¡Los amoríos del Libertador! XI

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¡Los amoríos del Libertador! XI

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Manuelita Sáenz, es una de las mujeres más recordadas en la historia de América. En Colombia se ha negado a hacerle el reconocimiento esperado.

Como epílogo de la relación de las citadas amantes del Libertador, tomadas en cuenta -según mi humilde criterio- la trascendencia o importancia que, de alguna manera, hayan tenido en su vida, y sin que quiera decir con ello, en forma alguna, que fueran las únicas.

A las antedichas en los garrapateados apuntes anteriores, agrego -en orden alfabético-, no del momento en que surgieron, la siguiente lista que más parece una letanía de colegio:

Asunción Jiménez, Aurora Pardo, Benedicta Suárez, Delfina Guardiola, Gertrudis del Toro, Isabel Jiménez, Jeanne Bowvril, Josefa Sagrario, Josefina Álvarez de Lugo, Josefina Núñez, Juana Pastrano Salcedo, Manuelita White, María Barrios, María Concepción Loperana de Castro, Marina de Milán, Marina López, Teresa Mancebo.

Semblanza: Manuelita Sáenz de Vergara y Aizpuru (1797-1856), hija natural del hidalgo español Simón Tadeo Sáenz de Vergara y Yedra (funcionario de la Real Audiencia de Quito), con una criolla quiteña, casada muy joven con el acaudalado médico inglés, James Thorne, bastante mayor.

Fueron tantas y tantos los engañados, escarnecidos maridos, convertidos en cornudos, y por ende, en apurados, azarosos, fanáticos, irreversibles enemigos, cuyas casquivanas,  frágiles, ligeras esposas, cedieron al embrujo, galanteo, hechizo amorosos del casanova en comento, cuyos biógrafos coinciden en que, su gloria, hubiera sido -quizás- superior, si no hubiera pospuesto -tanto y tantas veces-, a los asuntos de Estado y afanes estratégicos de la brega independentista, su compulsiva apetencia erótica, avidez por calentar lechos ajenos, ejemplificado con la expedición libertadora de Venezuela, que aplazó por cuatro días en Los Cayos, Haití, mientras henchía, saciaba su insaciable apetencia sexual, refocilándose con Manuelita Sáenz, que llevaba tiempo sin verla -que es apenas un decir-; retraso que implicó -según algunos aliados- en fracaso de la avance, culpándolo de ello.

Como heroína fue una de las mujeres más recordadas en la historia de América, no solo por su relación con el Libertador -su gran amor-, con el que compartió sus últimos años de vida, de lucha, quien, además de amarla, apasionadamente, preconizó, enalteció su carácter, arrojo, coraje, intrepidez, osadía, temple, valentía; reconociendo siempre su apoyo, su deslumbrante liderazgo.

Su relación con el Libertador la inició en Quito, en 1822, según su fidedigna constancia -de su puño y letra-: “Cuando Bolívar se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y las arrojé a su paso, para que cayera al frente del caballo de S. E.; con tal mala (o buena) suerte que fue a parar, con toda la fuerza de la caída, en la casaca, justo en su pecho. Me avergoncé, sonrojé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su penetrante mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tan intrépido acto; pero S.E. sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano”.

En el tradicional, infaltable baile de bienvenida me manifestó: “Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España”. Galanura que la flechó al instante, tanto que la llevó a abandonar a su marido, para convertirse, desde entonces en su devota, intermitente amante en Quito, Lima y Bogotá.

Jean-Baptiste Boussingault, profesor de ciencias francés que llegó a Colombia traído por Santander en 1824, con quien Manuela compartió infinidad de momentos políticos y sociales, la describió así: “Tendría 29 a 30 años cuando la conocí en toda su belleza, algo gruesa, ojos negros, mirada indecisa, tez sonrosada sobre fondo blanco, cabellos negros, artísticamente peinados y los más bellos dedos del mundo (…) era alegre, conversaba poco; fumaba con gracia. Poseía un secreto encanto para hacerse amar”.

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A pedido de Bolívar, Manuela viajó a Bogotá, el 1° de diciembre de 1827, a reanimar -le expresó-: “una vida que está expirando”. Ferviente compañera de lucha desde entonces, durante ocho años, período en que enfrentó al grupo de detractores, entre ellos: Francisco de Paula Santander y José María Córdova -enemigos declarados-. Vivió en la Quinta de Bolívar, “a la sombra del cerro Monserrate”, construida a principios de siglo, por José Antonio Portocarrero y que pasó en 1820, por motivos de la guerra de independencia, a manos de Bolívar.

El 24 de julio de 1828, no obstante estar Bolívar en el Palacio de San Carlos ejerciendo sus poderes dictatoriales, luego de la disolución (11 de junio/1828) de la Gran Colombia y consecuentemente del Congreso, hecho ocurrido una vez clausurada la Convención de Ocaña, convocada por la ley del 7 de agosto de 1827, reunida entre el 9 de abril y el 10 de junio de 1828, siendo escogido como presidente, José María del Castillo y Rada, y Andrés Narvarte, como vicepresidente, que concluyó con la expedición del proyecto de constitución semimonárquica de Bolívar, lo que ocasionó que hubiera rechazos por grupos contrarios, negándose varios de sus miembros a suscribirla.

