Por Bernardo Henao Jaramillo
Columnista de Opinión
El 4 de febrero de 1992 Hugo Chávez lideró un intento de golpe de Estado al presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, el cual falló. Chávez fue a parar a la cárcel. Nadie imaginó entonces que pasaría tan sólo dos años allí. Rafael Caldera, quien lo creyera, cometió la torpeza de darle un sobreseimiento con la condición de que se diera de baja, lo que hizo y evitó el juicio por insurrección. Esta cuestionable decisión, de la que se arrepintió por completo Caldera, sembró la semilla de la desgracia del vecino país.
Si bien a Chávez no fue indultado porque no había sido juzgado, se le permitió participar en política, y con su mensaje antisistema convenció al pueblo venezolano y logró hacerse con el poder por la vía electoral en 1998. Así empezaron el atornillamiento en el poder, la destrucción y el empobrecimiento de Venezuela. Esa era la verdadera finalidad del recién creado movimiento bolivariano.
Pero el golpista no sabía que el Creador pondría temprano fin a su existencia terrenal. Contrajo un cáncer del que no pudo recuperarse y falleció, al parecer, el 5 de marzo de 2013. Maduro asumió entonces como presidente encargado hasta la celebración de elecciones. Según las normas vigentes para ese momento el sucesor de Chávez debió ser Diosdado Cabello. Era presidente de la Asamblea Nacional.
En las elecciones del 14 de abril de 2013 fue elegido Maduro y continuó la era de destrucción, la que está ya cercana a su fin. Con su estrategia consiguió amarrarse en la administración y que el oficialismo tomara control del Tribunal Supremo de Justicia, el Poder electoral y la llamada Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
En mayo de 2018 fue reelegido para un período de 6 años. La oposición fue atacada, encarcelada, obligada a exiliarse, perseguida, y no hubo observación internacional. Maduro no fue reconocido por la mayor parte de los países demócratas.
Fiel a su militancia de izquierda radical, se enlazó al poder provocando una migración masiva de más de siete millones de venezolanos que se encuentran hoy en diferentes países. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos en el 2020 lo señaló de ser narcotraficante y ofreció una recompensa de 15 millones de dólares, hoy elevada a 50 millones de dólares, más alta que la del terrorista Bin Laden.
Su administración ha sido menos que pésima. Hizo de la rica Venezuela una nación extremadamente pobre. Se han producido más de 50000 violaciones a los derechos humanos y más de 10000 ejecuciones extrajudiciales. Los países democráticos del mundo y los organismos internacionales han sido pasivos, tolerantes, frente a los desmanes del dictador. En el futuro deberán ser más críticos y mucho más activos frente a este tipo de hechos para evitar males mayores.
Su gestión, pese a las gigantescas marchas de la oposición, terminó en el más absoluto totalitarismo. Una mujer, María Corina Machado, con valor y determinación, lo enfrentó. Logró reunir a la oposición en el partido Vente Venezuela. En las pasadas elecciones no le permitieron participar por lo que el candidato fue Edmundo González Urrutia, ganador por amplísimo margen como se demostró mediante las actas de votación. Pero el tirano hizo caso omiso de ellas y se declaró vencedor contra todas las evidencias, por lo que sólo una minoría de gobernantes, de tendencias políticas similares, le creyó.
Hoy, la resistencia interna se une con la presión internacional. Estados Unidos ha dejado en claro que no solo persigue al dictador por sus violaciones a los derechos humanos, sino que va tras la estructura criminal que lo sostiene: el Cartel de los Soles, del cual Maduro es señalado como jefe máximo. El Departamento de Justicia y las agencias de seguridad estadounidenses han elevado la recompensa por su captura y han intensificado los operativos para desmontar la red de narcotráfico que involucra a generales, ministros y funcionarios de su entorno más cercano.
El mensaje es inequívoco: la permanencia de Maduro en el poder no depende ya de su aparato represivo ni de la complicidad de sus aliados internacionales, sino del tiempo que tarde la justicia en atraparlo. La determinación de Estados Unidos de llevarlo ante los tribunales por narcotráfico y crimen organizado marca el principio de su final.
En las noticias internacionales se puede apreciar como la potencia del Norte ha movilizado una gran flota que cuenta con un “crucero de misiles guiados USS Lake Erie y el submarino nuclear USS Newport News, que se sumarán al escuadrón anfibio integrado por el USS San Antonio, el USS Iwo Jima y el USS Fort Lauderdale, con 4.500 efectivos a bordo, incluidos 2.200 infantes de marina. Paralelamente, tres destructores de la clase Arleigh Burke, USS Gravely, USS Jason Dunham y USS Sampson, se encuentran en la zona con capacidades de defensa aérea y marítima.”
El despliegue militar frente a Venezuela es indicativo de la firmeza en la estrategia adoptada por Estados Unidos para combatir los carteles y se puede anticipar que más temprano que tarde Maduro y su cúpula corrupta caerán. Pueden ser extraídos o dados de baja si llegasen a oponer resistencia.
Se han conocido reacciones fuertes de defensores del régimen y una poderosa campaña del mismo tendiente a demostrar que el cartel de los soles no existe. ¿Será que existe una real oportunidad de caída del régimen totalitario de Maduro? Hay mucho en juego, también para el país del Norte que debe lograr la paz en su «patio trasero».