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Carta Abierta a mis Hermanos Cordobeses

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Por Luis De La Hoz López

Queridos compatriotas:

Hoy no me presento ante ustedes con el discurso aprendido de un político, ni vengo a ofrecerles lo que no puedo cumplir. Hoy me siento como aquel niño que fui, aquel que creció viendo los mismos atardeceres que ustedes, sintiendo el mismo calor de esta tierra bendita, y que hoy, con el alma partida, les escribe porque el silencio me pesa más que las palabras.

He visto las imágenes, he visto los videos, he visto el rostro de nuestros niños mirando al cielo preguntando por qué, he visto a madres cargando lo único que les quedó: sus hijos, su fe, y ese dolor inmenso que no se ve pero que pesa toneladas. Y he llorado, sí, he llorado como llora un padre cuando no puede proteger a sus hijos, como llora un hermano cuando ve sufrir a los suyos.

Ustedes han perdido todo, lo sé. Perdieron las camas donde dormían, la mesa donde compartían el pan, las fotos de los abuelos que ya no están, los cuadernos de los niños que empezaban el año escolar con ilusión. Perdieron sus animalitos, sus cultivos, su trabajo de todo un año. Perdieron la tranquilidad de saber que al llegar la noche tendrían un techo seco donde guarecerse. Y ese dolor, ese dolor tan profundo, no lo cura una ayudita temporal, no lo cura un mercado, no lo cura un colchón nuevo aunque ayuden. Ese dolor lo cura saber que alguien los entiende, que alguien los abraza desde el alma, que alguien les dice: «Yo estuve ahí, yo sentí tu miedo, yo vi tu angustia».

Y quiero decirles algo que tal vez nadie les ha dicho en estos días difíciles: no están solos. No están solos cuando el agua sube, no están solos cuando el frío cala los huesos, no están solos cuando el llanto de sus hijos les parte el corazón. No están solos en la noche, cuando el silencio solo se rompe con el rumor del viento y el recuerdo de lo que perdieron.

Yo no vengo a decirles que tengo la solución mágica para todo, porque sería mentirles. Vengo a decirles que entiendo, que siento, que me duele con ustedes. Vengo a decirles que si algo he aprendido en esta vida es que cuando la tormenta arrecia, lo único que nos queda es abrazarnos unos a otros, mirarnos a los ojos y decirnos: «aquí estoy, no te suelto».

He visto tanta indiferencia en estos años, he visto tanta gente que mira para otro lado mientras ustedes luchan contra la corriente, que me niego rotundamente a ser uno más de esos que prometen desde un atril y desaparecen cuando el agua se lleva los puentes.

Quiero que me miren a los ojos, aunque sea a través de estas palabras, y sepan que en mí tienen un aliado, un compañero de camino, un hombre que no va a esperar a que pase la temporada de lluvias para acordarse de ustedes. Porque las cicatrices que deja una inundación no se borran cuando baja el nivel del agua, quedan ahí, en el alma, recordándonos lo frágil que es la vida y lo necesario que es tener quien nos tienda la mano.

Si algún día llego al Congreso de la República, no será para sentarme cómodamente mientras ustedes siguen sufriendo cada invierno lo mismo. Será para poner el grito donde tienen que oírlo, para pelear con la misma fuerza con que ustedes pelearon por salvar a sus familias, para exigir que las soluciones no lleguen tarde, para que los ríos no sigan cobrándose lo que no les pertenece.

Pero más allá de cualquier cargo, más allá de cualquier aspiración, quiero que sepan que Luis de la Hoz es ese amigo al que pueden llamar a cualquier hora, ese hermano que no va a dejar que el olvido los cubra como el lodo cubrió sus casas. Porque una promesa de campaña se la lleva el viento, pero la palabra empeñada de un hombre de bien pesa más que el agua desbordada.

Córdoba mía, hoy estás de rodillas, pero te conozco bien, sé que te vas a levantar. Lo hemos hecho siempre, generación tras generación, hemos convertido el barro en abono, las lágrimas en fuerza, las pérdidas en aprendizajes. Y esta vez no será diferente. Porque tenemos algo que ni el río más crecido puede llevarse: la dignidad de nuestra gente, el calor de nuestra gente, la solidaridad de nuestra gente.

Vamos a salir adelante, unidos, hombro con hombro. Y cuando el sol vuelva a brillar sobre nuestros campos, cuando los niños vuelvan a reír sin miedo, cuando las madres vuelvan a dormir tranquilas, quiero estar ahí, con ustedes, celebrando que somos más fuertes que cualquier tormenta.

Hoy les tiendo mi mano, hoy les ofrezco mi corazón, hoy les juro que no los voy a defraudar. No es política lo que les ofrezco, es palabra de hombre, es compromiso de hermano, es amor por esta tierra que nos vio nacer.

Dios los bendiga y los guarde, Dios les de fuerzas para seguir, Dios les devuelva con creces lo que el agua injustamente les quitó.

Con el alma desnuda y el corazón en la mano,

Luis de la Hoz
Un hijo adoptivo de Córdoba que los lleva en el alma

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