Por Fernando Álvarez Corredor
En el desfile de derrotados en las elecciones presidenciales aún no se han enterado de que ellos perdieron. Abelardo de la Espriella no solo derrotó al presidente de izquierda Gustavo Petro, no solo salió victorioso frente al heredero del presidente, Iván Cepeda, no solo derrotó a la clase política tradicional, no solo le ganó a la nueva clase política mamerta, no solo dejó tendidos en la lona a los partidos liberal y conservador, sino que le propinó derrota al propio uribismo, con sus mismas banderas, que se le opuso porque el Centro Democrático apostó a que el presidente fuera de ese partido y el que dijera Uribe. Derrotó al expresidente Álvaro Uribe, derrotó a su hijos, que también terciaron en el debate, y derrotó a Paloma Valencia que a trancas y a mochas fue la que dijo Uribe.
Pero haber derrotado al uribismo no implica que Abelardo haya cazado una pelea con Álvaro Uribe como quisieran algunos. Una cosa es ganarle y otra cosa es pensar que por no haberlo apoyado merece ser su nuevo peor enemigo. Subestiman a El Tigre Abelardo, quien ha demostrado, sobre todo en este escaso mes, que sabe ser agradecido. Y los enemigos aprovecharán cualquier cosa para enfrentarlos y tratar de dividirlos con el propósito de reinar, aplicando a Maquiavelo. Los periodistas a los que les gusta el ring quisieran colocarlos todo el tiempo a cada uno en una esquina, pero hay que decirles que por más que se esfuercen, la búsqueda de titulares no pasará de eso. No hay grietas más poderosas que el rompimiento contundente contra lo que significa el petrismo.
Con ocasión de la conformación de las mesas directivas del Senado y Cámara han surgido legítimas aspiraciones y no menos válidos compromisos tanto del presidente electo como del jefe del partido Centro Democrático. Cada uno con sobradas razones políticas. De la Espriella prefiere al senador conservador Alfredo de Luque por costeño, por guajiro y porque fue uno de los primeros que se la jugó por El Tigre. Y Uribe pretende que sea Honorio Henríquez porque el Centro Democrático es la bancada mayoritaria que apoya al gobierno. Ninguna de las dos postulaciones es traída de los cabellos y ambas -merecen esa alta dignidad, pero como se trata de juntar votos, con toda razón se tiran pullas para seducir sus electores parlamentarios. Pero eso no pasa de ser un legítimo pugilato.
Sin embargo, deben cuidar la puerta para que no se les cuelen las ideas disociadoras. El propio Álvaro Uribe salió raudo a la radio a advertir a El Tigre. Sentenció que él sería abeja si toca. Innecesario porque estas decisiones tienen que ser más consensuadas que de confrontación. La persuasión es el nombre del juego. Mostrar dientes, alas o aguijones no sirve para la coyuntura. La grandeza se impone y el enemigo principal exige evitar que el árbol no deje ver el bosque. Lo que está en juego es un proyecto de restauración democrática y no hay que perder ese norte. El expresidente Uribe quedaría en niveles de mayor estatura si, una vez agotada la argumentación, diera el brazo a torcer e hiciera un gesto de nobleza en beneficio de la propuesta de El Tigre.
No tiene sentido buscar el ahogado aguas arriba. No se justifica que el propio Uribe le de crédito a las especies que insinúan que De la Espriella pretende rugirle al Centro Democrático, entre otras cosas porque eso es también subestimar a El Tigre. Abelardo tiene mucho que enfrentar como para perder el tiempo en causas que no están en el orden del día. El presidente electo sí tiene que pensar en gobernabilidad y en lograr conformar unas mayorías legislativas, máxime cuando los petristas lo que han demostrado es que van a hacer ingobernable el ejercicio gobernante desde el mismo 20 de julio. Uribe, Paloma y los ideólogos del Centro Democrático deben concentrarse en aportar desde la humildad y no en imponer desde la soberbia. La nobleza obliga.
No es que Uribe esté en decadencia como pregonan algunos mamertos o filomamertos o como quisieran los neoabelardistas jugando a ser mas papistas que el Papa, o los oportunistas que le apuestan a saltar en paracaídas al primer circulo del nuevo gobierno, pero el expresidente sí puede estar vulnerable por el síndrome del ídolo caído y eso lo puede llevar a sobreactuarse para mostrar permanencia. Debe volver a la tranquilidad de la experiencia, la sabiduría y la coherencia. Uribe sigue siendo un tigre, pero necesita reconocer que ha llegado otro gallo a cantar al gallinero. Otro Tigre que sabe sacar las garras. Sin egos y sin celos, con la serenidad del líder que ha sabido dejar legado. Serán expresidentes y tendrán que hacer causa común mucho rato.
De lo que tiene que estar seguro Álvaro Uribe es que De la Espriella piensa más allá de la marrulla y la componenda. El Tigre no es solo un showman que supo manejar el escenario para ganar electoralmente, sino que también es un estratega político que tiene talla de estadista. Sus nombramientos lo han mostrado como tal y no deja de ser curioso que Uribe y los uribistas no hayan celebrado con gallardía la llegada de ciertos nombres de alto calibre al gabinete. Quizás ha sido más estratégico el expresidente Iván Duque, que ha mostrado que es capaz de reconocer que ha surgido un nuevo liderazgo, no para competir, ni para desbancar al patriarca, sino justamente para liderar y cualificar su legado. No se trata de rugirle a Uribe sino de seguirlo, pero invitándolo a modernizarse.
Uribe tiene que reconocer que se equivoca. Se equivocó con Juan Manuel Santos, quien literalmente lo estafó. Santos fue un Judas que le hizo la segunda mientras construía agenda propia, que incluía acabar con el propio Álvaro Uribe. Con Iván Duque no se equivocó porque en ese momento era necesario impulsar un uribista que no pareciera uribista. Otra cosa es que Duque se haya equivocado y se la haya creído, que por pollo creyera que él ganó por sus propios méritos, cuando no tenia ni un solo voto de su propia cosecha. Que intentara ingenuamente construir su nuevo clan político y gobernar con su estilo de gordo buena papa. Pero El Tigre es un hombre con estructura propia y con votos propios y eso obliga a Uribe a darle un trato de igual, nunca de subalterno.
La crítica a De Luque por haber apoyado el fracasado proceso de paz de Santos y por haber apoyado a Petro desde el legislativo, no ha lugar. El cobro de cuentas o el revanchismo no son las cartas que quiere jugar El Tigre. Abelardo sabe que hay un aquí y ahora y que necesita sumar para contar con el legislativo. Al fin y al cabo, al uribismo ya lo tiene entre sus aliados, pero necesita configurar mayoría parlamentaria para gobernar y eso se hace sumando, no exhibiendo el poder de su alianza. Y se equivocan quienes creen que para sentar precedentes el expresidente afrentará al presidente electo con la ayuda del Pacto Histórico. Uribe será un poco soberbio, pero no suicida. Al final de cuentas un pulso es apenas un ejercicio de poder totalmente válido.










