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Ausencia Sentimental. El paseo que le enseñó a llorar al que está lejos

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Por Luigi Ramos

Hay canciones que uno escucha y hay canciones que lo escuchan a uno. Como si de pronto se encontrara uno de frente con su propia vida en el espejo. Ausencia Sentimental es de esas canciones. No es un paseo cualquiera: es el espejo donde se mira el alma del que está lejos. Cuando arranca el acordeón con sus primeros compases, compadre, al más duro se le aprieta el pecho y, sin saber por qué, ya tiene la mano buscando la botella.

Sírvame uno, mientras le cuento.

La historia empieza en un rincón bendito de la Serranía del Perijá llamado La Jagua del Pilar, sur de La Guajira, pueblito santo donde el 11 de enero de 1912 vio la primera luz el juglar Emiliano Zuleta Baquero, autor de La gota fría. Como si esa tierra guardara un pacto con el acordeón y con Dios, años después nació allí otro muchacho destinado a cantarle al alma del Valle: Rafael Enrique Manjarrez Mendoza, Rafa pa’ los que lo queremos. Se crió entre parrandas en El Plan, piquerías en La Jagua y serenatas en Manaure. O sea, mamó folclor desde el tetero. Aprendió a leer al mismo tiempo que aprendía a sentir, y eso, hermano mío, no se enseña en universidad ninguna.

Pero vino el tiempo de las maletas, como les llega a todos los provincianos. Rafa se fue a estudiar Derecho lejos de su tierra, y ahí, en el encierro del estudiante sin plata, la vida le puso la prueba que después se convertiría en canción. Corría abril de 1986. El Festival de la Leyenda Vallenata llamaba a los hijos del Valle con su sinfonía de acordeones, y Rafa, como tantos jóvenes, esperaba el viaje con el alma lista. Pero ese año no le alcanzó. El pasaje no apareció, y le tocó quedarse viendo partir a los compañeros que sí podían volver.

¿Usted sabe lo que es eso, compadre? Ver irse a los amigos con la maleta lista, saber que allá está el palo e’ mango esperando, que Toño Salas ya bajó del Plan, que el Guatapurí va corriendo clarito, que en la Plaza Alfonso López se están afinando los acordeones… y uno quieto, varado, con el bolsillo vacío y el alma llena de lejanía. Eso no es tristeza común: es una enfermedad que solamente cura el folclor.

Rafa, en vez de llorar pa’ dentro, agarró la rabia y la volvió poesía. Él mismo lo dejó cifrado en un verso: “encerrado, temblando, escribí una letra”. Ahí, con el corazón partío, brotaron las estrofas como si se las dictaran del cielo: “Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme / ya se van los provincianos que estudian conmigo / ayer tarde que volvieron preferí negarme / pa’ no tener que contarle a nadie mis motivos…”. Esos versos no se inventan, compadre. Esos versos se viven primero y después se escriben. Por eso duelen tanto. Por eso cuando uno los canta —así sea en una parranda en Miami o en un carro por la Autopista del Sol— le sabe el alma a Valle aunque no haya nacido allá.

Ahora venga el milagro, que sin milagro no hay leyenda. Rafa quería mandar la canción al Festival, pero no tenía cómo inscribirla, en esa época no había correo electrónico, hasta que, como mandado de Dios, su compadre Armando Morelli viajaba pa’ Valledupar y se la llevó. Las canciones grandes siempre encuentran su mensajero, como las palomas encuentran el palomar.

Llegó el día del concurso en el Teatro Cesar, y aquí la historia se pone de novela. El ‘Cachaquito’ Jiménez, su gran amigo, no se la quiso cantar. Imagínese a Rafa ahí, con la canción en la mano y sin quién le prestara la voz. Estaba sentado, sin ser capaz de cantarla en público, hasta que el compadre Armando le compró una botellita de aguardiente de las pequeñas. Se tomó media. ¡Ajá! Que alguien me explique cómo se escribe la historia del vallenato sin aguardiente, a ver. Esa media botella le bastó pa’ agarrar el valor que le faltaba. Se montó a la tarima solo, sin cantante, sin acordeón famoso, sin nada más que su voz temblorosa y su verdad, y soltó el paseo como quien vacía el alma. El pueblo, que nunca se equivoca, escuchó. Entendió. Y lloró.

