Por Eduardo Padilla H.
Cuando el río Sinú retoma su cauce y el sol vuelve a brillar sobre la «Perla del Sinú», los cordobeses respiran aliviados. Las aguas se han ido. Pero, ¿realmente se han ido? En una tierra marcada por el latido ancestral del río más caudaloso de la costa Caribe, y por una red de arroyos y caños que serpentean la geografía departamental, la inundación no termina cuando baja el nivel del agua. Empieza una nueva y más insidiosa batalla: la que se libra contra el lodo contaminado, los vectores biológicos y un ecosistema herido de muerte. Hablo de las consecuencias ambientales y de salubridad que, en Córdoba, no son una excepción, sino un ciclo recurrente que evidencia nuestras profundas deudas con el territorio.
Cartografía del Desastre: Los Caños que se Vuelven Amenaza
Para entender la magnitud del problema en Montería, hay que nombrar a los protagonistas: los arroyos y caños que, en invierno, dejan de ser paisaje para convertirse en avenidas de lodo y contaminación. Hablamos del Caño Viejo, el Arroyo Bijao, el Arroyo La Castellana, el Buena Vista, y tantos otros que actúan como el sistema linfático de la ciudad. Durante décadas, estos cuerpos de agua han sido sometidos a una presión urbanística feroz.
Hoy, sus rondas hídricas están invadidas por viviendas precarias en barrios como Cantaclaro, El Privilegio, Villa Jimado o el sector de Mocarí. Cuando la lluvia arrecia, estos caños recogen no solo el caudal natural, sino también toneladas de basura, escombros y, lo más grave, las aguas negras de desbordes cloacales. El resultado palpable es una sopa tóxica que inunda patios, casas y calles.
Pero vayamos más allá de Montería. En el departamento, municipios como Lorica, Cotorra, Purísima y Momil, en la cuenca baja del Sinú, viven una realidad agravada por la topografía. Estas poblaciones, asentadas en zonas de ciénagas y humedales, dependen del sistema de diques y jarillones para contener al río. Sin embargo, el dato científico y palpable es que estos diques, muchos construidos con técnicas y materiales inadecuados hace décadas, operan al límite de su capacidad. Un estudio hidrológico básico demostraría que el represamiento artificial del agua, sumado a la sedimentación acelerada de la ciénaga Grande de Lorica (que ha perdido profundidad por la deforestación de la cuenca alta), convierte cualquier creciente moderada en una catástrofe.

El Vuelco Químico y Biológico de Nuestras Ciénagas
La primera gran consecuencia de estas inundaciones es un desastre ecológico de nombre complejo pero efectos visibles: la hipoxia y la mortandad masiva de peces.
Cuando el agua arrasa con potreros y zonas agrícolas en la cuenca media (pensemos en los cultivos de arroz y algodón del Valle del Sinú), arrastra consigo una carga pesada de agroquímicos: fertilizantes ricos en fósforo y nitrógeno, y plaguicidas de alta toxicidad. Este coctel llega a las ciénagas. El exceso de nutrientes (eutrofización) provoca una explosión de algas y plantas acuáticas como el buchón y la tarulla, que al morir y descomponerse, consumen todo el oxígeno disponible en el agua.
Para el pescador de Ciénaga de Oro o de San Bernardo del Viento, esto no es teoría. Es ver cómo el sustento de su familia flota panza arriba días después de la inundación. Es la pérdida de especies clave como el bocachico, la dorada y el moncholo, que no pueden sobrevivir en aguas con bajo nivel de oxígeno. La ciencia pesquera lo advierte: una mortandad masiva de esta magnitud tarda años en recuperarse, condenando a comunidades enteras a la pobreza y la inseguridad alimentaria.
Además, el agua represada detrás de los diques y jarillones se estanca. Este «encharque» prolongado altera la química del suelo, volviéndolo más ácido y salino (salinización secundaria). Lo que antes era una fértil vega para la agricultura familiar, tras una inundación prolongada, puede tardar temporadas en volver a producir, si es que lo hace.
Salubridad en Córdoba: La Epidemia que Acecha en el Agua Sucia
Si el ecosistema sufre, la salud pública de los cordobeses está en jaque. La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica los desastres por inundación como detonantes de emergencias sanitarias complejas, y Córdoba cumple con todos los factores de riesgo.
