
Por: Eduardo Padilla Hernández
Un cordobés indignado ante la desidia técnica
Hoy, 16 de febrero de 2026, Córdoba se despierta con el agua al cuello. Las cifras son implacables: 28 municipios en emergencia, más de 35.000 familias damnificadas y una lámina de agua que, en algunos puntos del Bajo Sinú, supera los 2 metros de altura. Enfrentamos una de las inundaciones más feroces de los últimos 60 años, comparable con la trágica creciente de 1966 que marcó a fuego la memoria de nuestros abuelos.
Mientras miles de familias ven cómo el río Sinú reclama sus hogares, arrastra sus enseres y sepulta bajo el lodo los sueños de una cosecha, surge una pregunta que quema tanto como el sol implacable del Caribe: ¿Es esto un desastre natural o el resultado de una negligencia administrativa sistemática? La respuesta, al analizar la historia de la Hidroeléctrica Urrá I y el abandono del Caño Bugre, apunta a lo segundo con la fuerza incontestable de los datos.
1. Las Promesas Rotas del «Progreso»
La construcción de Urrá I, inaugurada en el año 2000, se vendió bajo promesas que hoy, veintiséis años después, parecen una burla cruel: control total de inundaciones, soberanía energética para Colombia y distritos de riego que nos convertirían en la despensa agrícola del país. Se nos dijo que la regulación del caudal del Sinú acabaría para siempre con los desbordamientos estacionales que históricamente azotaban la región.
La realidad es tozuda y duele. Córdoba pone el río, sacrifica sus ecosistemas y soporta la carga ambiental, pero paga una de las tarifas de energía más altas del país. Según datos de la Comisión de Regulación de Energía y Gas (CREG), los cordobeses hemos pagado consistentemente entre un 15% y 20% por encima del promedio nacional durante la última década. Es una ironía dolorosa que la energía generada en Tierralta pase por encima de nuestras casas inundadas, viaje por líneas de transmisión que atraviesan nuestros potreros, para ser vendida al Sistema Interconectado Nacional, mientras nosotros sufrimos recibos impagables y, paradójicamente, nos ahogamos.
El «progreso» fue para los accionistas de Urrá S.A. E.S.P.; para el pueblo quedaron el lodo, las deudas y esta pregunta incómoda: ¿de qué sirvió represar el río si hoy, la peor inundación en seis décadas, ocurre precisamente con la represa en funcionamiento?
2. La «Trampa del Nivel» y la Gestión Fallida
La gestión del embalse durante diciembre de 2025 y enero de 2026 configura, a mi juicio, una negligencia técnica de proporciones históricas. Los informes del Ideam eran claros: la temporada de lluvias impulsada por el fenómeno de La Niña alcanzaría su pico máximo entre enero y febrero de 2026, con precipitaciones acumuladas superiores al 40% del promedio histórico en la cuenca alta del Sinú.
La ciencia hidrológica moderna permite prever estos eventos con una precisión que nuestros abuelos no tuvieron. Argumentar «sorpresa» ante este panorama es ignorar deliberadamente los modelos meteorológicos disponibles o, peor aún, subordinarlos a intereses mezquinos.
Los registros de operación del embalse son reveladores: durante todo enero, la administración de Urrá mantuvo el nivel del embalse entre los 138 y 140 metros sobre el nivel del mar, rozando peligrosamente la cota máxima de 142 metros. ¿La razón? Garantizar la rentabilidad de la generación eléctrica en un mes tradicionalmente seco. Las descargas preventivas, que habrían creado un colchón de seguridad de al menos 5 metros para recibir las lluvias de febrero, simplemente no se realizaron en la magnitud requerida.
Hoy, con el rebosadero vertiendo agua incontrolada a razón de 1.200 metros cúbicos por segundo y las turbinas apagadas para no empeorar el desastre aguas abajo, queda claro dónde estuvieron puestas las prioridades: en el negocio, no en la vida de los ribereños. El embalse, concebido técnicamente para laminar crecientes, se convirtió en un acelerador de la tragedia.
3. El Caño Bugre: Una Arteria Vital Asfixiada
El deterioro del Sinú no comenzó con las lluvias de esta semana. Es un proceso de décadas, acelerado por la convicción errónea de que un río represado ya no necesita sus válvulas de escape naturales. Y la principal válvula de escape del Sinú medio y bajo es, sin discusión, el Caño Bugre.
Este sistema hídrico, que nuestros abuelos recorrían en canoa cuando el río crecía, es una arteria fundamental de nuestra geografía. Nace en Boca de la Ceiba, jurisdicción de Montería, y recorre aproximadamente 40 kilómetros de cauce principal, abrazando los municipios de Cereté, San Pelayo y Cotorra. Pasa por puntos neurálgicos como Mateo Gómez, El Retiro de los Indios y Rabolargo, hasta desembocar finalmente en el complejo sistema lagunar del Bajo Sinú, ese vasto humedal que actúa como esponja natural de la llanura inundable.
Pero la complejidad del Bugre es mayor: al llegar al área de Caracas, en Cereté, el cauce principal se ramifica en varios brazos secundarios que rizan el territorio como las venas de una hoja. Es precisamente esta ramificación la que eleva su importancia hídrica a nivel estratégico. Cuando el Sinú aumenta su caudal, el Bugre recibe el exceso y lo distribuye pausadamente por esa red capilar, permitiendo que el agua se infiltre, se evapore lentamente y alimente los acuíferos, en lugar de desbordarse violentamente sobre centros poblados.