Quedó favorita y ganó, entre otras honrosas como las de Rosendo Romero, Daniel Celedón e Iván Ovalle. ¡Entre esos titanes, compadre! A los veintiséis años, este muchacho guajiro con media de aguardiente en el cuerpo le quitó el trono a los dioses del Olimpo. Recibió de manos de Consuelo Araújonoguera el trofeo que lo acreditaba como ganador de la Canción Inédita. La cacica, esa mujer que parió el Festival como quien pare un hijo, supo reconocer que ese paseo no era uno más: ese paseo iba a ser el espejo del vallenato mismo.

Sírvame otro, que viene la parte más sabrosa.

Rafa soñaba con que su canción la grabaran los Hermanos Zuleta —pa’ cualquier compositor, eso era como ser bendecido por el Papa del folclor—, pero el disco no se dio. Y a veces el destino sabe mejor que uno lo que conviene. Aparecieron Silvio Brito y Orangel ‘Pangue’ Maestre, lo visitaron en diciembre de 1986 en su pueblo, donde estaba de vacaciones, y le pidieron permiso para grabar el tema. Rafa firmó, y en 1987 salió a la luz el elepé De nuevo los consentidos, Silvio Brito y Orangel Maestre, bajo el sello Codiscos. Y ahí, compadre, fue cuando la canción encontró su voz definitiva.

Porque Silvio Brito no cantó Ausencia Sentimental, la lloró. Con ese dejo de hombre que ha sufrido, con ese sentimiento que le sale del pecho como quien abre una herida vieja, Silvio le puso el traje eterno al paseo. Y el Pangue, con su acordeón de manos sabias, le puso las alas. Esa grabación salió rodando por las carreteras polvorientas del Caribe, se metió en los bares, en las cantinas, en las casas, en los carros de escalera, en las parrandas de madrugada, y ya no paró más. Rafa mismo, con la humildad del que sabe que una canción puede ser más grande que su autor, lo reconoce: “Eso estaba como predestinado pa’ que fuera Silvio Brito con el acordeón del Pangue Maestre”.

Y como las canciones grandes terminan siendo más del pueblo que del autor, Ausencia Sentimental siguió creciendo. Abril tras abril se fue metiendo en el alma colectiva del vallenato, hasta que no quedó más remedio que coronarla. En marzo de 2010, la Junta Directiva de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, presidida por Rodolfo Molina Araujo, la declaró por unanimidad himno oficial del Festival.

¿Usted entiende la vuelta, compadre? La canción que nació del muchacho que no pudo venir al Festival terminó siendo el himno del Festival. Como si el dolor de la ausencia hubiera sido el precio que pagó Rafa pa’ quedar inmortalizado en la memoria del pueblo vallenato. Como si Dios le hubiera dicho: “te quito el viaje de ese año, muchacho, pero a cambio te regalo la eternidad”. Así son las cosas del folclor. Así son las cosas del Valle.

Y mire la magia: este 2026, Ausencia Sentimental cumple cuarenta años y el paseo sigue firme, sigue fresco, sigue doliendo igualito. Porque mientras en el mundo haya un guajiro en Bogotá, un cesarense en Madrid, un magdalenense en Miami, un provinciano metido en una oficina fría pensando en el palo e’ mango, en la brisa del Guatapurí, en los amigos que están allá parrandeando mientras uno está aquí trabajando… esa canción va a tener a quién dolerle. Cada abril se repite el milagro. Cada abril alguien la canta bajito, con la voz quebrada, mirando por la ventana. Cada abril Ausencia Sentimental vuelve a nacer en el corazón de alguien que no pudo venir.

Por eso yo digo, compadre —y sírvame el último, que se me está acabando el sentimiento— que Ausencia Sentimental no es una canción: es un sacramento. La hostia que se comulga en abril, el rezo del provinciano, la confesión del desterrado, la carta que nunca se mandó pero que se canta. Es el himno del que ama su tierra, aunque esté lejos, del que sabe que uno es de donde lo lloran cuando no está.

Y mientras el Guatapurí siga bajando claro, mientras el palo e’ mango siga echando sombra en la Plaza Alfonso López, mientras haya un acordeón que sepa gemir y una voz que sepa dolerse, esta canción va a seguir viva. Porque Rafa Manjarrez, ese muchacho guajiro que una vez se quedó encerrado escribiendo, temblando, nos enseñó algo que el Valle entero ya sabía pero que nadie había dicho tan bonito: la ausencia también es una forma de amar.

Salud por eso. Salud por Rafa. Salud por Silvio. Salud por el Pangue. Y salud por todos los que esta noche, en cualquier rincón del mundo, están cantando bajito: “yo que me muero por ir y es mi deber quedarme…”.

Que el trago alcance. Que el acordeón no se calle. Y que nunca, nunca, se nos olvide volver.

Cartagena de Indias, 23 de abril de 2026.

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