¡Pensilvania! tierra de promisión – Tercera parte

Pensilvania
Pensilvania, Caldas.

 

 

mario arias gómez
P

 

rimorosa patria chica que se viste de gala para acoger a hijos, invitados, visitantes; exuberante, esplendorosa, inspiradora, fresca acuarela paisajística, fábrica de  amaneceres, atardeceres -únicos- multicolores, que nacen en el cerro tutelar, Piamonte y se extinguen en Morrón, altozano emblemático, que enmarcan el cuadro de quietud y sosiego buscado, que empieza a avizorarse desde el instante del emprendimiento del viaje, del que anhelo -esperanzado- no tenga boleto de regreso, máxime ahora que embebido en el plácido veneno del ocio, la paso más mirándome en el espejo del pasado que del presente, desentrañando nostálgicas circunstancias, invocaciones, olvidos, tribulaciones, demoledores imponderables.
Entre ellos la incertidumbre del reencuentro con ´parceros’ de infancia, que la vida llevó por caminos diferentes. Fresco, majestuoso, maravilloso, inenarrable hontanar, convertido en abundante venero personal -por no decir íntimo-, donde calmamos la sed, que testimonia gestas, heroicidades coexistentes con las románticas breñas, constancia -como diría Neruda- ‘de haber vivido’, advertencia de la proximidad del llamado ineluctable a chupar gladiolo, enterrar abatimientos, agonías, ahogos, amarguras, angustias, ansiedades, añoranzas, congojas, cuitas, desconsuelos, desolaciones, desventuras, disgustos, espinas, flagelos, lutos, melancolías, morriñas, persecuciones, quebrantos, sinsabores, sufrimientos, que inesperadamente nos emboscaron, demudaron, y que comparto hoy, sin enconadas heridas, cual vela encendida en la oscuridad de la noche, en que me paso, últimamente, dándole el último adiós a entrañables amigos que se nos adelantaron en la postrer partida, caso del fantástico gentleman, SILVIO ZULUAGA, a quien dedico estas deshilvanadas, devotas, mimosas reminiscencias, antes que las cubra el polvo del olvido.
Invadido por la pesadumbre, con la respiración contenida, vuelvo al pueblo de ensueño que bordó mis primeros años, donde voló la imaginación; las campanillas de la alegría tocaron a somatén contra la tristeza; sobrevinieron los coquetos amores de adolescencia, con arrobadoras ‘garotas’ de fantasía, piel canela, ojos de miel, castaño pelo, brutalmente bellas, talentosas, de las que inconsolable me alejé, con el provincianismo a cuestas, a explorar, descubrir, enfrentar el mundo en busca de apropiárnoslo, devorarlo.
Inenarrables tiempos de felicidad irrepetible: El abrazo de la abuela; la natilla, los buñuelos; el jarabe; los exquisitos manjares de breva, papayuela, amorosamente preparados por mamá Eva; el destape de los regalos de navidad, cuando no sabía que papá Julio fungía de Niño Dios; el rezo del rosario al borde de la cama paternal antes de la merienda; el sonido de las campanas invitando a misa de cinco; las alboradas, preludio de las fiestas patronales. Vivencias que llevo tatuadas aún en el alma, como la alegría del primer día de escuela donde aprendimos las primeras letras.
Los emocionantes piques con los ‘tapunchos’ -Berto, Emilio, Gustavo, Benjamín-, en carros de madera; las incansables vueltas a la manzana echando a rodar con un palo un aro de caucho; las cabalgatas en ‘finos y briosos’ palos de escoba; los partidos con pelota de plástico; carreras de zancos, de encostalados, la quemazón con la vaca-loca en la semana lasallista. Retozos y experiencias presentes en la retina, que moldearon nuestro carácter, arraigaron creencias, inculcaron principios.
Invadidos por la nostalgia de tiempos idos, de regreso -calvo y panzón, con más pasado que futuro- a la legendaria arcadia; me asalta la duda de encontrar a los camaradas de infancia; la lejana novia a la que le robé el primer beso, quedándome el consuelo de revivir imaginariamente -como complacientes saudades- el árbol donde en soleadas tardes me trepaba para ‘robar’ mandarinas, chirimoyas, mísperos, naranjas, guayabas.
Epicteto, hace veinte siglos instruyó que, para alcanzar cierta tranquilidad personal, debemos discriminar entre problemas a nuestro alcance, con posibilidades de ser resueltos, y otros que no lo están, y menos nos compete su solución. Dado que ya fui lo que flui, que estoy por encima del bien y del mal, sin tener que rendirle cuentas a nadie; libre de ataduras, prejuicios, timideces, confieso que no le temo a nada, ni a nadie, ni a la muerte misma.
Mi única preocupación hoy, para rematar, es cumplir el sagrado mandamiento de amarme a Mi mismo; poner la otoñal imaginación a volar, a efecto de resucitar, selectivamente, felices momentos pasados, a costa del fatigado corazón, al que tal empeño agita, desordenada, peligrosamente, debiendo hacer breve pausa para poder proclamar, emocionado, luego de los muy bien vividos largos años, “c’est fini”, adicionado de la célebre frase que presto de Amado Nervo:
¡Vida nada me debes! ¡Vida estamos en paz!
Bogotá, D. C. diciembre 20 de 2019

PD. A mis amables lectores, les deseo -aunque no hay muchos motivos- una ¡Feliz Navidad y un próspero 2020!

Decimos lo que otros callan
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