuesta es sí, pero no la dieron en Bogotá. La respuesta vino de Panamá, donde el ministro de Seguridad Pública encargado de ese país, Alexis Bethancourt, hizo ese raciocinio: “Con los eventos de paz que tiene el país vecino con las Farc este último fijó que una de las condiciones era que iban a destruir la droga (…), las fotos de satélites de países que los monitorean reflejan que las siembras están creciendo”. El ministro advierte: “el narcotráfico se ha agravado y los cultivos en Colombia se duplicarán”.

No solo Panamá está preocupada. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, un organismo independiente, explicó que, en Colombia, “la superficie dedicada al cultivo de coca creció hasta las 69.000 hectáreas, 44% más respecto a 2013”. Las Naciones Unidas dicen por su parte que la producción de cocaína, ingreso principal de las Farc, dobló entre 2013 y 2015. Colombia volvió a ser, pues, el principal exportador de drogas ilícitas del continente americano.

Extraña paradoja, curioso fenómeno: entre más avanza “la paz” con las Farc, más se incrementan las exportaciones de drogas, más aumentan los narco-cultivos y más aumentan los consumidores de droga, especialmente en el sector juvenil. ¿No es eso escalofriante? La única deducción posible es esta: ese ovni que Santos y Timochenko llaman “proceso de paz” es una plataforma que sirve, objetivamente, a los violentos y a los narcotraficantes, a los que siembran el caos para desmantelar el país y apoderarse de él, como hicieron con Venezuela.

Conclusión inevitable: Colombia no está avanzando por el buen camino: la “paz” que están pactando en secreto esos actores no es más que un sendero disfrazado que conduce a la dictadura “bolivariana”, a un abyecto narco-Estado.

2.- Pocas horas después de que Santos y Timochenko firmaran (¡qué vergüenza!) un documento que lleva el escudo oficial de Cuba, y no el de Colombia, y que promete la desmovilización de la banda y la “dejación” de sus armas, varios frentes de aquella salieron a corregirles la plana: no nos desmovilizaremos, dijeron, ni entregaremos las armas hasta que no conquistemos el poder. El primero en lanzar eso fue el frente uno del Guaviare, quien agregó que anula el alto al fuego “bilateral y definitivo” pactado entre Santos y las Farc el 23 de junio. Manifestaron que tampoco aceptan las zonas de concentración. Para ellos eso es algo para “guerrillas derrotadas”, y que ellos no lo están. El segundo frente en decir más o menos lo mismo fue el séptimo del Meta.

Un diario bogotano constató que los frentes refractarios no son ninguna perita en dulce: “Ambos representan algo menos el 30% de los guerrilleros del Bloque Oriental, el más grande de las Farc”. Y subrayó otro punto decisivo: “más del 50% de los integrantes de las Farc no están de acuerdo con las zonas de ubicación para desmovilizarse”.

Hay cuatro o cinco frentes más que rechazan lo del 23 de junio. Los medios dan la información con cuentagotas. Estos son el frente 16, del Vichada, responsable de la emboscada en el rio Orinoco donde mataron a tres marinos. Cierta prensa atribuyó ese crimen al Eln, guerrilla que nunca ha operado en esa zona. Los otros frentes insumisos son el 44 que asola Meta y Guaviare, el 57 en la frontera con Panamá, la “columna móvil Daniel Aldana”, en Nariño, y el frente 7 del Guaviare.

La cosa es mucho más tenebrosa pues el papel de La Habana deja vivo el enorme problema de los milicianos. Por fortuna el Procurador Alejandro Ordoñez (foto de la izquierda)tiene buena memoria y cumple con su deber constitucional. Hace tres días precisó que las Farc tienen cerca de 8.000 milicianos y que “conforme al texto del Acuerdo presentado el 23 de junio de 2016, estos no se concentrarán en las zonas de ubicación para desmovilizarse”. Lo que quiere decir que “más del 50% de las Farc no se desmovilizaría”.

3.- La respuesta de Santos al desafío aparente de los frentes fue la de amenazarlos con matarlos o ponerlos en la cárcel, si no acatan los pactos. La jefatura de las Farc se mostró menos brutal y trató de minimizar el problema. Félix Muñoz Lascarro, alias Pastor Alape, redujo lo del frente uno a la inconformidad de “un guerrillero”. Después reconoció que el asunto viene de “un sector de mandos y combatientes” que decidieron “renegar a sus principios”. Su solución: “dialogar directamente” con ellos. Al mismo tiempo, en un comunicado del 8 de julio, dio casi el visto bueno para esas disidencias, al decirles: “Si los mandos y combatientes involucrados tienen el deseo de lanzarse a una aventura incierta, les corresponde hacerlo tomando un nombre distinto al de las verdaderas estructuras de las FARC-EP”.

Con gran candor, la jefatura de las Farc añade: “Declararse al margen de la Dirección pone por tanto a quien lo hace por fuera de las FARC-EP, no puede usar su nombre, armas y bienes con ningún propósito”. Finalmente, los culpables de esa supuesta ruptura, según Alape, no son los jefes de las Farc atornillados confortablemente en Cuba sino, claro está, los “sectores de extrema interesados en la continuación de la guerra”.

