De la sociópata institucional y la libertad de expresión

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Daniel Mendoza

(Con motivo del homenaje a Carlos Medellín Becerra)

De siete colegios fui expulsado, hiperactivo diagnosticaban algunos siquiatras infantiles, incontrolable, violento, agresivo, grita y no obedece era la queja reiterativa de muchos profesores, “Es que no para de matonear y maltratar a sus maestros” le dijo uno de los rectores a mi mamá, antes de darle ese mismo pésame con la noticia de que no podían mantenerme sentado en sus pupitres. Así obraban mis palabras cuando aún no habían saltado al papel.

Con varios editores me he jalado las mechas defendiendo mis letras malandras, que les fascina meterse en problemas, a veces siento que son una jauría furiosa de lobas hambrientas que nadie controla… nadie, ni siquiera yo, que soy del único del que se dejan acariciar el lomo, cuando las saco a pasear por la pantalla.

En los comités editoriales siguen transpirando diablo rojo cada vez que se desliza en la mesa uno de mis textos. Cuando se atreven a publicar mis columnas al canto eufórico de los clicks y las visitas, las quejas airadas le hacen los coros. De vez en cuando me veo obligado a salir de paseo por las fiscalías coleccionando los archivos de los denuncios, que a ninguno de los tantos indignados le ha prosperado.

Mi novela El Diablo es Dios fue rechazada en varias editoriales. Muy fuerte, demasiado visceral para esta sociedad colombiana tan doble moralista, fueron las palabras exactas de un curtido editor cuando la devolvió envuelta en un sobre de manila.  No sé como pudo Planeta, darse el lapo de publicarla y aún ahora que vamos en la tercera edición, no entiendo como siguen aguantando las manifestaciones de los grupos religiosos y de los neonazis, cada vez que en las ferias del libro se ponen furiosos con el título, que refiere a esa rumba que en las alcobas ardientes de la obra, se pega Dios con el protagonista.

Hasta mis frases más cortas me han metido en problemas. Aquellas bichitas inquietas, las menos pensadas, las más espontaneas y desmadradas, tan parecidas a la precocidad de mis eyaculaciones cuando era adolescente. También me han dejado morados mis poemas cibernéticos que fluyen en la red, que desde el twitter que me recomendó abrir la editorial, todos los días fertilizan el inconformismo de mis seguidores.

Inmoral dijeron en el Club el Nogal, promotor de la promiscuidad, perverso poliamoroso, esos artículos que nos desfloran la psiquis sin piedad, en los que se atreve a pintar al excelentísimo senador Roberto Gerlein Echavarría sodomizado por un inmenso morenazo a la orilla de uno los ríos que atraviesa su finca de Luruaco y a exponernos sin gafas de sol nuestras frustraciones, deben ser quemados en la hoguera, y si a sus letras no las vamos a poder sacar de aquí, del Club el Nogal, como borracho de bar, de una patada sale usted Daniel, porque además de degenerado viene a empelotarnos mostrándonos como somos, sapiando los torcidos que hacemos, las puñaladas que nos metemos unos a otros, las bestias humanas que nos enorgullecemos de ser.

Esos somos algunos de los miembros de junta directiva del Club el Nogal, eso lo tenemos muy en claro, pero quién se cree usted para venir a recordarlo en sus escritos. Este, se los presento, es el resumen del pronunciamiento final del fallo del Club que no toleró ni mis ideas, ni mi filosofía de vida, ni siquiera la vocación anarquista de los personajes de mis ficciones literarias, ni mucho menos las denuncias de neoparanazismo y corrupción al seno de la entidad.

