Entrevista a un escritor prohibido

Entrevista a Juan Mario Sanchez
Entrevista al escritor Juan Mario Sánchez
“Mi estética consiste en no pertenecer a ninguna escuela ni estética”.

Por Óscar Jairo González Hernández.

  1. Del sentido: ¿En qué medida lo relaciona o no con lo que hace y que dimensión le da, dónde se indica la necesidad de él o su sinsentido?

Mi sentido es en realidad el sinsentido, y ése sinsentido le da sentido a todo lo que hago.  Un buen día todo tiene un motivo, una razón; por ejemplo, tienes los suficientes arrestos para levantarte de la cama, darte un duchazo, ponerte el disfraz y salir a la calle como si el caos y el absurdo no estuviera devorándose mi mundo y el tuyo. Otras veces, quisieras permanecer bajo las sábanas, porque sencillamente te da asco o te faltan fuerzas para enfrentar el mundo.  Hace pocos años pasé una extensa temporada sin hacer la cama, incluso pasé largos meses extendido como un cadáver sobre ella.  Sin esa experiencia de la muerte, sin esa desazón íntima como la misma incertidumbre de existir, sin ese absurdo que arrastro desde temprana edad no hubiera surgido mi alter ego; es decir Juan Aguilera.  En cierta forma admiro a Juan Aguilera, pues carezco de los cojones que él tiene para escupir sobre esta doble partitura en clave de sol negro en la que vegetamos: al lado de él yo soy un pelele, un hombre aburrido y rutinario, cuasi predecible.  Pero yo no soy Juan Aguilera, he ahí otro fracaso. Juan Aguilera, está más vivo que yo.  Le di existencia para darle sentido a mi vida.  Hoy, su frescura, desparpajo e irreverencia le da sentido a mi obra, a cambio, me deja la desposesión del sinsentido: de allá para acá, de allí para acá, cuando allá es igual que aquí: una densa nube inclinada hacia el vacío.

  1. De la oscuridad: ¿En qué forma concentrada o no, se da y se revela en lo que hace, cómo la posee y se posee de ella y para qué?

Recién comienza la hora de los agujeros negros, pronto estaremos en el horizonte de sucesos de uno de ellos.  Es decir, estamos en los maitines de una era oscura y no sabemos lo que vendrá, y eso me alegra y me purga de ciertos sentimentalismos a los que soy proclive.  Lo cuántico, la cuarta dimensión, el caos, el ángel de la muerte se ocuparán de todos los pajazos mentales que elaboramos en diez milenios de estupidez humana, o inhumana, es lo mismo.  Es gracias a ese horizonte de sucesos al que nos aproximamos, y a la oscuridad y al féretro, y al agujero rico en humus que nos aguarda que yo he podido escribir.  Soy luminosamente oscuro, porque oscilo entre el brillo y la decadencia… la caducidad siempre se impone.  No es que yo posea la oscuridad, ella me poseyó desde la alborada de mi existencia.  El poeta César Vallejo lo explica mejor: “yo nací un día en que dios estaba enfermo”.  Ya no sé ni cómo debo escribir esa palabra: el corazón me dice que Dios, y la razón me dice que es dios.  A propósito, ahora que está de moda en Colombia la palabra títere, eso soy yo: un títere de Dios, del destino, o del loco que juega con nosotros desde cualquier lugar, es decir desde ningún lugar.  Una paradoja existencial nos saca de quicio.  Por suerte podemos reírnos de nuestra desgracia, y eso nos convierte en dioses: el humor es nuestra redención.  Yo me río de mi fracaso, de mi oscuridad, de mi locura, y de mis libros.  El mejor humor lo encuentro en mis páginas: pero soy un mal payaso, me muero de la risa con mis ocurrencias voladas y negras.  En lo oscuro me siento seguro, despojado del disfraz de luz puedo salir al show desnudo sin que quede al descubierto mi desnudez.  El sol es un espejo que nos revela falsamente lo que somos, por eso amo la noche  y sus fantasmas, y amo la muerte.  El gran Ciorán me explicaría: mi símbolo es la muerte de la luz y la llama de la muerte. Para colmo soy teólogo, un teólogo ateo.  Mi objeto de estudio es inasible, intangible, ininteligible, y póngale todos los prefijos negativos que quiera.  Nietzsche afirmó hace mucho que Dios había muerto.  El problema es que ese muerto resucita todos los días.  No hay mayor absurdo que ser un teólogo ateo, no puede haber nada más ridículo.  Todo ello me aboca a la oscuridad.  Un agujero negro, mi agujero negro, es lo que me sustenta y lo que me espera.

