La tragedia de Lara y su pésima estrategia


 
A manera de réplica.
Esta fue una carta que le envié a Rodrigo Lara (hijo) cuando yo era comisionado de TV.

Por Fernando Álvarez Corredor.

Nadie duda de que el padre del senador Rodrigo Lara Restrepo, fuera siempre un hombre serio y comprometido en la lucha contra la corrupción política; un hombre de convicciones profundas en materia de la ética de lo público y, más aún en lo que pocos le reconocen hoy, de la ética de lo social. Nadie puede olvidar la valentía con que Rodrigo Lara Bonilla enfrentó la capacidad corruptora y criminal del narcotráfico cuando la sociedad aún estaba embelesada con sus extravagancias. Nadie puede dejar de lamentar la mala hora en que Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha decidieron acabar con su vida por haberse atrevido a denunciar el ingreso de las mafias en la política y por haber desenmascarado los propósitos del Cartel de Medellín de subvertir el estado de derecho con miras a evitar la extradición, que era por entonces el más caro temor de “los traquetos”.

Nadie puede haber dejado de reprochar la cadena de magnicidios desatados por esta horda criminal que pretendía reducir al Estado para perpetuar su poder montado sobre los violentos dineros del narcotráfico y para acceder cada vez más a los escenarios gubernamentales. Nadie puede olvidar la cara de esos niños desmoronados en llanto frente a la tumba de su padre cuando fue vilmente asesinado el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Y por supuesto nadie puede dejar de compartir el dolor que lleva este pobre muchacho en su alma cuando a temprana edad lo despojaron de su padre y lo lanzaron al mundo a buscar las explicaciones de lo inexplicable.

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Pero nada de eso le da patente de corso a este pobre muchacho para calumniar, ni para levantar falsos testimonios, ni para mentir impunemente, ni para alimentar toda clase de difamaciones e injurias contra quienes él cree que debiera ejercerse algún tipo de retaliación por haber tenido relación cualquiera con los asesinos de su padre. Nada le da derecho a manejar la “justicia mediática” por su propia mano. Nada le da derecho a convertirse en un perdonavidas con licencia para lanzar permanentes insinuaciones espectacularistas y efectistas en la prensa, en busca de una venganza a punta de mala fama en contra de quienes él cree que deben pagar algo, por lo que a su juicio merecen castigo o por lo menos escarnio público.

Nada ni nadie lo faculta para juzgar sin derecho a apelación ni a ningún recurso de segunda instancia a quienes a él se le antoja que son culpables por colateralidad o por ” cercanía”, como dice eufemísticamente para sugerir complicidad. Nada le otorga el derecho de aplicar el ojo por ojo con unas armas tan mortales como las que usaron los asesinos de su padre. Aquellas que decretan la muerte civil de las personas y que lo colocan, al usarlas, a la altura de Byron de Jesús Velázquez, sin moto pero con micrófono, y sin chaleco pero con fuero parlamentario para acribillar la honra de quienes considera sus objetivos.

Nada le da derecho a disparar contra el buen nombre de ninguna persona ya sea con el sacro propósito o con el recursivo pretexto de enarbolar las banderas de su padre. La mentira y la insinuación calumniosa no honran la memoria de Lara Bonilla, ni la de ningún mártir del narcotráfico. Lástima que no pueda yo ni siquiera colocarme al nivel del hijo de Pablo Escobar, ya que no sé por qué pudiera pedirle perdón Senador Lara Restrepo. Si hubiera sido “cercano” como usted repite todo el tiempo, como con el ánimo de que cale a punta de repetición, podría pedirle alguna especie de indulgencia.

Pero es que fui tan cercano de Escobar como de su padre, porque como periodista la cercanía que tenía era la de que yo entrevistaba tanto al uno como al otro. Porque yo fui el primer periodista que escribió sobre Escobar, cuando el “Robin Hood paisa” y el primer periodista, cuando “El narcocasette”, que reveló que su padre había recibido un cheque de Evaristo Porras. Y aunque cheque y cinta hicieron parte de una celada preparada malvadamente por Escobar contra su padre, fue una trampa en la que el ministro cayó. El cheque entró a la cuenta personal de Lara Bonilla y la conversación donde Porras le informa existió y fue grabada.

Pero el hecho de que yo hubiera sido el primer periodista en haberlo revelado no me convierte en “cercano” (entendiéndolo como cómplice que es la connotación que usted habilidosamente le da a esa palabra) de nadie, ni de Porras, ni de Gilberto Molina, que la grabó, ni mucho menos de Escobar. Y por eso creo que su ánimo justiciero lo enceguece.

