¡Los amoríos del Libertador! IX

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Nuestro extraordinario, admirable, victorioso Simón Bolívar -héroe con todas sus glorias, singularidades, pasiones, debilidades- a los 19 años, contrae matrimonio con la española, María Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro Alayza (15 de octubre de 1781 – 22 de enero de 1803). Después de solo dos años de compromiso y ocho meses de matrimonio, murió tras contraer la fiebre amarilla a los 21 años. Bolívar juró y cumplió su promesa de no volver a casarse. Su muerte -según el propio Bolívar- fue un punto de inflexión en su vida, que lo puso en el camino de convertirse en el libertador de seis naciones, imprescindible antecedente del proceso de integración latinoamericana.

¿Fue “la Güera” Rodríguez una heroína independentista?, la historiadora Silvia Marina Arrom aclara el mitoSoltero aún, y huérfano, la primera tierna relación, antes de casarse, a los 16 años de edad, en el puerto de Veracruz, se unió -2 de febrero de 1799-a la criolla mexicana, María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, apodada “la güera Rodríguez” (por lo rubia), quien antes de conocer al Libertador, sostenía una relación amorosa con Agustín de Iturbide futuro emperador de México, triángulo afectivo que completó, Alexander von Humboldt

Muerta su esposa, regresó a España, pasó luego a París (1804), donde se unió -de 20 años-, a su prima, “Fanny” Louise Denisse Dervieux du Villard (que frisaba 28 primaveras), una coqueta, encantadora, frívola, refinada mujer -según sus biógrafos-, casada con el coronel realista y conde, Bartolomé Dervieux (1806), hija del barón de Trobiand de Kenreden, pariente por la sangre Aristiguieta. Fue la mujer que verdaderamente lo despertó en las lides ardientes del amor, en los largos seis meses que acariciaron estos secretos y continuos encuentros. El 6 de diciembre de 1830, próximo a su muerte, Bolívar le escribió su última carta de amor.

De su lado, Bolívar partió con su maestro, Simón Rodríguez y el cuñado, Fernando Toro, a su largo viaje de instrucción por el viejo Continente (Europa), dejando atrás a la enigmática amiga, Teresa Lesnais (Lesnays o Laisnay), con quien intimó, dulce, bella, reservada, a quien se afirma llegó a amar de veraz, sin alardes hasta allá, por los días imborrables de 1.806. Se afirma que de dicha relación nació una hija.

NapoleónEn el apogeo del poder y la gloria del Gran Corso -Napoleón Bonaparte-, quien el 18 de mayo de 1804 se autoproclamó como Emperador de los franceses, pero fue hasta el 2 de diciembre siguiente cuando se hizo coronar por el Papa Pío VII, a quien tenía más o menos en cautiverio, consagración a la que asistió Bolívar, quien contaba entonces 21 años, ceremonial que se realizó en la Catedral de Notre Dame – París, el 02 de diciembre de 1804, el cual -según confesó- marcó decisivamente su vida e impetuosa personalidad.

En 1805 se dirige a Italia, acompañado de su maestro, Simón Rodríguez, periplo en que asciende al Vesubio, visita la isla de Capri, pasa a Roma, donde se dirige al monte Sacro, y allí presta el inmortal juramento:

Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, juro por la Patria que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma hasta que se hayan roto las cadenas que nos oprimen del poder español”.

A finales de 1.812, con veintinueve años, conoce a la francesa Anne Lenoit (diecisiete años) tímida, joven de pareceres, también rubia.

El 4 de agosto de 1.813, conoce a Josefina Machado, “la señorita Pepa”, ardorosa morena de veinte años, cabellos negros, ojos grandes, vivos, boca carnosa, con una contagiosa alegría natural que hechizaba a cualquier mortal; de regular estatura que despertaba -se aseguraba- un irresistible, picante, erótico ardor, habiendo sido una de las doce guapas caraqueñas que, vestidas de blanco, precedieron el desfile triunfal, colmando al glorioso ídolo, frente al cabildo municipal, de cortesías, deferencias, mimos, zalemas, y a la manera clásica de la antigüedad romana, galardonaron al mítico agasajado, con  una corona de laureles, distintivo reservado para los vencedores.

Ante la recalcada decisión de no volver a contraer nuevas nupcias, de rehuirlas, aparece -como excepción- a su lado la agraciada, aristocrática, blanca, elegante, emblemática, encopetada, esbelta, selecta Isabel Soublette, de ojos azules, alta posición social, conocida con sus hermanas como las “nueve musas caraqueñas” -Mercedes, Josefa, Rosa, Teresa Begonia, Manela, Panchita, Belén y María Antonia- que colmaron con sus flirteos a la pacata ciudad de fines de la colonia española. También hermana del General Carlos Soublette (Presidente de Venezuela), prima de su rival, Josefina Machado, con quien debió compartir -no sin ocultar su molestia y celos-, este amor tenido por imposible. Bolívar le regaló una mansión en Angostura (hoy Edo. Bolívar).

