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Más allá de la Izquierda, del Centro y la Derecha

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Por Sixto González

Una de las mayores confusiones del análisis político reciente en Colombia es insistir en que las elecciones se deciden por alineamientos ideológicos. La realidad es mucho más simple y, al mismo tiempo, cada día resulta más incómoda para la clase dirigente de todos los espectros: izquierda, derecha e incluso el centro político, que durante décadas ha formado parte del mismo engranaje, incapaz de resolver los problemas básicos de la ciudadanía. Una parte decisiva del electorado no vota por ideologías, sino contra quienes percibe responsables del deterioro institucional, económico y moral del país, reflejado en la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

El triunfo de Gustavo Petro en 2022 respondió en gran medida a ese estado de ánimo. No fue el resultado de una conversión masiva del país a la izquierda, sino la expresión de un hartazgo acumulado frente a una clase política cerrada, autorreferente y distante del país real. Fue, en esencia, un voto castigo, muy lejos de cualquier motivación doctrinaria.

Ese mismo hartazgo explica otro fenómeno estructural de la política colombiana: el abstencionismo. Millones de ciudadanos han dejado de votar no por indiferencia, sino por escepticismo. No creen que su voto cambie algo, no se sienten representados por ninguna opción y perciben el sistema político como un juego cerrado en el que participan todos los actores tradicionales, incluido el centro político. La apatía electoral, en ese sentido, no es pasividad, sino una forma silenciosa de rechazo.

Este dato es clave hoy, porque el abstencionismo no es un bloque inmóvil. Cuando surge una figura percibida como una ruptura real con todo el establecimiento, parte de ese electorado históricamente ausente puede reactivarse. No por ideología, sino por identificación emocional y por la sensación de que, esta vez, votar sí puede alterar el curso habitual de la política.

En ese contexto debe entenderse el crecimiento de figuras como Abelardo de la Espriella. Su respaldo no se explica por una etiqueta ideológica específica, sino por la percepción de que encarna una alternativa externa al sistema tradicional, que incluye a izquierda, derecha y centro. Para muchos ciudadanos, representa una voz que no proviene de los partidos de siempre ni de las élites que han administrado el poder durante décadas, sino una opción que desafía de manera frontal el orden establecido.

Por eso resulta un error estratégico reducir este fenómeno a una disputa entre derechas o a una reacción ideológica puntual. Tampoco se comprende atacándolo desde lo moral o lo personal, pues ese tipo de embates suele reforzar, y no debilitar, la narrativa de outsider que conecta con el votante inconforme y con el abstencionista desencantado.

Colombia atraviesa un cansancio social profundo, expresado tanto en el voto castigo como en la abstención persistente. Frente a este fenómeno, las élites políticas tienen poco margen de acción. La descalificación, el cerco mediático o los ataques personales no revierten una inconformidad social acumulada durante años. Las encuestas ya comienzan a reflejarlo: el voto castigo, sumado a la posible movilización de sectores tradicionalmente abstencionistas, ha encontrado un nuevo vehículo político y todo indica que será determinante en el desenlace electoral de 2026.

 

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