Serie XVIII – ¡Los hijos de El Libertador!

Compártelo:

Agrego al breve, liviano esbozo sobre el afrentoso, libertino, mancillado, menguado origen de la adulada, marchita, trivial, vapuleada élite política colombiana que, mientras el glorioso Ejército Libertador combatía y derrotaba en julio de 1819, al Ejército Realista, en el Pantano de Vargas, batalla que culminó el 7 de agosto, en el puente de Boyacá, victoria que selló definitivamente la independencia de la Nueva Granada, gracias a los sacrificados, glorificados, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander -máximos héroes-, quienes terminaron en domésticas, enardecidas disputas personales de alcoba, avivadas, provocadas por las guapas, apuestas, coquetas  hermanas Ibáñez, Nicolasa y Bernardina.

Campaña libertadora opacada por humanos, mundanos celos, disensiones, cocinadas al calor de las ardorosas, febriles fufurufas en comento, cuya  apellidada, intocable, orgullosa descendencia, es la misma prostituida clase gobernante que ha imperado, manejado, manipulado en forma ininterrumpida -a su voluntad- al país; familias y apellidos relacionados en la columna anterior, que han copado, dominado, protagonizado el suceder, acontecer público, político, convertido en un afrentoso, deplorable, ignominioso muladar, que nada tiene que envidiarle a los garitos donde florece las trampas, el doble juego, las cartas marcadas, las bajas formas, donde gobierna el juego sucio.

Nicolasa, prometida del español, Antonio Caro, preso en Mompox, interesadamente liberado por Bolívar, producto de los insinuantes, irresistibles arrumacos, galanteos, requiebros y ruegos de la hermosa mujer, quien además de redimirlo, apadrinó el matrimonio, efectuado el 16 de marzo de 1883. Redentor (Bolívar) que de niña, junto a la bella e inteligente, Bernardina, conoció en Ocaña, cuando hicieron parte del cortejo de agraciadas, jóvenes, sublimes beldades que lo recibieron con guirnaldas, cuando triunfante entró con su ejército, el 9 de enero de 1813, tras la exitosa campaña del bajo Magdalena, alojándose en casa del matrimonio, Ibáñez Arias. Cuentan los biógrafos que Bolívar, desde entonces quedó prendado, embelesado, estupefacto con la temprana belleza del par de capullos en flor, especialmente de Bernardina.

Bolívar y Santander, rivales políticos y amorosos.

Tiempo después, Santander, en 1815, estaba al mando de las fuerzas independentistas en Cúcuta, de paso por Ocaña, en que realizaba una revista a sus tropas allí acantonadas, conoció a las distinguidas, elegantes, hermosas doncellas, centro social forzoso, imprescindible, para cualquier presuntuoso visitante de postín, que por allí pasara, visita que encendió, iluminó, excitó el amor a primera vista del Santander, correspondido por Nicolasa, al momento, que ni corta ni perezosa, retribuyó el asedio.

Este el perfil del pimpollo de marras: “Exuberante mujer, alta, de hermosa contextura, abundante, lacia cabellera negra y unos ojazos, color negro profundo que ‘desnudaban el alma’”. Este el retrato de Santander -elaborado por su secretario y colaborador, José Manuel Restrepo-: “Alto, un poco grueso, blanco y de una fisonomía varonil. Su genio era áspero como de un militar que ha pasado gran parte de su vida mandando soldados, pero en sus últimos años había mejorado mucho”.

Bolívar encontró luego a Bernardina en Bogotá, como parte del corriente, habitual, tradicional acto de recibimiento y coronación, esta vez después de la batalla de Boyacá -agosto de 1819-, declarándose pronta, locamente enamorado, nuestro galán, titán, picaflor compulsivo, ídolo, tenido y tratado como un semidiós, un superhombre, cuya atrayente y posesiva figura no había  dama que no cayera rendida a sus pies, quien galán que, víctima de su propio invento, fue él quien se desplomó ante esta atractiva, encantadora mujer, “de ojos almendrados, elegante y fina estampa”, asegurándose que al instante se dispuso a proponerle matrimonio, propuesta rechazada por la indócil, reacia, renuente damisela, quien andaba perdidamente flechada, derretida, encelada, trastornada, por Ambrosio Plaza, ignorando, despreciativa, sus mimosos galanteos, sus lisonjas que golpearon, irreparablemente su ego.