- Publicidad -
  1. De la forma: ¿Qué interviene o que no interviene la observación de lo que realiza, del desarrollo de una estética en usted?

Mi estética consiste en no pertenecer a ninguna escuela ni estética.  Por el contrario, destruiría toda estética y me cagaría en los estetas.  Y si vislumbro alguna forma es sólo para vomitar sobre ella.  Las escuelas deforman, los semilleros, los talleres son las guillotinas del talento.  Los Robespierre del arte se han tirado en las jóvenes promesas.  Ante la forma, la estética y los críticos un solo camino: rebeldía. Siendo adolescente me inscribí en un taller dirigido por el más famoso escritor antioqueño de aquél tiempo: desde su trono, en esa relación vertical entre maestro y discípulo, dictaba cátedra y decapitaba frases y mutilaba textos.  Sólo soporté una sesión.  No tuve las agallas para reírme en su cara.  Las arcadas propias de la náusea me acompañaron durante su disertación.  Esa experiencia crepuscular me indicó que debía hacerme a solas, pero acompañado de Kafka, Hermann Hesse, Jean Paul Sartre, de Rimbaud, Baudelaire, César Vallejo, Albert Camus, Dostoievski, Tolstoi, Ernesto Sábato…  Los libros, los autores que venero fueron mis maestros.  Lo demás es metafísica literaria, es decir, nada, pérdida de tiempo.  Levanto la copa y brindo por los poetas  rebeldes; y levanto una pata para orinar  a los estetas.

  1. De la invención: ¿Qué media con su mundo del arte (hacer del ser), cómo se resuelve o no, dónde es básica la misma, como la reclama para sí?

Yo no invento nada.  A lo sumo recreo la realidad.  La diferencia entre la mayoría de los escritores contemporáneos y este servidor, es que ellos necesitan acudir a la ficción en el sentido estricto del término; ellos a veces se encuentran con esa sensación vaga de no tener nada qué decir; pero finalmente dicen algo que incubaron en temporadas de vagancia o en esas pasantías que dan los ministerios de cultura. Tienen oficio, sin lugar a dudas.  Asumen su qué hacer de escritor como una especie de burocracia.  Con esa clase de escritores nunca he podido conectarme.  Pero abro una novela que arde, que te incendia el pecho, que está untada de vida, de cotidianidad, de experiencias extremas, de lo humano y lo inhumano: entonces amo ese libro y sigo a ese escritor. Me sucedió con Kafka, con Henry Miller, con Fernando Vallejo, con Bukowski, con Baudelaire…  Vomitan fuego de sus entrañas.  Si un libro no me enciende desde las primeras frases lo abandono. No puedo negar mi egoísmo: escribo el libro que yo quisiera leer y releer.  Yo no invento nada, observo dentro de mí, fuera de mí, mi pasado y mi presente y ahí   está la materia prima.  El resto es oficio, disciplina y el  necesario talento.   Ellos se rebuscan las historias, revuelcan su mollera, yo, en cambio repaso mi historia que es una montaña rusa inverosímil, pero cierta: ahí está todo.

  1. De la música: ¿Cómo se instala en su mundo y por qué, la llama o usted es llamada por ella como misterio o realidad, en su temperatura?

