Los 70 Años de Israel y el Mito “Palestina”

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Foto: REUTERS/December 6, 2017

Por Ricardo Angoso

@ricardoangoso

ricky.angoso@gmail.com

Cuando en 1948 nació el Estado de Israel, hace casi setenta años, las tierras de lo que algunos sesudos analistas denominan ahora “Palestina” eran un desierto inhóspito, casi despoblado y donde habitaban árabes y judíos, incluso conviviendo juntos y en paz desde hacía décadas. Luego, cuando los países árabes atacaron a Israel por no aceptar el plan de partición impulsado por las Naciones Unidas en 1947, que preveía dos Estados en el territorio que hoy ocupa lo que los árabes siguen llamando la “entidad sionista”, los antiguos pobladores de los reinos de Samaria y Judea abandonaron para siempre su tierra ancestral. Nunca más volverían, fueron engañados vilmente por unos dirigentes árabes henchidos de viejas glorias al estilo de las hazañas de Saladino y un burdo nacionalismo casi rayano al nacionalsocialismo hitleriano.

Los palestinos se fueron con la tenue, endeble y mitificada esperanza de que algún día volverían a una tierra ya sin judíos, donde la entidad sionista sería tan sólo un sueño del pasado, una quimera destinada a ser enterrada en la desvanes de la historia. En un principio, los palestinos, engañados y manipulados por todos los dirigentes árabes, fueron hacinados en los campos de concentración –no merecen otro nombre, puedo dar fe de ello, después de haber pasado por uno de ellos en Siria- abiertos por los países “amigos” para aliviar su “corta” espera. Tan corta que todavía esperan miles de palestinos en los campos del Líbano, Jordania y Siria, así como en otras partes del mundo. Qué gran engaño, cuánta mentira para justificar tanto fracaso.

LAS GRANDES MENTIRAS SOBRE EL CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ

No obstante, creo que uno de las grandes mentiras que sustentan el supuesto conflicto palestino-israelí es que el contencioso comenzó en 1948, lo cual es absolutamente falso. Desde un comienzo el nacionalismo árabe, no el palestino, pues “Palestina” es una invención posterior, fue siempre antijudío, no me atrevería tanto a decir antisemita. Por ejemplo, entre 1920 y 1948, año de la proclamación de Israel, cientos de civiles judíos son asesinados por milicias o turbas árabes que conciben tras el mandato británico una zona “libre de judíos”, planes muy parecidos a los del difunto Hitler para Polonia u otros territorios europeos.

Luego está el asunto de la tierra, que para muchos sólo estaba poblada por los árabes. Otra absoluta falsedad. Las poblaciones judías estaban radicadas en la tierra palestina desde la segunda mitad del siglo XIX e incluso antes;  existe documentación escrita que prueba las protestas árabes por la compra de tierras por parte de los judíos durante la dominación otomana. “Palestina” existe porque existe Israel, de lo contrario habría sido un territorio bajo control sirio o jordano, es decir, una mera provincia integrada en uno de esos dos Estados. De hecho, la actual Cisjordania ya fue Jordania hasta el año 1967, en que durante la guerra de los Seis Días Israel se apoderó del territorio jordano y derrotó a toda una gran coalición de países árabes. No pudieron y de nuevo lo intentaron en 1973. Y de nuevo no lo lograron, como siempre que han pretendido arrojar a los judíos al mar y destruir a la pérfida “entidad sionista”. Su inutilidad, vistos sus resultados, es congénita.

Y qué se puede decir de Gaza, que siempre estuvo bajo tutela egipcia, pero claro los dirigentes egipcios comprendieron muy pronto que los palestinos eran fuente interminable de problemas y que podían desestabilizar país. Desconectaron de Gaza y dejaron el territorio bajo la “brutal ocupación sionista”, dejando así el problema en manos del Estado hebreo y comenzaron a defender la causa palestina de una forma retórica. No cometieron los mismos errores que los dirigentes libaneses, que han pagado muy cara su solidaridad, amistad y apoyo hacia la causa palestina. Los refugiados palestinos han sido la causa de la guerra civil libanesa, que desangró al país durante quince años (1975-1990) y costó casi 200.000 muertos, y de los últimos enfrentamientos entre las fuerzas libanesas e integristas musulmanes escondidos en los campos de refugiados y de la permanente interferencia de Siria en este país, ejecutada muchas veces a través de grupos terroristas palestinos controlados y financiados por Damasco.

Más tarde, el terrorista egipcio Yasser Arafat, fracasado en sus planes genocidas y tras haber apoyado la causa iraquí en la invasión de Kuwait, allá por la primera Guerra del Golfo, en 1991, fue rehabilitado por las potencias occidentales, deseosas de solucionar para siempre los embrollos de Oriente Medio, y de nuevo volvió a salir a la luz el abandonado mito de la inexistente “Palestina”. Los israelíes le cedieron territorios, les dotaron de autonomía y fondos presupuestarios –procedentes de los Estados Unidos y la UE- e incluso reconocieron al Arafat terrorista como un estadista respetable para liderar a los palestinos. Qué despropósito.

Pero las decepciones de la comunidad internacional con respecto a Arafat no tardaron en llegar: en el año 2000, cuando Israel está dispuesta a ceder en casi el 97% de las aspiraciones de los palestinos, Arafat,  que se encontraba reunido con Bill Clinton y Ehud Barak en Camp David, rechaza cualquier posibilidad de un acuerdo de paz con los que él considera sus sempiternos enemigos y vuelve a las andadas, es decir, al terrorismo como instrumento de acción política. Los países europeos y los norteamericanos comprobaron entonces que el liderazgo palestino no era de fiar y Egipto y Jordania, cansadas del viaje hacia el terror de Arafat, intensificaron sus relaciones con Israel sin importarles las inútiles bravatas de quien había hecho de la causa palestina el principal sustento (económico) de una casta política y familiar a la que no le importaba para nada la miseria, el hambre, el abandono y la rabia de su pueblo.

Finalmente, Arafat murió en el año 2005, y desde ese año las cosas no han hecho más que empeorar. La respuesta a la cleptomanía crónica de la camarilla que dirigía los destinos de la autonomía palestina fue el movimiento fundamentalista Hamas, supuesto valedor de los principios morales y éticos de un pueblo que peores dirigentes no podía haber tenido. ¡Pero Hamas es una organización terrorista que sueña con arrojar a los judíos al mar! El liderazgo palestino al día de hoy sigue dividido entre Hamas y Mahmud Abas y los cuarenta ladrones de Al Fatah, que es como se les conoce, en Cisjordania.

Ahora, nuevamente, se vuelve a hablar del mito de “Palestina”, de un supuesto Estado que englobe algunos de los antiguos territorios jordanos y Gaza si algún día se atiene a razones. Pero cada día que pasa la situación se torna más difícil y es improbable, en el corto plazo, la unidad en el bando palestino, mientras que las negociaciones entre los israelíes y los palestinos están en un punto muerto absoluto. La fórmula famosa de los “dos Estados” parece ya un asunto del pasado. Los palestinos siguen empeñados en la violencia, mientras que Israel se niega a negociar con terroristas. Israel  cumple setenta años, nadie lo hubiera pensado en 1948 que podría sobrevivir a tantas adversidades, guerras, conflictos, atentados y sufrimientos. Qué lástima que tras décadas de violencia los árabes no aprendieran nada de aquella mujer judía llamada Golda Meir que llegó a decir hace ya décadas que  “sólo tendremos paz cuando los árabes quieran a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”.

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