El 9 de junio de 1828, el general Miguel Peña le escribió a Bolívar: “(…) Cuando supe que algunos buenos hombres estaban resueltos a abandonar ese cuerpo si no se adoptaba un proyecto provisorio que estaban redactando; y que pensaban bajar a Mompós a formar sus discusiones aparte. Yo había indicado al general Montilla que si tal cosa sucedía era el más precioso momento para intimarles la orden de que cesasen, y adelantar un escuadrón de caballería a dos días de Ocaña cuyo objeto fuese ocupar la ciudad luego qué se efectuase la disolución; suspender toda ulterior reunión, llamar al presidente y un secretario, hacer sellar todos los papeles a su presencia y remitirlos a usted con un secretario y un oficial de confianza, como documentos nacionales (…)“.

Posterior, Manuelita le celebró a Bolívar el cumpleaños, en la Quinta de Bolívar, cuyo acto central del festejo, fue el fusilamiento simbólico, “por traición”, de Santander, según el letrero que le fue colgado al monigote; audacia que trascendió a los mentideros políticos de la ciudad, y que estuvo a punto de malograr la reestructuración de la República que adelantaba Bolívar.

En agosto, a pesar de la orden de Bolívar de que Manuela permaneciera alejada del público, del agite político, esta puso treinta y dos pesos de plata en manos de don Pedro Lasso de la Vega, por la casa de la calle 10, marcada con el número 6-18, para estar -adujo- más cerca al Palacio de San Carlos, por ende, de su amado, donde se enteró de la conspiración -en ciernes- para matarlo, en la que surgió como primer comprometido, implicado, Santander.

Intento inicial ocurrido el mismo mes (agosto de 1828), en una fiesta de máscaras en el teatro El Coliseo (el Colón de hoy), del que se salvó, gracias a una acción involuntaria de Manuela.

La segunda oportunidad fue el 25 de setiembre del mismo año, en el Palacio de San Carlos, en la que lo salvó la acción premeditada de Manuelita, que hizo que saliera ileso, al conminarlo a escapar, saltando por una de las ventanas del Palacio de San Carlos, mientras, revólver al cinto, confrontaba a los frustrados magnicidas.

“SISTE PARUMPER SPECTATOR GRADUM / SI VACAS MIRATORUS VIAM

SALUTIS QUA SESE LIBERAVIT / PATER SALVATORE PATRIAE / SIMON

BOLIVAR / IN NEFANDA NOCTE SEPTEMBRINA AN MDCCCXXVIII”

Ventana de la habitación de Bolívar
Ventana de la habitación por donde huyó de Bolívar, en la que aparece la placa cuya leyenda  transcribo:

Manuelita, llamada indistintamente: “La generala de América”; “La generala del Sol”, y por Bolívar, “La libertadora del Libertador”, el apelativo más conocido, fundamentado en que le salvó -repito- la vida. En conmemoración de la magna fecha septembrina, se plantó, debajo de la famosa ventana por donde saltó, una placa conmemorativa con la leyenda siguiente:

PlacaDETENTE, ESPECTADOR, UN MOMENTO / Y MIRA EL LUGAR POR DONDE SE SALVÓ / EL PADRE Y LIBERTADOR DE LA PATRIA / SIMÓN BOLÍVAR / EN LA NEFANDA NOCHE SEPTEMBRINA. 1828“.

El 20 de enero de 1830, el Libertador presentó renuncia a la presidencia; el 8 de mayo emprendió el viaje -que sería el último- hacia la muerte, sucedida en Santa Marta el 17 de diciembre de 1830. Días antes, Manuelita -protagonista; testigo de excepción del encuentro de Bolívar y San Martín en Guayaquil; de las batallas de Pichincha y Ayacucho; del conflicto entre el Libertador y Santander; de la rebelión de Córdova y la disolución de la Gran Colombia-, emprendió viaje con el objeto de cuidar a Bolívar (enfermo), alcanzó a llegar hasta Honda, donde fue informada, (el 18 de diciembre de 1830) por Luis Perú de Lacroix, de su muerte, general francés que batalló en el ejército de Napoleón I en Europa y en el de Bolívar, del que fue edecán, con esta esquela:

Permítame, mi respetada señora, llorar con usted la pérdida inmensa que ya habremos hecho, y que habrá sufrido toda la república, y prepárese usted a recibir la última fatal noticia”.

Con la muerte de Bolívar, el desprecio por Manuelita se acrecentó, por lo que decidió partir hacia Guanacas del Arroyo, donde se resguardó hasta el 1° de enero de 1834, en que Santander dictó el decreto de destierro de Colombia, comienzo de la diáspora que la llevó a deambular por distintos países americanos, Jamaica, Guayaquil, Ecuador, del que el Gobierno la obligó a abandonarlo, partiendo hacia Paita, puerto abandonado en el desierto peruano, sin agua; moridero de una sola calle, sin vegetación y un muelle semi solitario. La pobreza e invalidez la acompañó durante sus últimos años.

El 11 de agosto de 1847, se enteró de la muerte de su inicial esposo, James Thorne, asesinado el 19 de junio del mismo año. En su testamento, le devolvió los ocho mil pesos de la dote de los intereses, que nunca llegaron a sus manos. Acompañada por el Maestro del Libertador, Simón Rodríguez, quien terminó -también- su vida en Paita (1854).

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Daniel Florencio O’Leary.

Manuelita muere el 23 de noviembre de 1856, a los 59 años, afectada por una epidemia de difteria que azotó la región, sepultada en el cementerio local, sus posesiones fueron incineradas, incluidas la mayoría de las cartas de amor de Bolívar, de las que algunas se salvaron del olvido, como unas más del General irlandés, Daniel Florencio O’Leary (1800-1854), quien, dado su reconocido talento de escritor, Bolívar le encomendó el registro minucioso de los sucesos más relevantes de la guerra independentista.

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Firma autógrafa de Bolívar

Bogotá, D.C., 08 de septiembre de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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