Vino una más, Julia Cobier o Gober; ‘perla antillana’, una criolla dominicana, bronceada, pálida, de buena presencia, tierna, excitante y rica. Bolívar se encontraba con ella en Kingston, cuando complotados enemigos suyos fueron en su búsqueda a la habitual casa donde pernoctaba, siendo asesinado el ocupante de la hamaca del Libertador, desafortunado que resultó ser, Félix Amestoy, quien tenía previamente concertada una cita con él

En la interminable lista, surge esta vez la ocañera, Bernardina Ibáñez, quien igual hizo parte del séquito de quinceañeras, encargadas de recibir a Bolívar, coronarlo con guirnaldas a su arribo a Bogotá, después de la batalla de Boyacá. “Melindroso” ángel -galanteada con ese ‘dulce pochongo’ por él-, prometida en matrimonio con el coronel Ambrosio Plaza -intocable pavo del ejército-.

A propósito, la historia de las dos hermosas hermanas ocañeras, Nicolasa y Bernardina Ibáñez Arias, considerada -en su tiempo- la mujer más bella e inteligente de la Nueva Granada, renuente a aceptar los requiebros amorosos de Bolívar, acostumbrado a que todas le abrieran su corazón y sus  piernas, damas que vivieron en los albores de la Independencia, bajo los primeros tiempos de la República y cuya vasta e histórica parentela ha ostentado todo tipo de dignidades políticas en el país, fuente de un sinnúmero de chismes de alcoba e intrigas políticas, acusadas -por si faltara- de ser las instigadoras en la creación de los partidos Liberal y Conservador; y de manejar los hilos ‘secretos’ de la estabilidad del Estado en los tiempos que les tocó en gracia vivir. Su nieta María se casaría con Alfonso López Pumarejo, convirtiéndola en bisabuela del también Alfonso López Michelsen (ambos presidentes). Los amores de Nicolasa y Francisco de Paula Santander fueron unos penosos y tormentosos.

Sigue en la lista del insaciable Libertador, la vibrante palmireña, Paulina García (20 años), de ilimitados, incomparables atributos físicos y espirituales, garbosa trigueña, de negra y larga cabellera, quien sacó a Bolívar, de la casa de Becerra, llevándoselo para la suya, para brindarle seguridad. Entresaco un fragmento, del libro ‘Sexo y Poder’ del historiador Carlos Capriles Ayala, en que se refiere a Paulina: “Cuando Simón Bolívar quitó sus labios que se fundían y yo estaba medio desmayada, fue para oírle que me decía: ‘Carita, ¿se quedará usted conmigo? Compartiría mis honores, mi todo: ¡Usted será mi esposa!’ Yo le contesté: ‘Seré su esposa con todo mi corazón’. Le contesté sin dudas, sin hacerme preguntas de lo que él pudiera conseguir o tuviera mente“.

Continuó, Manuelita Sáenz, quien, a quien Bolívar le solicita, el 1 de diciembre, viajar a Bogotá, a reanimar: “una vida que está expirando”. La Sáenz se ve enfrentada a Francisco de Paula Santander y José María Córdova, enemigos de la “Libertadora del Libertador” -según palabras del Libertador-, heroína que merece un capítulo aparte, que difiero para una próxima entrega.

Otras amantes fueron: Joaquina Garaicoa, llamaba “La Gloriosa”, a quien Bolívar llegó a admirar demasiado y con la que mantuvo sentimientos puros y sinceros, llegando al extremo de autorizarle el uso de su nombre y apellido, que ella puso al lado del suyo, llamándose y firmando desde entonces: “Gloriosa Simona Joaquina Trinidad y Bolívar“.

La joven Manuelita Madroño, acompañó durante tres meses a Bolívar en su paso por la Sierra, entre Guayaquil y Perú, mientras preparaba la campaña de liberación del Perú. Debido a los afanes de la guerra, el Libertador tuvo que separarse de la joven amante, quien nunca lo olvidó, al extremo que ya vieja, la gente le recordaba sus amoríos con Bolívar, y ella feliz contestaba, ante la pregunta: ¿Cómo está la vieja de Bolívar?. “Como cuando estaba moza”. CONTINÚA

Bogotá, D.C., 25 de agosto de 2021

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mario arias gómez
Abogado, periodista y escritor


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