Yo cumplía con mi deber de informar la realidad y eso no me coloca, a pesar de sus esfuerzos, del lado de los asesinos de su padre. Hasta tal punto que aunque sus informantes de medio pelo se lo oculten deliberadamente yo también fui víctima de Escobar y de “El Mejicano” y tuve que huir durante varios años del país. Si no me hubiera refugiado en España habría corrido seguramente la misma suerte de su padre o la de periodistas como Jorge Enrique Pulido o Diana Turbay que no lograron escapar a las balas asesinas del capo que usted ya perdonó por la vía de la consanguinidad.

Tanto que también fui el periodista que escribió en Semana “El Prontuario de Escobar”, “La contrarrevolución en Urabá” y posteriormente “El Dossier Paramilitar”, informes en los que se revelan las inspiraciones ultraderechistas y narcoterroristas del ejercito paramilitar que venían armando entre Escobar, Rodríguez Gacha, y los hermanos Castaño, por los cuales pudo por primera vez el país enterarse de la conformación de una auténtica cordillera neofascista que iba desde Córdoba hasta Pacho, Cundinamarca, pasando por Puerto Boyacá, que amenazaba “emular” con las Farc para ejercer una especie de subversión de derecha apoyada por algunos mandos militares de la época y dirigida, entre otras cosas, a acabar con la izquierda democrática mediante el crimen selectivo.

Fui también el periodista que estando en el exilio, viajé a Colombia a escondidas para que se pudiera escribir en Semana el artículo que develaba cómo Escobar había convertido a “La Catedral” en una verdadera réplica del holocausto, donde se mataba y se torturaba con las más despiadadas y modernas técnicas, y con la aquiescencia del Estado, que en ese momento estaba prácticamente subyugado por la mafia, gracias al milagro del cura García Herreros. Informe periodístico que sirvió para que el Gobierno Gaviria se pellizcara y ordenara desde Palacio, con algo de simulacro, la toma de la Cárcel de Envigado, y para que a partir de esa requeteanunciada fuga comenzara el principio del fin de Escobar.

Tampoco le da derecho, ni el honroso apellido que heredó, ni la irrefutable rabia que lleva en su corazón, a salpicar permanentemente a la Comisión Nacional de Televisión insinuando que las decisiones que allí se toman están contaminadas de influencias externas, que cuando menos dice, las deja como malévolas. Es hora de que me perdone a mí también como lo hace con el hijo de Escobar. Mi papá no mató al suyo pero perdóneme. Yo lo único que he hecho es averiguar más de lo que otros hicieron en mi momento periodístico y lo único que he hecho como Comisionado es tener unas posiciones independientes en bien de la sociedad civil y en defensa de la democracia participativa y la democracia representativa.

He luchado contra las catervas internas que se habían enquistado y disfrutaban de haber logrado convertir a la CNTV en una máquina electoral en la que se traficaban votos por licencias, manejada por quienes al parecer hoy ejercen de “carboneros” para sus improperios y agravios en mi contra. No le puedo decir que me perdone por haber intentado acabar con ese carrusel fraudulento diseñado para canjear licencia por voto, en una particular pirámide electoral que suplantaba al sector, la cual he denunciado y de alguna manera disminuido. Sí acabar con esas prácticas malsanas en la CNTV en algo le han afectado, es usted el que debería pedir perdón al país porque es verdaderamente lamentable que durante años la Comisión Nacional de Televisión hubiera sido manipulada, por quienes hoy son sus “informantes” y alimentadores de sus calumnias, de esa manera tan grotescamente antidemocrática.

Yo, senador, a diferencia de lo que me pasaba con su padre, a quien sí le creía a pesar de haber cometido el error que lo llevó a caer en la celada que le tendió Escobar, a usted no le creo nada. Pienso que todas las andanadas contra la CNTV y el supuesto interés por desenmascarar las aparentes negras intenciones de José Obdulio Gaviria de apoderarse de no sé qué poder en ella, son apenas las ganas de buscar un protagonismo mediático desde un muy mal libreto. Mire usted las posturas que yo he tomado respecto de las famosas decisiones que menciona como cruciales en la CNTV y sobre las cuales se cierne un supuesto peligro, tercer canal y prórrogas de Caracol y RCN: y busque, pero con la linterna de Diógenes, dónde se puede encontrar la mano negra de José Obdulio o de los hermanos Ángel como malintencionadamente lo afirma cada que puede usted esgrimir su espada de justiciero mediático.