4.- ¿Qué tan cierto es lo de los frentes refractarios de las Farc? La duda es admisible. ¿Es un ardid para favorecer a los “buenos” que estarían en La Habana y para que aceptemos que hay que colaborar más intensamente con los “buenos” para que puedan frenar a los “malos”?

Ese asunto recuerda el viejo truco bolchevique. Este consiste en presentarle al adversario “burgués” o “imperialista” dos grupos del campo comunista: uno firme pero con quien se puede hablar y hasta negociar, y otro imprevisible y sin límites. La idea es hacer que el segundo, el más peligroso, pueda ser aplacado por el primero. Para eso el gobierno “burgués” debe colaborar con el grupo moderado para que éste pueda impedirle al otro que cometa más atrocidades. Así fue como Lenin consiguió un enorme préstamo del Reino Unido en momentos en que la revolución rusa estaba quebrada. Le hicieron creer a Londres que el jefe bolchevique era el menos malo de los dos sectores y que haría un buen negocio ayudándole a atajar a los más radicales. En Moscú no había la tal dicotomía.

5.- Plinio recomienda a la oposición “centrar su atención en las elecciones presidenciales del 2018”. El problema es que hay una gran aceleración de la degradación de las instituciones colombianas. La pregunta es: ¿así como van las cosas, habrá elecciones en mayo de 2018? ¿Habrá votación y escrutinio confiables? Yo lo dudo. Las Farc y Santos tienen no solo una visión a corto plazo. Tienen también una visión estratégica. Ellos han calculado qué movidas extraordinarias hacer para imponer sus intereses en esas elecciones y en las subsiguientes. Lo indispensable es, pues, para la oposición, impedir el derrumbe del Estado de derecho, luchar contra la propaganda Farc-santista y mantener a la ciudadanía informada y movilizada contra los planes anti-colombianos.

Hay que mirar lo está ocurriendo en la vecindad. En Nicaragua, Daniel Ortega irá a elecciones presidenciales como candidato único pues logró que el candidato opositor sea descartado. En Venezuela, Nicolás Maduro trata desesperadamente de seguir en el poder. Apela a las maniobras más bestiales contra la oposición para impedir la implosión de su régimen. Sus jefes en Cuba lo apoyan con todo para evitar el colapso de sus intereses geopolíticos. Maduro amenaza a Colombia con un segundo plan de rearme con ayuda de Rusia y China. Los avances de las Farc en Colombia apuntalan ese horrible tinglado internacional.

¿Los acuerdos de Santos y Farc garantizarán que no perseguirá a la oposición? Eso se duda

En ese contexto la pregunta es: ¿en mayo de 2018 habrá libertad de expresión? ¿Podrá el uribismo tener un candidato? ¿Podrá el partido conservador tener un candidato? ¿O habrá, en cambio, un candidato “de oposición” que haya tragado entero lo que algunos llaman el “proceso de paz” y que valide la irrupción de las Farc en la escena política colombiana en las condiciones tan anómalas firmadas el 23 de junio?

Si seguimos sin saber qué son las Farc, si seguimos pensamos que Colombia lucha contra una organización armada local que ha decidido convertirse en fuerza demócrata progresista y ya no es una formación comunista internacional que adopta identidades diversas y combina todas las formas de lucha para conseguir sus objetivos máximos, tendremos que admitir que todo va bien en Colombia y que ello exige una actitud nueva ante las Farc y ante el señor Santos.

Plinio parece convencido de que las Farc no volverán a ser lo que eran: “Nadie quiere que las Farc vuelvan a sus oprobiosas andanzas”. Tanta credulidad en un analista tan perspicaz como Plinio genera inquietud. Si eso fuera cierto las Farc habrían hecho del punto de la entrega de armas algo transparente. No lo es. Las guardan porque no aceptan que el Estado colombiano conserve el monopolio legítimo de la fuerza, sin lo cual ninguna democracia puede vivir en paz.

Coherentes con su ideología totalitaria, de la cual no se alejan ni un centímetro, ellos tienen planes ofensivos contra el uribismo y los conservadores, primero, y contra el resto de la clase política, después. Ni los santistas, ni los liberales, ni los verdes, ni los tibios, ni los indiferentes, serán intocables. Si los dejan, nadie escapará. Lo que ocurrió en Cuba, en Venezuela, en Rusia, en China y en Europa del Este fue eso. Nadie escapa al fascismo-comunismo. Para eso construyen con Santos el fatídico “tribunal de la paz”, instrumento de justicia stalinista para “acabar con los fascistas”, para “eliminar a los anticomunistas”, como exige desde ya Jaime Caicedo, jefe del PCC.

6.-“Lo acordado hasta ahora es irreversible”, estima Plinio. En política nada es irreversible. Lo acordado el 23 de junio es un conjunto de frases, no son hechos, no son instituciones. Todo lo que allí figura, como lo acabamos de ver, es puesto en cuestión por la realidad. En otras palabras: lo que allí figura es sólo imaginario. Tiene un valor porque le atribuimos unas calidades. Si le retiramos la confianza, esos “acuerdos” caducan. Sólo la fuerza bruta podrá imponerlos a la población. Pero eso está por verse. Colombia resistirá y en péndulo va a devolverse contra Santos en algún momento.

Eduardo Mackenzie

Por Eduardo Mackenzie

Periodista, investigador y escritor

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