El que más bravo se puso fue el ex senador y socio Pablo Victoria Wilches, a quien se le rayó la cabeza cuando se sintió aludido por los dos personajes más famosos de la cuenta de Twitter, @eldiebloesdios: El Procurador Ordoñez y Pablito el monaguillo con el que se ennovió. Tan populares llegaron a ser, que cogidos de la mano, Julio Sánchez Cristo los presentó en la pasarela del prime time una mañana, cuando el mismo Pablo Victoria los sacó del closet compungido y dándole quejas a los radioescuchas entre berridos de chivo, citó quejumbroso uno de mis twitts sin autoimponerse ningún tipo de censura: “Al Procurador no se le para, pero cuando lo logra, le da vuelta a su monaguillo Pablito, lo penetra con saña…y grita Victoriaaaaaaa!!!!!!!!”  ….¡Cómo va a escribir esto Julio! Plañía Victoria en la emisora. ¡Un tipo que escribe esto no puede ser socio de un prestigioso Club Social como el nuestro!

También me echaron del periódico El Tiempo después de haber llegado ser el escritor más leído de los últimos años, después de haber saturado su servidor con millones de visitas, me llaman a rectoría y me exigen que retire de mi blog el artículo más viral que ha tenido el periódico “Uribe Noguera y sus amigos pedófilos” en el que daba a conocer una verdad innegable: Ni era la primera vez que Uribe Noguera violaba y mataba a una niña pobre, ni era el único millonario pedófilo en este país en el que se desaparecen tantos niños como granos de arroz tiene una paella. Muy decentemente les hice pistola, cuando vi que no les importó el hecho de que existieran niños violados y torturados, pues para José Antonio Sánchez el editor del periódico, más valían las varias quejas de esa gente “tan  poderosa” que podían afectar la marca El Tiempo.

Entonces, tras la exposición de mi prontuario,  me pregunto, o mejor, le pregunto doctor Carlos Medellín Becerra, a quien habrán de homenajear este sábado durante el primer ciclo de conferencias sobre libertad de expresión y cátedra al que tuve el honor de ser invitado como expositor, ¿No es una farsa todo esto de la democracia y la constitución? De eso que se va a hablar, en Colombia…¿si existe? O no será como los fantasmas que dicen que por ahí andan, pero que no se dejan tocar.

Voy a contarle lo que pienso, con el debido respeto que a mí ha de merecerme un distinguido jurista, eminente catedrático, embajador y Ex Ministro de esa masa aceitada, viscosa, insalubre y maloliente a la  que en Colombia le dicen justicia: Sencillo. Nuestra democracia es un zombie putrefacto doctor Medellin, existe y camina… pero no vive.

Eso es en lo que se convierte un régimen constitucional en el que la libertad de expresión nace deformada. La libertad de expresión en Colombia, doctor Medellín, es tan genuina como esa prepago engallada en silicona que se baja de la camioneta de un mafioso, es el cianuro del sistema que lo transforma en una cruel y soterrada tiranía espiritual, al ser un ideal que no se materializa, que está allí solo para hacerle creer al individuo que existe, redactado en un papel adornado con un escudo para aquellos que desde sus cubículos corporativos, jamás harán uso de este derecho edificador del ser humano y de una sociedad, o lo que es peor, utilizado sólo por quienes que se comprometen a expresarse de acuerdo a los cánones impuestos por los formalismos sociales y en procura siempre de salvaguardar los intereses de algún medio, o de uno de esos bunkers políticos y empresariales que nos gobiernan.

La libertad de expresión, convertida en esta monstruosidad, se convierte en el principal cimiento de la desigualdad y la injusticia. Así concebida, la libertad de expresión es una alcahueta, promotora de la sociopatía institucional que a través de nuestra élite demente ahoga al país.

Y aquí es donde los callos se resienten doctor Medellín, porque a esa cantante sus labios cocidos solo se los sueltan los poderosos, son ellos doctor, los más locos, quienes pretenden ser los únicos con derecho al habla … y por eso es que grito doctor, porque de grande sigo sintiendo la voz de mando de los gigantes, y sigo recorriendo las mismas aulas y sigo escuchando el mismo tono prepotente de quienes pretenden enmudecer algo que no me acostumbro a callar: La verdad.