Yo he votado en contra de que sean sólo tres canales porque creo que deben ser cuatro, en aras de garantizar la pluralidad y el crecimiento de la industria de la televisión colombiana; y en esto no están aspirando sino tres empresas superrespetables a nivel internacional de la talla de Prisa, Planeta y el Grupo Cisneros, como para que usted le vea perversidad a mí postura, o como para hilar tan delgado e insinuar que detrás de esas decisiones puede estar José Obdulio o los hermanos Ángel, quienes no tienen ningún interés común con esas compañías de televisión multinacionales.

Yo he votado a favor de que se revisen las tarifas que a mí manera de ver resultaron exorbitantes en relación con las prorrogas de Caracol Y RCN; y si alguien quisiera celebrar esa postura mía podrían ser los dueños de los canales, es decir los señores Carlos Ardila Lule y Julio Mario Santodomingo. Y sinceramente veo muy lejanos a estos dos magnates de coincidir con lo que quisiera José Obdulio o los hermanos Ángel. Creo que usted está encaramado sobre una pésima campaña estratégica de ganar méritos encontrando un demonio, pero está en el lugar equivocado. No ha acertado ni en las personas, ni en las variables de tiempo y modo.

Búsquese otro nicho electoral, o búsquese otras víctimas con más posibilidades de llevar a la cárcel, si eso es lo que quiere; porque por donde va, creo que se desmontó en un peladero. Y eso de “calumniá, calumniá que de la calumnia algo queda”, ya pasó de moda. Hoy la gente o demuestra lo que dice o se desprestigia a sí misma y la calumnia se le devuelve como un boomerang. No busque más el ahogado aguas arriba. Dedíquese a explicar lo que nadie le cree de la plata que le prestaron los de Cajanal, que eso si debe tener a su padre triste allá en el infinito. Y, como diría mi papá, coja oficio. No se desgaste más en encontrar mis perversas intenciones en la CNTV porque de verdad, de corazón, y con mi pequeña hija al lado, le juro que pierde el tiempo. Nunca encontrará lo que no existe.

No le compre esa pelea a los enemigos de Juan Gonzalo Ángel que de ahí no sale un voto y de esas conjeturas sin demostración no se gana ni el más mínimo guiño en la opinión pública. Y no se confunda porque le dan pantalla. Los medios necesitan francotiradores morales, pero cuando se inflan demasiado, se encargan de aplicarle la misma medicina para desinflarlos y volverlos objetivo. No se equivoque que usted sin necesidad de acabar con alguien tiene con qué brillar y si se ajuicia tiene mucho futuro. No necesita irse por los subterráneos de la mentira y la difamación, y menos abrirle la puerta a los seudoinformantes sin el beneficio de inventario. Recuerde que ese juego llevó a su papa a caer en la celada. No todos los informantes son bien intencionados y le pueden estar haciendo cometer errores. Búsquese otra garganta profunda porque el que lo alimenta hoy lo va a dejar colgado de la brocha, sin pruebas y sin credibilidad.

Pero sobre todo, en estas navidades tómese otro traguito, diferente, piense bien y perdone. Ya lo que paso es suficientemente feo para seguir con esa amargura y buscando responsables de una tragedia que todos lamentamos. Quítese ese uniforme de víctima que si se descuida lo puede llevar muy fácilmente a convertirse en victimario. Mire que nuestra historia está plagada de personajes que fueron víctimas de la violencia y no superaron la rabia en el corazón. A Tirofijo le mataron su papá y le robaron sus gallinas y vea en qué terminó. A Fidel, Carlos y Vicente Castaño las Farc le secuestraron y le mataron a su papá y mire cómo terminaron. Ese dolor hay que curarlo; hay que perdonar sobre todo a los que no tienen nada que ver con él, y más si se perdona a los que sí tuvieron algo que ver. Eso es bueno que se vaya a hacer negocios con el hijo de Pablo Escobar y que tengan éxito reviviendo sus historias, y ojala de ahí brote la verdad que le cure su dolor, así no habrá necesidad de más mentiras, ni de seguir acabando honras.

Está muy bien que lo haya perdonado. Este es un país que merece eso. Un país en el que hay que perdonar y pedir perdón a toda una nación. Sobre todo porque se subestimó en un principio el poder criminal del narcotráfico, porque todos nos equivocamos al no dimensionar lo que podía generar, porque nadie se imaginó en ese momento cuánto dolor causaría. Perdonar a los que fueron primos, a los que formaron asociaciones porque creían que eran altruistas, a los que trabajaron con ellos, a los que los conocieron, a los que recibieron cheques ingenuamente y a los que los entrevistaron pensando que cumplían con su oficio de informar a la ciudadanía veraz y desinteresadamente.

Decimos lo que otros callan
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