Todo es música.  Antier no más por vez primera escuché los sonidos armónicos que emiten las galaxias en el espacio interestelar infinito: palpité de emoción. Dios o dios, como ustedes elijan, es el más grandioso músico, y todas las dimensiones y el conglomerado  de todos los universos conforman la sinfonía perfecta escrita en la partitura del vacío, de la nada, de una soledad eterna, oscura y a la vez luminosa.  Un escritor debe tener algo de poeta, y un buen poeta tiene oído.  El discurso, el relato, cada frase, cada párrafo, la estructura de la obra deben tener un ritmo, cierta cadencia, cierto orden y desorden, altas y bajas, sostenidos y bemoles, polifonía, crescendos y decrescendos.  La música es la máxima expresión del arte, por eso transmite sin necesidad de palabras y toca nuestra fibras más íntimas.  Una buena novela es un canto; un poema genial se aproxima a la perfección de una gran sinfonía; las epopeyas y las óperas dialogan en su grandiosidad; un buen cuento es una especie de concierto, donde nada sobra y nada falta, con final esplendoroso.  En mi obra sobreabundan los impromptus, es un concepto extractado de la música.  Improviso.  Por eso en mis textos no hay mucha elaboración, lo que significa que me dejo llevar por el instinto y la emoción.

  1. De la intención: ¿En lo que hace como se propone la tentativa de la intención o sea para qué hace arte o lo hizo y ahora no y por qué?

Mi única intención es generar emociones a través de una herramienta infalible para ese fin: la provocación.  No hay que asociar la provocación con el insulto, la afrenta, el lenguaje violento.  La provocación, al menos como yo la concibo, tiene que ver con la irreverencia, a veces con la diatriba, con la ridiculización de la sociedad de consumo, del ser humano, del patetismo de nuestra existencia.  Uno provoca, porque antes uno se ha reído de sí mismo, y esa risa no termina.  Uno provoca porque ha cabalgado sobre la estupidez humana.  La provocación tiene riesgos; por ejemplo que te conviertas en un escritor marginal, en una oveja rebelde que no participa en la comilona de las vacas sagradas.  Pero esa especie de anonimato, esa forma de invisibilidad en últimas es una bendición. Cuando un escritor tempranamente es reconocido puede convertirse en un sirviente de las editoriales y en una marioneta de los editores y en un esclavo de la fama y los reconocimientos.  Hoy por hoy los premios, la farándula, las alabanzas y demás frivolidades son una amenaza para el arte.  No es un dogma, no es una verdad, pues hay excepciones.  Si logro despertar pasiones en el lector, alcancé la meta… el resto corresponde a la vanidad de la que no estoy exento.

  1. De la muerte: ¿Desde dónde concibe o no lo que se llamó: la muerte del arte, qué nos dice sobre ello, usted es contrario a ello o no y por qué?

La decadencia siempre ha existido.  Cuando el homo sapiens descubrió el fuego, experimentó el primer gran terremoto existencial, y la primera caída: esa especie de Prometeo.  Ese fue el primero de muchos periodos de decadencia. La decadencia y la caducidad son inherentes al espíritu humano.  Mientras exista el ser humano, tal como hoy lo concebimos, existirá el arte.  Es una necesidad imperiosa.  Al ser humano no le basta la realidad.  Conformarse con la realidad sería el principio del fin.  Mientras existan preguntas, vacíos, miedos, sueños, fracasos, dualidad, fantasmas, erotismo, violencia, rupturas… ahí estará el arte para hacer la segunda voz.

  1. De la sexualidad: ¿Tiende a evidenciarla u ocultarla, es mascara o no, dice o no de su desnudez estética, se disemina en su obra o no y por qué?

