Fernando Botero, Inmenso e Imperecedero

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Por Rafael Rodriguez-Jaraba*

La partida de Fernando Botero abruma la mente y sobrecoge el corazón. Su partida al anchuroso azul de la inmensidad, enluta el arte, acongoja la pintura y repliega la escultura.

Su obra, irreverente, irónica, mordaz y provocadora, es una oda a la inventiva y un festival de originalidad, que concita el interés de la crítica especializada y produce el inmediato reconocimiento de su autoría por parte de cualquier observador.

Tan hondo y trascendente caló su pintura y escultura, que su estilo terminó creando el «Boterismo», escuela inspirada en encontrar voluptuosidad en la exageración y armonía en la obesidad.

Botero desfiguró la estética lineal, manipuló la proporción, desafió la gravedad, alteró la perspectiva, impuso la volumetría, remozó la pintura y vivificó la originalidad. Su obra es inmensa e inmortal. Fernando Botero, ha sido, sin lugar a dudas, el artista más importante e insigne de Colombia.

Pero, además, Botero también pintaba y esculpía con su pluma letras diáfanas, esclarecidas y seductoras.

Hoy, en homenaje a su memoria, reproduzco un breve cuento ilustrado, que en 1980 le leí y le releí con confesa y avergonzada malicia, y que literalmente dice así:

EL PINTOR QUE SE COMIÓ SU MODELO

 Fernando Botero

Luis Vélez Posada nació en Abejorral, y desde temprana edad su alma sensitiva mostró inclinación por el arte y la belleza del paisaje. Cuentan quienes lo conocieron desde niño que ya en esa época pintaba los legendarios atardeceres de su región, captando a la acuarela todos los matices del crepúsculo cargados de arreboles amarillos y rojos. Más tarde logró en la naturaleza muerta admirables resultados. Las frutas de colores ardientes, las jarras, los enormes cuchillos y demás utensilios de concina invadieron su imaginación y se convirtieron en el centro de sus preocupaciones pictóricas. Ahora solo le restaba enfrentarse al problema de la figura humana.

Frente a su casa veía pasar con frecuencia a una joven llamada Amparo, de apetitosos muslos y senos firmes. Pensó que estaba “como para comérsela”. ¡Qué gran modelo podría ser! Finalmente, venciendo la timidez, logró conquistar su amistad y convencerla poco a poco del gran servicio que le prestaría al arte posándole como modelo. “¡Qué rica estaba!”

El ambiente del estudio no podía ser más propicio. Ella se desnudó lentamente mientras que a Vélez Posada se le salían literalmente los ojos con cada prenda que caía suavemente al piso.

La hizo acostar en la cama que tenía frente a su caballete, desenfundó su revólver y de un tiro certero le perforó el corazón. Luego, con unos cuchillos enormes que guardaba cuidadosamente, le fue cortando tajadas por todas partes. Y mientras las saboreaba pensó que nunca se comería otra modelo tan deliciosa como Amparo.

Gracias Maestro Botero, por recrearnos los sentidos, ampliar el arte y honrar a la Patria.

Concluyo estas emocionadas letras, acogiendo la sugerencia de uno de mis exalumnos, para que el Banco de la República, quien recibió de Fernando Botero tan generosas donaciones de su obra, considere rendirle un sentido homenaje, mediante la inclusión de su autorretrato en la próxima emisión del billete de más alta denominación.

Botero fue un Grande; Colombia necesita Grandes como Botero.

Honor a su vida y obra, y paz en su tumba.

*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Litigante. Conjuez. Árbitro Nacional e Internacional en Derecho. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

 

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