La dictadura de lo “izquierdosamente” correcto

Daniel Coronell y Margarita Rosa de Francisco, personajes a los que la Izquierda sigue.

 

Por El Republicano.

El origen del término “políticamente correcto” se remonta a la década de los 30, cuando al interior de los círculos de izquierda leninista estadounidense se discutía qué tan fiel se era a las directrices del partido: entre más estrictamente cumplieras los designios de los líderes del partido, más políticamente correcto serías. Con el tiempo, el término se convertiría en una forma de burla de los mismos militantes a sus compañeros más fanáticos, aquellos que seguían a pies juntillas toda directriz del movimiento político.

La expresión evolucionó y traspasó las fronteras de los círculos de izquierda. Ahora actúa como una imposición, especialmente en el lenguaje, un ente punitivo que castiga según la sensibilidad de las generaciones actuales. Ahora ya no se puede decir “negro” a alguien para no ofenderlo. En su lugar deberá decirse afroamericano.

El espiral de corrección política creció, impulsado principalmente desde la academia, y ha llevado al punto de que la Universidad de New Hampshire produjera el Diccionario Bias-Free Language, es decir, lenguaje libre de prejuicios, allí le indicarán al lector qué término emplear para no ofender a los sensibles. En lugar de decir “gordo”, deberá decir “persona de talla”, por ejemplo. O en lugar de decir “rico”, deberá decir “persona de riqueza material”. Más allá del diccionario, algunas de las sugerencias más ridículas de los intelectuales de la corrección han planteado cambiar el pronombre “todos” por “todes” o “todxs”.

Pero la corrección política moderna no va solo sobre el lenguaje, también remite al modo de actuar, un concepto que poco a poco y que a base de legislación se va incrustando en la sociedad y que se está convirtiendo en un sistema punitivo de la subjetividad.

En Colombia en particular se ha establecido de un tiempo para acá lo que podríamos llamar lo “izquierdosamente correcto”. Si alguien en la opinión pública osa expresar una opinión contraria a lo que la izquierda considera correcto, correrá la inevitable suerte de ser vilipendiado. Peor aún, si usted se muestra afín (e incluso no contrario) a cierto personaje de la vida pública que incomode a la izquierda, usted será un indigno y habrá licencia para que sea atacado por una jauría de fanáticos.

Es ese el caso que ha sufrido el actor Jorge Cárdenas, a quien la periodista Salud Hernández invitó como panelista a su programa, para debatir sobre el acoso en redes sociales. Aquí el tema no era que un actor pudiera dar su opinión, sino el hecho de que Cárdenas fuera un actor que va contra la corriente “progre” establecida.

Eso fue motivo suficiente para que una multitud de exaltados atacaran y descalificaran a Cárdenas, llegando a inventar que sería analista político de planta de Revista Semana, algo que aún hoy siguen repitiendo, a pesar de que la misma periodista y el medio de comunicación han desmentido tal invención. Curioso que cuando el periódico El Tiempo designó una columna de opinión a la actriz Margarita Rosa de Francisco (por poner un ejemplo), jamás se armó el revuelo y acoso al que sometieron a Cárdenas durante días.

Algo similar le pasó al periodista Luis Carlos Vélez recientemente, cuando un colega suyo de La Silla Vacía publicó un video sacando de contexto las declaraciones de Vélez alrededor de las elecciones en Estados Unidos. Inmediatamente una gran cantidad de usuarios de las redes sociales le cayeron a Vélez, incluyendo periodistas y activistas. La única razón: Vélez no se ha mostrado complaciente en el pasado con Gustavo Petro, el líder de dichos fanáticos.

Vicky Dávila tampoco escapó a la lapidación pública, esta vez por cuenta del simple hecho de ser elegida como la nueva directora editorial de Publicaciones Semana. Como si de una plaga se tratara, una decena de empleados de la revista renunciaron cuando se enteraron que sería Dávila la nueva capitán del barco, seguramente buscando presionar para que sacaran a Dávila, no les funcionó la pataleta y Vicky les ganó la partida.

A Vicky no es que no la quisieran por “amarillista y sensacionalista”, como argumentaron varios de los disidentes de Semana, a Vicky no la querían porque fue la única periodista que se atrevió a ir en contracorriente de la narrativa establecida por Daniel Coronell y dejar retratado el entramado mediático para condenar al Presidente Uribe anticipadamente.

Los anteriores son solo tres de los casos más sonados en los últimos días, pero cada semana es uno tras otro el personaje público o el ciudadano común que se ve estigmatizado y atacado por el simple hecho de ir contra ese bloque inamovible de opinión que nos quieren imponer. El fenómeno no es nuevo, pero sin duda alguna ha venido arreciando en los últimos años, desde que Juan Manuel Santos comenzara a decir que quien estuviera en contra de su acuerdo con las Farc, debería ser considerado un “enemigo de la paz”. Lo que inicialmente pudo ser una estrategia sucia más de Santos, terminó incrustándose como una herramienta para silenciar a quien incomoda al establishment progre.

Basta ya con los inquisidores de lo izquierdosamente correcto, no permitamos que el radicalismo de los biempensantes acabe con la pluralidad y diversidad de ideas y de discurso. Rompamos de una vez esta cadena de mordazas.

Decimos lo que otros callan
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