El tema sexual aparece en mi obra sólo para denunciar la hipocresía en torno a una esfera esencial del ser humano.  Es extraño que el hombre en plena era atómica, cuántica y espacial le tenga miedo al viaje al interior de su erotismo.  Alguien decía que si se le quita el misterio al sexo pierde su erotismo y su magia.  Yo pienso todo lo contrario.  Hay que desmitificar el sexo, quitarle el antifaz hipócrita con que lo cubren los estereotipos sociales,  la norma, el puritanismo, la religión.  Entonces podría desaparecer la violencia sexual, el abuso.  No creo que un puritano, un pulcro del sexo, un hipócrita disfrute del erotismo.  Quisiera que el ser humano alcanzara las estrellas del orgasmo. Es más, que contemplara cómo estallan constelaciones de placer en sus entrañas, en cada célula, en cada recodo de sus zonas erógenas, en cada palpitar de la piel, en cada aliento. Lo taboo, lo transgresor está en mi obra por obligación, no por capricho, y menos por morbo.  La palabra “puta” sigue siendo un estigma después de dos mil años de pronunciada la frase piadosa: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. En mis obras la palabra “puta” es el máximo elogio a la mujer y la mayor defensa de la mujer. Si la decisión dependiera de los machistas las mujeres “infieles”, adúlteras y putas serían lapidadas, mutiladas, masacradas.  Si de los hombres machistas dependiera le pondrían candados y salvaguardas a los órganos íntimos de “sus” mujeres y esposas.  Si de ellos dependiera le mutilarían el clítoris a la mujer.  A esa psicopatía la llaman “amor”. Vivimos aún en el oscurantismo de la sexualidad.  Ni qué decir del erotismo, le tenemos miedo a explorar ese universo, ese océano infinito de inquietudes, sugerencias y voluptuosidades.  Defiendo la libertad sexual, el poliamor, el lesbianismo, lo gay, cualquier expresión del erotismo en el marco de la legalidad, de los derechos humanos, del libre desarrollo de la personalidad, en el marco del respeto por el otro, en el marco de la salud pública.  Defiendo la lealtad; en cambio cuestiono el manido concepto de “fidelidad”.  ¿Fidelidad? A uno mismo. ¿Y pertenencia a otro? Otro pajazo mental de los miles que habitan en la mente del autodenominado ser humano.  La evolución biológica nos condujo al homo sapiens. Pero la humanidad es un hacerse, y corresponde al plano de la evolución espiritual que es necesario construir. Uno no pertenece a nada ni a nadie.  No nos pertenecemos ni nos controlamos a nosotros mismos, como para pretender controlar o poseer a otros.  “Mi” señora, “mi” novia, “mis hijos”: eso me da risa.  Tal vez “mi” muerte que la poseemos anticipadamente y cohabitamos con ella.  No tenemos plena libertad para elegir, como para pretender negar la libertad del otro.  Sin libertad no hay amor.  El amor y el miedo no pueden coexistir.  El celoso, la celosa no aman: en ambos impera el instinto de destrucción de su pareja, pues cree que ella sólo puede ser feliz a su lado.  Le pertenece a él o a nadie. Prefiere matar a perder el objeto que le da placer.  Lo más desconocido en el mundo es el amor.  Y el amor erótico es un terreno que apenas comienza a explorarse.  En el sexo y el amor lo que vale es el respeto, la responsabilidad, la no violencia, la libertad.  En un mundo devorado por el miedo, es apenas obvio que sea un escándalo dejar al desnudo los bajos instintos, y la verdad de nuestra oscuridad: somos unos ángeles que se regodean como puerquitos en el fango celestial de lo prohibido, de lo secreto, de lo insaciable.  En el alma humana habitan luces y sombras; pero más sombras que luces.  Sade fue un precursor, pero pecó por exceso.  D. H. Lawrence, Henry Miller, Bukowski y Anäis Nin abrieron las puertas para que observáramos sin las antiparras de la mojigatería la exquisita interdependencia de lo erótico y lo thanatológico.  Puede sonar pretencioso, pero yo les sumerjo el hocico a mis lectores en las claroscuras aguas del amor erótico.  Yo voy más allá de mis precursores.

  1. De lo inconsciente: ¿Tensiona su tarea más hacia una inclinación por una estética como vaciamiento del yo o no, o hace crítica o no desde él, de la realidad?

