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Las madres no tienen comparación. Su amor, solo con Dios

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Por Eduardo Padilla Hernández

No hay balanza en la tierra que pese el amor de una madre. No hay metro que mida su entrega, ni reloj que cuente sus desvelos. Intentar compararla es como querer medir el mar con un vaso: inútil y torpe.

Porque su amor no se negocia

El amor humano, casi siempre, pide algo a cambio. El de pareja exige reciprocidad. El de amigos, lealtad. El de los hijos, a veces, gratitud.
El de una madre, no. Ama cuando la ignoran, cuando la hieren, cuando el hijo se va. Ama en la abundancia y en la ruina. En la cuna y en la cárcel. Su amor no tiene cláusula de vencimiento ni letra pequeña. Es el único amor humano que se parece al gratuito.

Porque ve lo que nadie ve

Una madre mira a su hijo dormido y no ve al hombre que falló, al que perdió el empleo, al que bebió de más. Ve al niño que cargó nueve meses. Ve la promesa, no la caída.
Esa mirada no es ingenua: es profética. Mientras el mundo condena, ella redime. Mientras todos se van, ella se queda. Por eso duele tanto su ausencia: con ella se va la única persona que nos miraba sin juicio.

Porque su dolor no tiene nombre

El hombre más valiente tiembla ante el dolor físico. La madre lo abraza si es por su hijo. Parir es desgarrarse para dar vida. Criar es morir cada día un poco para que otro viva entero.
Y cuando el hijo muere, la madre no muere: queda en vida, que es peor. Porque la naturaleza dice que los hijos entierren a los padres, no al revés. Ese dolor no está en ningún libro. Solo Dios lo entiende.

Por eso, solo con Dios se compara

Decimos “como el amor de Dios” porque no hallamos otra medida. Dios, dicen, perdona todo. La madre también. Dios, dicen, está en todas partes. La madre quisiera. Dios, dicen, da sin pedir. La madre, igual.
No es blasfemia: es reconocer que en el corazón de una madre Dios puso un pedazo del suyo para que supiéramos, en carne, qué es amar sin condiciones.

Hoy que todo se tasa, se vende y se olvida, la madre sigue siendo el último bastión de lo sagrado. No se jubila, no cobra, no se cansa. Cuando el mundo te cierra la puerta, su regazo sigue abierto. Por eso no tienen comparación.

Por eso, cuando se nos va una madre, no perdemos un familiar: perdemos el ensayo que Dios hizo en la tierra de cómo se ama en el cielo.

Feliz día a las que están. Eterna gratitud a las que se fueron.

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