El frustrado caraqueño, se transó -en subsidio- por calmar la tusa, seduciendo a la ambiciosa, insaciable Nicolasa, con quien pronto estuvo calentando sábanas, que compartía, alternativamente la muy culipronta, con Francisco de Paula Santander, aprensivos motivos, razones, génesis -se asegura-, de los constantes desencuentros entre ambas sempiternas glorias.

Mientras su cornudo marido -Antonio-, atendía deberes y encargos oficiales por fuera de la ciudad, Santander, solícito -se decía- se encargaba, devotamente, de consolar y llenar el vacío de su marido, a Nicolasa, brindándole ávido cobijo, a despecho del hijo, José Eusebio Caro, que en silencio soportaba las burlas y hablillas sobre su afrentado, burlado, ultrajado, vejado progenitor, lo que era vox populi.

Habladurías de las que se refiere que Santander llegó a reprochar, agria, fuertemente al cartagenero, Ignacio Muñoz, en los siguientes términos: “… he sabido que has hablado algunas cosillas de mí y de las señoritas Ibáñez, cosa muy indigna de quien se dice amigo, y que, a decir verdad, yo no merezco”.

Conocidísimo fue el picante, real hecho de que alguna vez Santander -el tinieblo amante-, el 30 de abril de 1835 encontró, sorpresivamente, al vicepresidente, José Ignacio Márquez, cortejando en su casa a la ‘querida’ Nicolasa; preso de los celos, de la ira, incontrolable, alzo en vilo al manualito intruso chiquitín -que lo era-, pretendiendo lanzar por la ventana, siendo detenido por la disputada dueña de casa. Erótico episodio del que se asegura, nacieron los partidos Liberal y Conservador. Nada extraño.

Santander cuarentón, se casó finalmente con una dama de la alcurnia santafereña. En su testamento no olvidó a su “Adorada Nico”. En la cláusula 21 del protocolo consignó: “Declaro que el difunto Antonio Caro me adeudaba a su muerte cerca de ocho mil pesos, procedentes de siete mil pesos que le presté en dinero para pagar sus deudas en esta tesorería de Bogotá. Los documentos estaban en poder de la señora viuda Nicolasa Ibáñez. Mando que no se cobre esta cantidad, pues debo ‘especiales’ favores a esta señora durante mis persecuciones en el año de 1828. Lo declaro solemnemente para que se vea que no he sido avaro”.

Al respecto: la lúcida, palpitante, pródiga pluma, la envidiable cultura literaria, histórica y humanística del agudo, cáustico, irónico, mordaz, Hernando Salazar Patiño, ‘ático’, imaginativo, notable, talentoso escritor, autorizado crítico literario, cuya fina prosa deleita y le fluye caudalosamente, ensayista con inimitable estilo -irreverente a veces-, me hizo llegar -lo que agradezco-, el siguiente honroso, aporte ilustrativo, a la rústica serie barruntada por este modesto, provinciano escriba, que complacido transcribo:

“Mamasús y Salustiana Patiño, muy tías mías, ocañeras de la patota de las Ibáñez, fueron las que organizaron el desfile le dieron la bienvenida y la coronación de laurel, el desfile por la ciudad de Ocaña, para Bolívar. Todas embelesadas con él, desde en 1813, pero no creo que haya tenido tiempo para todas, y además, el hermano o sobrino cura -que fue candidato al congreso- las debió controlar. No he podido conocer el segundo apellido. Debian ser rubias o alguna. Próspero, el tatara, Agustín Patiño, el bisabuelo (cerquita), llegó el 8 de marzo de 1850 a Manizales, casado con la sobrina de quien va a ser el primer Obispo de Medellín, Valerio Antonio Jiménez, y fue el primer secretario del primer cabildo de la nueva ciudad recién fundada. Más culto que los alpargatudos, y con bella caligrafía”.

Bogotá, D.C., 27 de octubre de 2021

http://articulosmarioariasgomez.blogspot.com.co/30

Compártelo:
Imagen por defecto
mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


Deja un comentario