El dato más alarmante es el de la Leptospirosis. Esta bacteria se encuentra en la orina de ratas y otros roedores, animales cuya población explota en los basureros informales que flotan y se desbordan durante la inundación. El Ministerio de Salud y las autoridades departamentales han documentado, en años de fuertes lluvias como 2011 y 2020, un repunte significativo de casos. Los barrios periféricos de Montería, como los del Sur de la ciudad o las orillas de la Ciénaga de Betancí, son los más vulnerables. Hombres, mujeres y niños que caminan descalzos por el agua contaminada para salvar sus pocas pertenencias, o que limpian el lodo sin guantes, están introduciendo la bacteria en su torrente sanguíneo a través de pequeñas heridas o mucosas. La fiebre, el dolor de cabeza y los vómitos que presentan días después suelen ser mal diagnosticados como «gripales», perdiendo un tiempo precioso para el tratamiento.
Pero la amenaza no termina ahí. En una tierra cálida y húmeda como la nuestra, el agua estancada es sinónimo de criaderos de mosquitos. El Aedes aegypti, transmisor del dengue, encuentra en cada recipiente abandonado, en cada llanta que el agua arrastró y dejó en un solar baldío, el hábitat perfecto para reproducirse. Las epidemias de dengue en Córdoba suelen tener su pico seis u ocho semanas después del pico de lluvias. No es casualidad: es causalidad científica.
Y no podemos olvidar el riesgo de Enfermedades Diarreicas Agudas (EDA) , particularmente mortales en niños menores de cinco años. Cuando los acueductos veredales y los pozos artesanales se contaminan por la filtración de agua mezclada con heces y desechos, el acceso a agua potable se convierte en una lotería. En comunidades indígenas como las de la etnia Zenú, asentadas en resguardos de San Andrés de Sotavento o Tuchín, donde las fuentes de agua son precarias, una inundación puede diezmar a la población infantil en cuestión días.

Una Cultura de Prevención en Tierra de Agua
Córdoba debe dejar de actuar como una sociedad que se sorprende por las inundaciones. Estamos en una de las cuencas más hídricas del país. La ciencia y la palpable realidad nos dan las claves para actuar:
1. Recuperar las Rondas Hídricas como Ley de Vida: No se trata de desalojar por desalojar. Se trata de entender que el Caño Bugre o el Arroyo La Culebra necesitan su espacio. Cualquier estudio de la CVS (Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge) demostrará que la ocupación del cauce es la principal causa de las inundaciones urbanas. Hay que planificar reubicaciones dignas y recuperar estos corredores ecológicos como pulmones verdes, no como basureros.
2. Dragados con Ciencia, no con Política: Sacar arena del río Sinú no es malo en sí mismo, pero debe hacerse con criterios hidráulicos y ambientales, no para llenarle los bolsillos a contratistas inescrupulosos. Es necesario dragar los puntos críticos de las ciénagas para devolverles su capacidad de almacenar agua y amortiguar las crecientes.
3. Vigilancia Epidemiológica Activa Post-Desastre: La Secretaría de Salud Departamental y las municipales deben activar un protocolo inmediato en cuanto bajan las aguas: distribución masiva de repelentes, vacunación contra la hepatitis A y el tétanos en albergues temporales, y campañas de monitoreo de síntomas de leptospirosis y EDA en los barrios y corregimientos afectados.
4. Educación Ambiental Real: El problema de los arroyos no es solo del gobierno; es de todos. La cultura del «no botar basura» debe ser tan fuerte como la cultura del porro o la música sabanera. El residuo que tiras a la calle en Montería termina en el Caño Viejo, y de ahí, taponando un drenaje en época de lluvia.
La inundación en Córdoba es un espejo de nuestras contradicciones: un territorio bendecido por el agua que sufre por no saber convivir con ella. Cuando las próximas lluvias lleguen, y lo harán, recordemos que la verdadera tragedia no está en el cielo que se desata, sino en la tierra que dejamos preparada para recibirlo. El barro que cubre nuestras calles no es solo tierra mojada; es el reflejo de nuestra negligencia colectiva. Actuemos, antes de que la próxima creciente nos ahogue en silencio.










