Por Rafael Rodríguez-Jaraba
John M. Keynes, leseferiano la mayor parte de su vida y luego arrepentido y vergonzante y padre de los subsidios, en su obra Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, acuñó la expresión Animal Spirits (espíritus animales) para explicar, como la emoción influye más que la razón en el comportamiento humano, pudiéndose ponderar en términos de confianza, y que inclusive, en ocasiones, la emoción aplaza la vigencia de la ética y la moral.
Valiéndose de este término, Keynes explicó que, además, de la inestabilidad que produce la especulación en el mercado, hay otra inestabilidad que proviene de la naturaleza humana, y que deviene en que la conducta dependa más del deseo que de una probabilidad matemática o fáctica, o peor aún, que la conveniencia coyuntural se anteponga a los principios, los valores y las convicciones.
Es claro que la mayor parte de las decisiones que los seres humanos tomamos, cuyas consecuencias tan solo se conocen a futuro, son el resultado del influjo del Animal Spirits, que es el estímulo que impulsa a la acción desestimando el análisis previo de sus consecuencias cualitativas o cuantitativas multiplicadas por probabilidades, y este riesgo solo lo neutraliza la educación formativa que modera la conducta, pondera las emociones y refrena las pasiones.
Si bien la expresión en comento es aplicable al comportamiento de los consumidores en el mercado, está demostrado que en política también aplica, y que en Colombia la elección ilegal de Gustavo Petro, impulsada solapadamente por Juan Manuel Santos como resultado del perverso y mal llamado “Acuerdo de la Habana” y del señuelo de lograrse la paz, respondió al Animal Spirits nacional al emocionarse en el “cambio” que Petro propaló.
Así lo corrobora el hecho que, después de 9 años de firmado el mal llamado “Acuerdo”, el Comité Internacional de la Cruz Roja afirme que el pomposo acuerdo no logró la paz, y que millares de ciudadanos que lo apoyaron se sientan burlados y desengañados, al percatarse que lo único que logró, fue entronizar la más cínica y desvergonzada impunidad, estimular y aumentar la violencia, la delincuencia y el narcotráfico, y perderse la gobernabilidad en vastas regiones de la geografía nacional.
Una gran minoría de ciudadanos sin evaluar con rigor el contenido del modelo de paz de Santos, se dejó llevar por el Animal Spirits y le apostó a la esperanza de lograrla, así como por el supuesto arrepentimiento de un puñado de narcoterroristas anacrónicos e incorregibles.
Igual sucedió con la elección del actual presidente que la nación padece, quien, aparte de violar los topes en el financiamiento de su campaña y de contar con los votos de la criminalidad, obtuvo amplias votaciones en las poblaciones sometidas a ella.
Es claro que cada día que transcurre, se devela y comprueba, como la banda narco criminal de las Farc logró secuestrar un gobierno sin rumbo, que terminó condenado a complacer la impunidad, así como la voracidad insaciable de unos bandoleros disfrazados de verde, que jugaron sin piedad con la falsa promesa de poner fin a sus crímenes y fechorías.
Pero contra toda evidencia y violentando el querer mayoritario nacional, Santos de manera ilegal y por demás espuria, decretó la paz, no para lograrla, sino para lucrarse de ella al soñar con una nominación al Nobel de Paz, el que al final obtuvo de manera inmerecida y oscura.
Para burlar la voluntad de la mayoría de colombianos, y para acallarla, Santos politizó la paz, dividió el país y lo intimidó con la guerra, desconociendo que la paz es un bien anhelado por todos que a nadie le pertenece y que su logro, es el resultado del orden y la justicia y no de la impunidad.
Sobrecoge que Santos, a pesar de haber fletado el Congreso por medio de tantos edulcorantes, no hubiera sido capaz de sacar adelante las reformas que tanto anunció a la Educación, la Justicia, la Salud, la Pensional, la Financiera, la Minera, la Carcelaria y la Política, así como un Plan Integral de Desarrollo que hiciera posible y sostenible el modelo económico para lograr reducir las hondas diferencias sociales que tantos desencuentros causa.
Es claro que la memoria colectiva no existe, y de ello se nutren sujetos como Santos y Petro, quienes solo promueven la emoción, la pasión, la ilusión y la esperanza para luego defraudarlas. Colombia no debe olvidar los despropósitos de estos siniestros personajes; el primero, un traidor incorregible, y el segundo, un anacrónico demagogo torpe e incapaz.
Si alguna vez Santos paseó su mirada sin rigor sobre la obra de Keynes de seguro advirtió que, ante su falta de estatura de estadista, siempre tendría que apelar al Animal Spirits de los colombianos para sacar adelante sus patrañas y felonías.
La evidencia de los hechos demuestra, cómo Santos logró que la nación navegara a bandazos y sin rumbo alguno en busca de una paz incierta, movida por el Animal Spirits que la sigue manteniendo confundida y desorientada.
Después de conocerse el informe del Comité Internacional de la Cruz Roja que afirma, “el conflicto sigue vivo”, no sorprendería y sería de buen recibo que Santos fuera despojado de su mal habido Premio Nobel, no a la paz, sino a la Impunidad, así como por la forma desleal y tramposa como lo obtuvo.
Siendo la Paz de Santos como es la de Petro, cultos a la impunidad, y la JEP el templo donde se administra, no se entiende como ciudadanos reflexivos, anteponiendo a sus principios, valores y convicciones su Animal Spirits, pueden apoyar candidatos que desvergonzadamente siguen promoviendo la paz con impunidad de Santos y Petro, y sin reato alguno propugnan por el mantenimiento de la JEP.
Mi admiración y reconocimiento a la política de Seguridad Democrática del expresidente Álvaro Uribe Vélez, y mis convicciones cívicas, jurídicas y académicas, no me permiten estar de acuerdo con quien pretenda perpetuar la impunidad y la mal llamada JEP, la que, como está demostrado, no es más que un tribunal para la impunidad.
Concluyo reiterando que los principios, los valores y las convicciones no son negociables, ni pueden convertirse en mercancía electoral. Es por eso que la candidata Paloma Valencia no debe permitir que su fórmula vicepresidencial, fije o insinúe la política que tendrá su gobierno, máxime, si con ello, se desnaturaliza la doctrina de la colectividad que la ungió y representa y, de seguir permitiéndolo, antes que sumar, perderá votos.
© 2026. Todos los Derechos Reservados.
*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. LL.M. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Litigante. Árbitro Nacional e Internacional en Derecho. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.






