El “Día D” de la extrema izquierda


 
Abelardo De La Espriella

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Abunda la literatura sobre lo ocurrido el 6 de junio de 1944, cuando las tropas estadounidenses, británicas y canadienses llevaron a cabo el desembarco en las costas de Normandía. En lo personal, considero que el mejor libro que se ha escrito sobre la materia es el del profesor Antony Beevor, una monumental obra que recrea todo el proceso de planificación y ejecución de la operación militar más exitosa de los tiempos modernos.

Pero hoy no quiero hablar de historia -desafortunadamente-, sino de lo que ocurre en nuestro país. La extrema izquierda proyecta ejecutar su “Día D” el próximo 21 de noviembre.

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No nos llamemos a engaños: el cacareado paro nacional que con tanta fruición promueven Gustavo Petro -el tenebroso “señor de las bolsas”-, su lacayo Gustavo Bolívar y, por supuesto las Farc, es una simple estratagema para darle algún tipo de sustento a la revuelta que se pondrá en marcha aquel día.

Las manifestaciones estudiantiles de los últimos meses, que han desembocado en asonadas, han sido el preámbulo, un calentamiento, de lo que viene.

No hay un solo motivo real por el cual el país deba ser objeto de una parálisis. Lamento mucho la debilidad de algunos dirigentes políticos que se refieren a este asunto con voz trémula, expresando, a manera de proemio, que son respetuosos de la protesta social y demás majaderías.

Lo del 21 está en las antípodas de una manifestación legítima. Es un desafío inaudito, ilegal y violento al Estado de Derecho, y quienes defendemos la democracia y sus instituciones republicanas estamos en el deber de expresar nuestro rechazo absoluto frente a esa situación, solicitando con vehemencia la intervención previa e implacable de la Fuerza Pública, para efectos de evitar el cataclismo.

Al decir de las abuelas, “una vez el ojo afuera, no hay Santa Lucía que valga”. De nada servirá la intervención de las fuerzas del orden cuando la polvareda se haya levantado. Los ejemplos mundiales de las últimas semanas deben servir de indicadores para el presidente y sus asesores. Además de Chile, país que está literalmente incendiado, tenemos lo de Ecuador, donde su primer mandatario y sus ministros, salieron correteados de Quito por la turbamulta enardecida. Pero también está el caso de El Líbano. Las protestas en Beirut desembocaron en la dimisión del primer ministro, Hariri.

No hay lugar para lecturas equivocadas. Petro y sus secuaces -esos mismos que creen firmemente en la combinación de todas las formas de lucha-, van por el presidente Duque. Necesitan sumir a Colombia en el caos absoluto y generar así, las condiciones suficientes para su “desembarco”, para su “Día D”.

Desde ya, vemos a los organizadores de la revuelta del 21 frotándose las manos, y nosotros no podemos, cobardemente, permitir que el país continúe caminando hacia las garras putrefactas de sus verdugos, resignados, exhibiendo una actitud derrotista. No lo olvidemos jamás: los defensores de la libertad y de la democracia fuimos los que ganamos por amplísimo margen las elecciones presidenciales, en las que decidimos entregarle el mando a un hombre honesto como Iván Duque y, de paso, cerrarle el camino a ese sujeto peligroso llamado Gustavo Petro.

Que el gobierno tome las determinaciones que considere pertinentes para evitar que el caos se apropie de nuestro país, con la certeza plena de que contará con el respaldo del grueso de la ciudadanía.

Durante muchos años, el dictador venezolano Hugo Chávez tuvo a Colombia en la mira de su “revolución bolivariana”. En sus intervenciones, decía que nuestro país era el “Ayacucho” del siglo XXI. Gracias al presidente Uribe, el sátrapa no pudo inocular el germen socialista en nuestra patria. Hoy, los herederos de Chávez, desde Caracas, alientan descaradamente la revuelta del 21.

¿Qué otra señal necesitamos para tomar las medidas que corresponda, tendientes a que ese día los perturbadores se queden con los crespos hechos?

La ñapa: El mundo al revés: el exministro Botero debió dejar su cargo por cumplir con el deber de proteger la vida, honra y bienes de los residentes en el país, al ordenar bombardear el campamento donde se encontraba “Gildardo Cucho” y cuyo resultado, a más de la baja de ese narcoterrorista, incluye, lamentablemente, la muerte de 7 menores de edad, ilegalmente reclutados por las disidencias de las Farc. Si lo hubiera dejado escapar, de pronto hasta no le hacen la moción de censura, pero lo saca a sombrerazos el Procurador general, con un disciplinario Fast Track.

La ñapa II: Grave cosa, pero nada extraña en este platanal, que se sea el Estado colombiano (particularmente, el exministro Botero, el presidente Duque y la Fuerza Pública) el responsable de la muerte de esos “niños” cuando el que los reclutó u los expuso al riesgo que acabó con sus días fue la disidencia de la Farc, que ilegalmente los reclutó. Nada hay acá que censurar a las autoridades por cumplir con su deber, incluso, sin en tal cometido, mueren menores de edad. Y es que, como bien se sabe, el derecho internacional humanitario considera que los menores de edad, armados y en las filas de una organización criminal o terrorista, son blanco legítimo de la reacción de la fuerza pública.

Decimos lo que otros callan
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