La verdad que es tan sencilla, no como esa mentira tan compleja, repleta normas, jurisprudencias y doctrinas que al final de cuentas no dicen nada. La verdad se la voy a decir mi doctor, la purita verdad es que estamos gobernados por un parche de esquizofrénicos desviados, de oscuros sociópatas deslinderados, inoculados con los simbolismos del germen de su enfermedad mental.

Quien crece viendo a la empleada de servicio sentada en la mesa de la cocina mientras la familia come en el comedor principal, va a crecer viendo a una persona como si fuera un animal, quien crece viendo que los hijos del chofer solo se pueden refrescarse del calor en la piscina de la finca después de las seis de la tarde, cuando ya los niños de la casa han salido por la merienda, crece creyéndose una deidad, un Zeus iluminado, y es por eso que en Colombia los ricos son Caligulas desquiciados que se creen con derecho de hacer lo que sea, robar, estafar, corromper empleados públicos, acabar reservas naturales… y hasta torturar y violar niñas pobres.

Y todo esto ha podido pasar en las narices del pueblo, todo doctor Medellín, porque está amedrentado, apabullado, doblegado, sometido por esa ley que si es clara y que se ejecuta con tanta firmeza que hace parte del adn del pobre colombiano. La ley del silencio. La ley de la impunidad. La ley de la inequidad y la injusticia racial y clasista. Esa que dice que esas leyes que usted le enseña a sus alumnos en clase, son sólo para los de ruana. Y que gritar y protestar significa someterse al procesamiento y a la persecución.

Un sociópata es un ser sin linderos. Como Uribe Noguera doctor, pero también como todos esos principitos que llegan a las juntas directivas de las empresas, a las curules en el congreso, a los ministerios…a las presidencias. Ellos son los que hacen que esa sociopatía de los corruptos se convierta en una institución, la sociopatía institucional viene gobernado el destino de nuestro país.

¿Y qué sociópata quiere que lo contengan? Un sociópata rechaza los limites, un sociópata hace lo que sea por perpetuar su actuar, un sociópata jamás pensará en reedificarse, no tiene redención, un sociópata no se arrepiente, no se auto analiza en procura de un cambio, un sociópata soborna y hasta mata por no ser descubierto.

Y por eso es que compran empleados públicos y jueces y fiscales …y medios de comunicación. Porque necesitan contra simbolismos, necesitan que la sociedad aprenda que aquí cualquiera puede hablar, desde que lo hagan como ellos quieren y para lo que les conviene. En Colombia las instituciones como el Club el Nogal, laboratorio de mis observaciones en el que relincha el poder, echan al escritor porque denuncia, no piensan en autoreconocer sus falencias y errores, prefieren decirle a sus hijos “he ahí su contra simbolismo” si hablan, si denuncian, si exponen nuestras marranadas al resto de los mortales serán condenados al destierro, en el Tiempo echan al periodista porque dice la verdad, y en cada esquina el policía golpea al que protesta, y en cada juzgado el juez condena a quien no tiene con qué defenderse, y en cada empresa el patrón maltrata, y en cada despacho se atiende al que llega con la corbata italiana, y en las universidades se educa solo al que tiene como pagar… y todo esto pasa en frente de cada uno de nosotros que ya estamos acostumbrados porque nos forman viéndolo, y porque esa libertad de expresión de la que usted va a hablar, que debería servir de limite, de rejo, de bozal para esa élite furiosa y voraz, es en cambio un mecanismo promotor de su enfermedad.

Y es por esto doctor Medellín que este sábado lo voy a dejar metido. A ese evento tan pinchado no le llego, primero porque prefiero la rumba del viernes, pero también porque usted entenderá que habiendo sido usted el embajador de Álvaro Uribe Vélez, este escritor tatuado no tiene nada que homenajearle.

Por Daniel Emilio Mendoza Leal

@eldiabloesdios   

 

 

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