Por Bernardo Henao Jaramillo
Columnista de Opinión
La política, como tantas veces ha demostrado la historia, es el arte de administrar riesgos. Y pocas decisiones en una campaña presidencial tienen tanta carga estratégica como la escogencia de la fórmula vicepresidencial. No se trata simplemente de sumar un nombre a la tarima: se trata de enviar una señal política al país, a los aliados, a los adversarios y, sobre todo, al propio electorado.
En ese contexto debe analizarse la decisión de Paloma Valencia de escoger a Juan Daniel Oviedo como su fórmula vicepresidencial. A primera vista, la jugada parece lógica: Oviedo tiene reconocimiento público, una imagen técnica relativamente favorable y logró posicionarse electoralmente en Bogotá como un candidato con cierto atractivo en sectores urbanos.
Sin embargo, en política las decisiones no se evalúan únicamente por sus virtudes aparentes, sino también por los riesgos que introducen en el equilibrio de una coalición.
La candidatura de Paloma Valencia surge de un hecho político contundente: su victoria en la Gran Consulta. Más de tres millones doscientos mil ciudadanos acudieron a respaldar esa elección interna de la derecha, lo que permitió consolidar su liderazgo dentro del espacio político que tradicionalmente ha representado el Centro Democrático.
Mientras la consulta presidencial movilizó una votación considerable —más de seis millones de votos—, la elección al Senado dejó al Centro Democrático con apenas diecisiete curules y cerca de tres millones de votos, una cifra similar a la obtenida por Valencia en la consulta. Incluso el propio expresidente Álvaro Uribe, fundador del movimiento y figura central del uribismo durante dos décadas, no logró obtener escaño.
Ese contraste obliga a una reflexión inevitable: existe una brecha evidente entre el entusiasmo de la consulta y la realidad estructural del partido en el Congreso.
Pero hay un elemento adicional que todavía puede modificar esa ecuación política. La consulta no fue una simple competencia entre dos o tres nombres. Fue una contienda en la que participaron nueve precandidatos, cada uno representando sectores políticos, liderazgos regionales y nichos ideológicos distintos dentro de la derecha colombiana.
En teoría, una consulta de esa magnitud debería producir un efecto de acumulación política. La candidata vencedora no solo hereda sus propios votos, sino también —al menos potencialmente— el capital político de los otros ocho aspirantes que participaron en la competencia: equipos regionales, redes de activistas, liderazgos locales y estructuras territoriales que podrían trasladarse a la campaña presidencial.
Sin embargo, en política esa transferencia nunca es automática. Una cosa es aceptar el resultado de la consulta y otra muy distinta convertirse en un apoyo activo, disciplinado y eficaz dentro de la campaña. Si esos ocho sectores se integran de manera real, la candidatura de Paloma Valencia podría fortalecerse. Pero si ese respaldo se queda en declaraciones formales o adhesiones tibias, la consulta habrá producido una imagen de unidad más simbólica que efectiva.
Es en ese entorno donde la escogencia de Juan Daniel Oviedo adquiere un significado particularmente delicado.
La fórmula vicepresidencial no solo debe atraer votantes nuevos; también debe preservar la cohesión de quienes participaron en la consulta y evitar fracturas internas en un momento en que la unidad resulta esencial.
La política no es únicamente una operación matemática de sumas electorales. También es una construcción de identidades, afinidades y símbolos.
Una fórmula vicepresidencial puede ampliar la base electoral, pero también generar tensiones dentro del propio electorado que se pretende representar. Y no resulta claro que Oviedo pueda aportar una votación adicional significativa.
La lista de Juan Daniel Oviedo al Senado —“Con Toda por Colombia”, — que participó como Grupo Significativo de Ciudadanos, no alcanzó el umbral y por lo tanto no obtuvo curules.
El umbral, de acuerdo con el censo electoral, se calculó en aproximadamente 580.000 votos, equivalente al 3 % de cerca de 19,4 millones de votos válidos. La lista no logró alcanzar esa cifra, lo que demuestra que no consiguió consolidar una votación nacional suficiente. En consecuencia, el argumento de que su presencia aumentaría significativamente la votación de la fórmula presidencial no resulta del todo claro ni convincente.
Para los sectores más doctrinarios del uribismo, Oviedo representa una figura distante de la identidad política que durante más de veinte años ha definido al partido.
Ha manifestado respaldo al polémico tema del aborto hasta las 24 semanas de gestación. Tiene una visión laica del Estado. En cuanto a la JEP —asunto altamente sensible dentro del uribismo— ha adoptado posiciones de defensa que contrastan con la postura tradicional del Centro Democrático. También ha expresado apoyo a políticas de igualdad para las personas LGBTI y se ha mencionado su respaldo a posiciones sobre cambio de sexo desde edades tempranas.
En otras palabras, la fórmula busca conquistar nuevos votantes, pero corre el riesgo de incomodar a los propios. Intentar ampliar la base electoral a costa de relativizar principios ideológicos puede generar tensiones difíciles de administrar.
Las primeras señales de incomodidad ya aparecieron. Algunas voces influyentes del uribismo han expresado abiertamente sus reservas. Los casos más visibles son los de Fernando Londoño y María Fernanda Cabal.
Ese es el dilema clásico de toda coalición electoral: si se privilegia la pureza ideológica, el proyecto puede volverse incapaz de crecer; pero si se privilegia únicamente la expansión electoral, el riesgo es fracturar la propia base.
La política consiste precisamente en administrar esa tensión.
Si Oviedo logra conectar con sectores urbanos moderados sin erosionar el entusiasmo del votante tradicional de la derecha, la jugada habrá sido estratégica. Pero si la fórmula genera incomodidad dentro del propio movimiento, el efecto podría ser el contrario al que se busca.
Lo que sí es claro es que la candidatura de Paloma Valencia enfrenta un desafío complejo: convertir el entusiasmo de una consulta en una coalición política real, sólida y disciplinada.
Porque ganar una consulta es importante. Pero ganar una elección presidencial exige algo mucho más difícil: construir una mayoría política capaz de sostenerse más allá del entusiasmo inicial.
Y en ese camino, cada decisión estratégica —incluida la fórmula vicepresidencial— puede convertirse tanto en una oportunidad como en un riesgo.
Como recordaba Winston Churchill: “Algunos hombres cambian de partido por el bien de sus principios; otros cambian de principios por el bien de sus partidos”.