Al no acudir a la razón, ni a lo razonable, al renunciar a la norma, a una forma obligada, a unas estructuras previas, a unos cánones estéticos, sólo queda un camino: la libre asociación, lo espontáneo, el fluir.  Después del Ulises de James Joyce la novela se permitió explorar ese campo ilimitado. Soy heredero de Joyce.  La palabra “inconsciente” no me gusta mucho porque la asocian con Freud.  Sigmund Freud a pesar de su enorme valor para la psicología moderna no deja de ser un dogmático, y yo odio el dogma. Si por inconsciente entendemos el cuarto oscuro, el cuarto de rebujo, el sitio en que no sacudimos, ni limpiamos, desde el cual es posible fluir para sacar archivos top secret, para explorar y desplegar las alas negras y luminosas, entonces comparto ese término en cuanto  me permite, y nos permite el vaciamiento de nuestra podredumbre.  Somos podredumbre esencialmente, pero una podredumbre orgullosa de su hediondez.  Baudelaire fue otro precursor en ese terreno: el cantó la belleza de lo feo, la fealdad de la belleza, la hermosura de una carroña, y lo angelical de lo demoníaco.  Es junto a Rimbaud un divino maldito.  Sin inconsciente abierto el artista no surge.  La libertad para volar nace desde ese cuarto oscuro.  La mariposa debe salir del capullo.

  1. Del símbolo: ¿Tienen en usted qué carácter, que obsesión, que propósito se dan en ellos o no? ¿Provocan su relación simbólica o natural?

La muerte es mi obsesión, mi luz, mi llama, mi fuego, mi destino, mi pasión, es mi símbolo inicial y terminal. Toda mi obra aborda el tema de la muerte.  El-ser-para-la-muerte de Martín Heidegger deviene el-hombre-es-un-ser-para-los-gusanos.  Esta vida no debería llamarse vida sino muerte.  En mí la muerte asume un papel protagónico, pero positivo: qué otra cosa puede esperarse de un enamorado de la muerte. Durante muchos momentos de la vida he estado a un paso de ella.  He vivido al límite. He danzado a placer en la delgada línea de la vida-muerte.  La he invitado, le he coqueteado.  Las circunstancias han coadyuvado en esa  buena relación con ella: he perdido por mano violenta, asesina, a seis de mis seres queridos.  La muerte no puede matarte cuando te han matado en vida tantas veces.  La muerte no duele, la que duele es la vida.  El ser duele y sufre, el no ser es el nirvana.  La muerte es una puerta, una ventana, una luminosa necesidad. Lo mejor de vivir es la certeza exquisita de la muerte. “Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muere”, dijo la iluminada Santa Teresa de Jesús, me uno a ella para reclamar mi buena dosis de muerte, no la pequeña muerte que arrastramos como una condena desde que salimos de las entrañas de la madre; sino la muerte con su inmensa oscuridad y luz, con su interrogante y su definitiva respuesta.  Es esa respuesta la que anhelo, y la respuesta no está en estas playas: está en el  abrazo de la muerte.  Mi poesía es el dulce canto de la muerte.

  1. Del sueño: ¿En su inquietud estética y su historia como artista, cómo interviene, cómo se da y hacia donde la lleva?

Lo onírico se enlaza a todo lo precedente: el inconsciente, el thanatos y el eros, el fluir de la consciencia, el universo erótico, la misma muerte.  La vida es un sueño del  que despertamos al morir.  La muerte en realidad es nuestra redención, nuestra liberación.  La vejez es la vestimenta ridícula que adquiere la llamada de la muerte.  Yo quiero soñar que la muerte se anticipará a la inminencia de mi vejez.  Todo esto que escribo, que digo, todo lo que anhelo son sueños,  a veces buenos, malos otras, y en el peor de los casos pesadillezcos. No está en mis manos: yo no elegí soñar, a mí enviaron aquí a soñar. “la vida es sueño, y los sueños son”, dijo el gran Calderón de la Barca.  Vivimos o morimos en el reino de la ilusión, de lo onírico.  La verdad quiero despertar de una buena vez.

