Un mito histórico

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Rodrigo Zalabata Vega

Por RODRIGO ZALABATA VEGA

E–mail rodrigozalabata@gmail.com

Ya pensado en un plano académico, considero, salvo mejor opinión de tantos versados intelectuales que me han honrado con su amistad, que la expresión “mito histórico” adolece de un contrasentido semántico y filosófico, y explicaré por qué.

Lo ‘histórico’, como adjetivo, califica aquellos hechos ciertos, y trascendentes de su mera ocurrencia en la realidad, cuya relevancia deriva de haber determinado el curso de la misma historia a la cual pertenecen; evocativos para la memoria y dignos de ser recordados.

Pueden existir historias que no hayan ocurrido en la realidad, como aquellas que cuenta la literatura; pero no puede ocurrir un hecho sin que exista en la realidad; es un contrasentido filosófico (salvo que aceptemos pisar en la realidad los terrenos de la metafísica); por ser el hecho lo que da cuenta del paso del hombre sobre la tierra, cuyo suceso es lo que data la historia como testimonio de la memoria colectiva.

Por eso el idioma inglés, más técnico y menos emocional que el nuestro, distingue entre ‘history’ y ‘story’; la primera narra los hechos de cada época y lugar de la realidad compartida de la humanidad; la segunda relata los momentos que tienen ocurrencia en la imaginación literaria, que puede narrar hechos reales o sublimados.

El mito, por su parte, son narraciones fantásticas de la imaginación de los pueblos, que tratan de explicarse de manera provisoria aquellos fenómenos de la naturaleza, o del alma que los habita, que no tienen una respuesta definitiva. Un ejemplo son los mitos creacionistas presentes en todas las culturas, que prueban explicar el origen del ser o la existencia, y que en muchos casos son instrumentalizados por la religión, atribuyéndoles un poder en la realidad. Otros mitos son los que se sumergen en las honduras del alma humana, para hacer reflejar sus inexplicables contradicciones, como “El Rey Midas”, que trata la ambición del hombre a costa de su ser.

Pero la característica esencial del mito es que se separa de la realidad, de la cual nace, para explicarse a sí misma de manera metafísica.

Luego no podría hablarse de un “mito histórico”, porque lo estaríamos cosificando como un simple hecho de la historia, entonces dejaría de ser mito.

Y si además negamos que haya existido entonces dejaría de ser historia, y así mismo un mito, porque no tendría qué explicar. Es decir, se contradice e invalida en su propia expresión.

Ahora bien, la gravedad de la masacre de las bananeras está en el hecho que haya ocurrido, no en el conteo de sus muertos. Lo importante es reconocer, y no desconocer, que ocurrió, y no levantar su realidad de la historia para convertirla en un “mito histórico”, cuya mala expresión lo que encubre es la idea de “mentira histórica”.

Si fueron 100 (cifras redondas), como dijeron las fuentes oficiales; 1.000 (cifras redondas) o más, según los testimonios recogidos por Jorge Eliécer Gaitán; o los 3.000 que nos narra el fabulista Gabo, quien por el contrario nos advertía que en Colombia la realidad supera la ficción (los muertos que cuentan desde entonces le dan razón); hoy día es lo menos importante, para la historia sucedida en Colombia son todas pequeñas cifras.

En el futuro cercano también se dirá que fueron 100, 1.000 o 3.000, y no los 6.000 casos de jóvenes muertos por falsos positivos en el gobierno del presidente Uribe, por alguien que sin saber de mito ni de historia afirmará que fue un “mito histórico”, contado por comunistas de Colombia que en aquel tiempo se hacían llamar castro–chavistas.

 

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