La desidia institucional con este sistema alcanzó su punto más crítico en 2020. El entonces Ministro de Ambiente, Carlos Eduardo Correa —monteriano, conocedor de primera mano de esta problemática—, afirmó sin rubor que «no existía una inversión estimada para el Caño Bugre» por falta de proyectos estructurados. Traduzcamos: un hijo de esta tierra, con el poder de mover los hilos del presupuesto nacional, dijo que no había plata para salvar a su gente.
Esa falta de voluntad política se traduce hoy en una burla técnica de dimensiones ciclópeas. Mientras escribo estas líneas, las obras ejecutadas en el Bugre se limitan a aproximadamente 500 metros dragados en la zona céntrica de Cereté. Quinientos metros frente a los más de 40 kilómetros que conforman el sistema principal y sus ramificaciones. Es como pretender curar una obstrucción arterial con una curita.
Peor aún: no solo no se ha dragado integralmente, sino que se han colocado tapones a la altura de Caracas, obstaculizando la división natural del agua y frenando el paso fluido hacia sus ramales secundarios. Hoy, 6 de febrero de 2026, el torrente del Bugre es agónicamente lento. Sus aguas, represadas por la incuria, buscan desesperadamente salida y ya están originando inundaciones catastróficas en Cereté y San Pelayo. El caño no necesita maquillaje para las fotos oficiales; necesita una intervención quirúrgica profunda: un dragado integral de todo su sistema, desde Boca de la Ceiba hasta su desembocadura, incluyendo la limpieza y reapertura de sus ramales naturales.
4. Una Responsabilidad Histórica sin Rostro (o con Muchos)
Sería injusto señalar solo a una administración. El Caño Bugre ha sido el «fantasma» presupuestal de todos los gobiernos. Desde las administraciones de Álvaro Uribe, que priorizaron la seguridad sobre la infraestructura hídrica; pasando por Juan Manuel Santos, que prefirió los grandes proyectos minero-energéticos; continuando con Iván Duque, cuyas «obras que son palabras» nunca llegaron al Bajo Sinú; hasta el actual gobierno de Gustavo Petro, cuyos discursos ambientalistas no han logrado traducirse en una draga operando en el Bugre.
Se ha preferido el brillo de los discursos internacionales en las COP climáticas mientras las arterias de Córdoba se infartaban de lodo. Y aquí los números son elocuentes: un estudio de la Universidad de Córdoba estimó en 2021 que el dragado integral del sistema del Caño Bugre, incluyendo sus ramales, tendría un costo aproximado de 120.000 millones de pesos. Una cifra alta, sin duda.
Pero comparemos: los subsidios de emergencia, las ayudas humanitarias, la reposición de infraestructura vial destruida, la pérdida de cosechas y la atención en salud para las 35.000 familias damnificadas —que podrían ser 50.000 cuando bajen las aguas— superarán con creces los 300.000 millones de pesos. Es mucho más caro pagar hoy la tragedia consumada que lo que habría costado prevenirla recuperando seriamente el cauce de alivio del Sinú desde su origen.
5. El Costo Humano de la Indolencia
Detrás de las estadísticas hay rostros. Está María Elena, vereda El Tronco, San Pelayo, que perdió sus quince gallinas ponedoras, su único sustento. Está Don José, corregimiento de Rabolargo, que vio cómo el agua se llevó la nevera que compró con las primas de dos cosechas de maíz. Están los niños de la escuela de Caracas, que hoy no tienen clases porque el agua les llegó a las rodillas dentro del salón.
La tragedia del Sinú no es solo hidráulica; es profundamente humana. Y duele más porque era evitable. Los modelos hidrológicos del Ideam advertían desde noviembre que el invierno sería severo. Las comunidades indígenas y campesinas, con su sabiduría ancestral, veían venir la creciente en el comportamiento de las aves y el florecimiento anticipado de los jobos. Nadie puede alegar ignorancia.
Conclusión: El Agua no Olvida su Cauce
Lo que vive Córdoba hoy no es un castigo divino ni una fatalidad del clima. Es el cobro puntual de una deuda ecológica y social que el Estado colombiano y la empresa Urrá contrajeron con nosotros hace décadas. Es la factura por convertir un río vivo en un canal de navegación al servicio de la generación eléctrica. Es el precio de ignorar la hidráulica ancestral de nuestra llanura inundable.
La solución no es sencilla ni barata, pero es perfectamente conocida: Urrá debe operar el embalse con criterios de seguridad hídrica y no de rentabilidad financiera máxima, manteniendo un colchón de al menos 5 metros durante las temporadas de lluvia. Y el gobierno nacional debe, de una vez por todas, priorizar la ejecución de un dragado integral del Caño Bugre y la recuperación de todo su sistema de ramales, no como obra de emergencia cada cuatro años, sino como política de Estado permanente.
Mientras no se haga esto, mientras la operación de la represa siga priorizando el mercado sobre la gente y mientras los políticos sigan viendo el Bugre como un problema menor, estaremos condenados a repetir esta crónica cada cierto número de años.
El agua no olvida su cauce; los políticos, al parecer, sí olvidan sus deberes. Pero nosotros, los cordobeses que hoy nos levantamos con el agua al cuello, no olvidaremos. No olvidaremos quiénes prefirieron la ganancia fácil sobre nuestra seguridad. No olvidaremos que esta inundación tenía nombre y apellido: se llama negligencia, se llama desidia, se llama indolencia.
Que esta crónica, escrita desde el dolor y la rabia, quede como testimonio para que las generaciones futuras sepan que el Sinú fue traicionado por quienes debían protegerlo. Y que el cadáver del Caño Bugre, hoy asfixiado por el lodo y el abandono, clama justicia desde el fondo de sus aguas turbulentas.










