Algunos Sirio-Libaneses trajeron la Desgracia a la Costa Norte de Colombia

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Por: Eduardo Padilla Hernández, presidente Red Colombiana de Veedurías (Aso-Red).

Esto parece ciencia ficción, pero no es así, pues se trata de la cruda realidad: En Apocalipsis 12:7, dice que hubo una guerra en el cielo. Miguel y sus ángeles lucharon contras el dragón. Este no es un animal. Es una organización, cuya finalidad es destruir, robar y matar. Estas huestes de maldad no prevalecieron y huyeron hacia la Tierra. Están aquí. Ellos son los descendientes de Ismael, el hermano bastardo de Isaac.

Algunos de ellos son los sirio-libaneses que llegaron a partir de 1880 a Santa Marta, Barranquilla, Cartagena, Riohacha, Maicao, Magangué, Sahagún, Cereté y Lorica, entre otras poblaciones costeñas. Y lo siguieron haciendo de forma creciente hasta finales de la Segunda Guerra Mundial (1945).

Estos inmigrantes, que llegaron en un contexto del establecimiento de leyes que los catalogaba como “extranjeros indeseables”, iniciaron un progresivo proceso de inserción a la vida social del país.
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX hicieron de su consolidación económica el elemento central para romper las barreras sociales y los estigmas raciales que sobre ellos pesaban.

Aparecen una y otra vez protocolizando negocios y conformando sociedades comerciales, hasta el punto de convertirse en una élite económica con inversiones en la navegación fluvial, el comercio, la agricultura y la ganadería.

Entre los años de 1914 y 1923, el transporte y el comercio fluvial en el circuito comercial formado por Cartagena y la rica provincia del Sinú fueron monopolizadas por varios inmigrantes de este origen, favoreciéndose de las prerrogativas concedidas por el gobierno, que extendió contratos que garantizaban el libre funcionamiento de sus empresas navieras a lo largo y ancho del río Sinú.

Los que ingresaban de forma legal al territorio nacional, hicieron uso de las leyes de colonización y ocupación de terrenos baldíos con las que el gobierno colombiano aspiraba a poblar y desarrollar económicamente extensas zonas de la geografía colombiana.

Ese proceso de ascenso económico, al tiempo que obedeció a las habilidades comerciales, prácticas de austeridad, redes familiares y de negocios que tejieron los sirio-libaneses, también incorporaron el uso de actividades económicas que rayaban en la ilegalidad, prácticas por las que recurrentemente fueron acusados y juzgados algunos sirio-libaneses.

En esa época, el Estado tuvo un pobre o casi nulo control y regulación de la política monetaria, lo cual significó la extensión de la especulación financiera y de manejos dudosos.

La llegada de estos extranjeros coincidió con un período de transición del sistema monetario colombiano donde ellos supieron sacar provecho de las enunciadas debilidades del régimen monetario.

La prensa afirmaba sobre el hecho de que algunos miembros de la colonia sirio-libanesa venían incurriendo en el uso y la falsificación de moneda, señalamientos que se dieron en relación con algunos de los sirios establecidos en Cartagena.

Desde finales del siglo XIX varios sectores de la ciudadanía expresaron su preocupación por este tipo de prácticas que consideraban “perniciosas a la sociedad”.

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, la prensa les hizo serios señalamientos a estos emigrantes por su comportamiento asociado a la falsificación monetaria (pagaban el salarios a sus trabajadores y daban el vuelto con monedas falsas).

Además, promovían el contrabando, la alteración de pesas y medidas y el acaparamiento de terrenos baldíos de la nación, actividades dolosas con las que amasaron enormes fortunas, que terminaron en procesos judiciales y condenas penales.

Pero las autoridades condenaban a los “alevinos” (turcos pobres), mientras que los “peces gordos” (los grandes empresarios) extendían estas actividades fraudulentas a lo largo de la geografía nacional, ante la mirada impasible del gobierno de turno.

En la actualidad, la colonia sirio-libanesa extendió su proyecto lucrativo hasta los confines de la política, utilizando toda clase de trinquetes, como decía Cantinflas, con los cuales le hacen “la vuelta” al pueblo con los $50 mil “barras” con los cuales debe vivir durante cuatro años, mientras los “pachás” del sultanato costeño, celebran toda clase de carteles que dejan vacío el cofre del erario público, pues ellos manejan las administraciones como si fueran las fincas de su propiedad.

Muchos ladrones del erario público están presos, pero, ¿de qué sirve que estén recluidos en una cárcel, si desde ahí tienen el mismo poder como si estuvieran libres?

Estos musulmanes deberían tener muchísimo temor, pues, según El Corán, Alá le reveló a Mahoma que a los ladrones se les deben cortar las manos y los pies.

¡Pónganse pilas! Porque Mahoma dijo que si ustedes no van donde él, entonces él viene donde ustedes.

Afortunadamente, El Corán menciona a Jesucristo; la única solución es la reconciliación con él. Eso hizo el hijo pródigo.
Como decía Diomedes: “Se las dejo ahí”.

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Eduardo Padilla Hernández
Abogado, Columnista y Presidente Asored Nacional de Veedurías


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