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El abogado que aprendió a esperar

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Por Eduardo Padilla Hernández, profesor de derecho ambiental

En un pueblo donde el calor derretía los relojes y la lluvia llegaba tarde, nació un niño que no tenía juguetes pero tenía preguntas. Mientras los otros soñaban con carros, él soñaba con entender por qué al débil siempre le cerraban la puerta.

Su madre lavaba ropa ajena y él, sentado en el borde del lavadero, copiaba palabras raras que oía en la radio: «justicia», «derecho», «condenar». Las escribía en una libreta de hojas cuadriculadas que guardaba como quien guarda un tesoro. No tenía plata para libros, pero tenía memoria para todo lo que le enseñara a defender.

La gente del pueblo decía: «Ese muchacho es muy callado. Muy humilde. No llega lejos». Y se equivocaban. Porque la humildad no es debilidad. La humildad es raíz. Y las raíces, aunque nadie las vea, son las que sostienen el árbol cuando llega el viento.

Pasaron los años como pasan las cosechas: unos buenos, otros malos. El niño se hizo joven, el joven se hizo estudiante, el estudiante se hizo abogado. No en un día, ni con suerte. Sino expediente, noche por noche, derrota por derrota. Aprendió que ganar no es gritar más fuerte en la audiencia. Ganar es tener la razón escrita y la paciencia para esperar que el papel hable.

Muchos le dijeron: «Contra el poder no se puede. Contra el tiempo no se gana. Contra el olvido no hay demanda». Él asentía, bajito, y seguía leyendo. Porque sabía algo que los soberbios ignoran: el que no olvida de dónde viene, siempre sabe hacia dónde va.

Y llegó el día. Un día sin trompetas. El día en que la toga le quedó justa, no porque la comprara, sino porque la ganó. El día en que entendió que el éxito de hoy era apenas el recibo de lo que sembró en el pasado: horas de estudio, puertas cerradas, dignidad intacta.

Hoy ese ciudadano humilde es gran abogado. No por los casos que gana, sino por cómo los gana. Entra a las salas con la ley en la mano izquierda y la humildad en la derecha. No humilla al que pierde, porque recuerda cuando él perdió. No celebra de más al ganar, porque sabe que mañana puede tocar perder.

Lo que el pueblo le enseñó y él nunca olvidó:
Que las corbatas se ensucian, pero la dignidad no.
Que los títulos se guardan en un marco, pero el origen se guarda en el pecho.
Que defender el ambiente, la gente o la justicia es lo mismo: es defender lo que no tiene voz.

Por eso, cuando le preguntan el secreto, él sonríe, bajito, como cuando era niño en el lavadero, y responde:

«Lo primero siempre es la humildad. Lo segundo, estudiar. Lo tercero, no olvidar que un día no tuve nada… y eso me enseñó a valorar todo».

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