¡In memoriam!

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¡In memoriam!

Con inmensa, indescriptible tristeza; inenarrable frío en el alma, registro conmovido la triste, impensada noticia del ocaso de la vida del entrañable exmagistrado, JULIO CÉSAR URIBE ACOSTA, espartana, excepcional, fecunda, maravillosa, sabia, existencia, milésimo hombre (paradigma) del que hablara Rudyard Kipling.

Inigualable, incomparable valor humano, al que compungido despido con estas afectuosas, deshilvanadas, llorosas, sentidas palabras, cargadas de múltiples recuerdos que atropellan la mente para hacerse presente en esta nota amiga.  Alma, ejemplo de vida, entereza de corazón; esclarecida autoridad moral, intelectual, disciplina académica, vitalidad de pensamiento, escrutadas, palpadas virtudes reconocidas por Tirios y troyanos; improntas de su sobresaliente, larga actividad personal, infatigable peregrinar, próvido quehacer.

Irreparable, lamentable pérdida de un acatado, respetable Conservador -de raca mandaca-.  Patriarca sin par, admirable patricio, señor de señores; al que apenado digo adiós, con inmenso, profundo desconsuelo, dolor en su inesperada marcha hacia a la Eternidad. Afable, coherente, noble, riguroso, selecto, tierno espíritu que físicamente ya no estará más con nosotros, permaneciendo su imborrable ejemplo imperecedero que perdurará junto a su diamantina pulcritud y decencia política.

Incesante batahola, voz de su raza antioqueña, que retumbará con su nombre perennemente. Parábola vital que cual  inextinguible faro alumbrará, orientará la senda de las generaciones venideras, tal cual inspiró, modeló nuestro trasegar político -que igualmente se extingue lenta, inexorable, irreversiblemente- al lado del portentoso, sublime, LUIS GRANADA MEJÍA; acrisolado jefe Conservador, partido que alguna vez fue grande, glorioso, y que vivimos intensamente bajo su dirección suprema -que echamos de menos-.

Donde imperaba -lo recordaba ayer no más el muy estimado exconsejero de Estado, Augusto Trejos Jaramillo-, primaba la doctrina -sin concesiones ni reniegos-, feriada por los que fungen como herederos que festinaron su sempiterno legado.

Granada-Uribe, jefes entonces, para decirlo con palabras prestadas, “Si grande fue su talento mayor fue la limpieza de su conducta, retrato de una trayectoria sin sombras”.

Julio César Uribe Acosta, probo, refinado Maestro -así con M mayúscula-, que nos deja huérfanos, en un momento que el país requiere de figuras de su talla y kilates, investido con esa altruista, inconfundible aureola de bonhomía, carácter, sencillez; honestidad a toda prueba. Excelente, ducho jurista ‘de campanillas’; meritorio catedrático, curtido, diestro, invaluable educador, instructor -sin par- de juventudes.

Fue un privilegio haber sido amigo y colega de este compatriota ejemplar, una personalidad insustituible, indispensable. Carismático dirigente de postín, que brilló con luz propia en el firmamento de la amada Colombia, de Riosucio Caldas, su patria chica, un símbolo -que lo fue- de “la perla del Ingrumá” (cerro tutelar del que se dice no se esconde desde ningún lugar del pueblo), vigía de su progreso, donde fraguó su propia leyenda, adornada con seductoras, inmarcesibles integridades, hidalguez, señorío, que pervivirán per sécula seculórum en la memoria.

Su muerte -que nos duele sobremanera- deja un profundo vacío que no lo llenará nada, ni nadie; una profunda pesadumbre, en la certeza que nos va a hacer mucha falta. Partida hecha de forma discreta, silenciosa y solitaria, sin molestar a nadie, tal cual vivió, austeramente, sin aspavientos. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va; copla andaluza a la que acudo -recursivamente-, con un nudo en la garganta, para esta solemne despedida, con una cerrada salva de aplausos, una flor, una lágrima depositas en su tumba.

Amigo que se nos anticipó en ese viaje sin boleto de regreso, hacia el imaginario mundo de los párpados cerrados, acompañado de nuestro apego inmudable; alabanza y gratitud a su magna, original obra educativa; extraordinarios logros académicos, como beneficiario que fui. Orgulloso alumno, timbre de honor que con mis dos abatidos hermanos, Julio Enrique y Luis Fernando, conservamos, como la incontable muchachada universitaria que recibimos de él sus luces.

Inseparables, nos unimos al duelo de su inconsolable, afligida familia, para quienes va nuestro común saludo solidario, pésame, como para la comunidad académica grancolombiana y las incontables hornadas de educandos, los que nos nutrimos con sus saberes, sus excepcionales, espléndidas, formidables enseñanzas.

Saber vivir y saber morir son dos cosas separadas dentro del mismo arte de ser persona”.

Para terminar, entresaco un verso de Jorge Luis Borges, de su milonga, ‘A Don Nicanor Paredes’,: “Ahora está muerto y con él cuánta memoria se apaga”.

¡Misión cumplida!, amado, irremplazable, lúcido JULIO CÉSAR.

¡Punto final! Te has ido en la “flor de la vida-madura”. Que en la gloria esté.

Gracias por haber vivido. Tu recuerdo permanecerá, eterna, indefectiblemente entre nosotros.

¡Hasta siempre, querido Maestro!

¡Buen viento y buena mar!

Q.E P. D.

Bogotá, D. C., 09 de junio de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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