  1. De la máscara teatral: ¿De esas intervenciones allí, que incrusto o incrusta en su arte, de sus formas y sus estructuras indelebles, por qué sí o no?

Alguien dijo que la vida es una obra de teatro en la cual no hay lugar a ensayos.  Mejor que no haya lugar a ensayos, no hay nada peor que lo predecible, lo obvio, la lección aprendida a priori. El drama, la tragicomedia están presentes en lo que escribo.  Pero lo cierto es que me gusta más el concepto de circo que el de teatro para describir la realidad.  El circo humano es cruel, ridículo a ratos, interesante a veces, y patético  siempre.  Lo circense me llama, me convoca… soy un payaso, un triste payaso, dice la canción.  Pero me gusta ese oficio porque aprendí a reírme en las narices del mundo, de los hipócritas, de los emperifollados; sobre todo me  enseñó a reírme de mí mismo y de mis tragedias y desgracias.  Los dioses envidian al hombre que tiene sentido del humor.

  1. De lo inmediato en su realidad: ¿Cómo hace usted para vaciarlo y vaciarse en sí mismo ante ello y qué poder le da en lo que hace?

La realidad importa menos que la irrealidad.  Es la irrealidad la que gobierna en nuestro mundo.  Esto es más evidente en la era digital.  Cada quien para su cada cual, para su soledad, para sus miedos, su locura, sus fantasías y pajazos mentales, para su teléfono celular, para uno o muchos de los dispositivos que nos esclavizan. Cada cual con sus mentiras que se alimentan y engordan gracias a las mentiras de los medios de comunicación, de los políticos, de la religión, de los maestros, y de nosotros los que convertimos en ficción la realidad.  La mentira es necesaria, porque la verdad tiene un peso enorme.  Para la mayoría es mejor permanecer en la mentira.  Cuando un hombre dice la verdad está pidiendo a gritos la condena de muerte.  Quitadle al ser humano el bálsamo de la mentira, el brebaje alucinado de la mentira y lo llevaréis a rastras al manicomio.  Por eso digo que me interesa más la irrealidad que la realidad misma.

  1. Del ojo: ¿Cómo ve usted su obra, tiene una metódica del ojo, en el tema y en la composición, y por qué sí o no?

De mi obra no opino, ni la juzgo, ni la defiendo.  Que ella hable de  sí misma y se defienda por sí sola.  Que el lector la juzgue, la redima o la condene. El que compra un libro, el que lee un libro tiene derecho a usar la guillotina, la caneca de la basura o la hoguera.  Que ese árbitro que es el tiempo la ponga en el lugar que se merece o la arroje al abismo del olvido.  Lo que escribo una vez sale a la luz no me pertenece, y mejor. Poseer es una especie de claudicación.  Yo creo que a todos los escritores nos sucede que nos saturamos de los libros que escribimos.  Uno siempre está pensando en el próximo, o en no regresar a lo que alguna vez pergeñamos con insulsa devoción. Es como si a una madre la agotarán sus hijos, o quisiera mandarlos a la porra, o en algún momento se arrepintiera de haberlos traído  al mundo. Suele suceder. Pero en mi caso escribir es una necesidad, una forma de ascesis, de catarsis, para no matar, para no morir, para no convertirme en asesino de mi propia vida.  Si no escribiera me hubiera suicidado hace mucho tiempo.  Los libros, la lectura, la literatura, escribir me salvaron, me condenaron.  No sé si salí ganando o perdiendo.  Nunca lo sabré.  Mejor. Dejemos aquí: es suficiente  por esta noche, por esta breve relación del raro sueño que habito.

Gracias, Juan Mario Sánchez Cuervo, y ojalá no despiertes de ese raro sueño que alimenta nuestras letras.

- Publicidad -
Cargando...

Deja un comentario