rafael rodríguez jaraba

Se critica a los Estados que controlan la inmigración ilegal, pero no a los regímenes que la causan

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Por Rafael Rodríguez-Jaraba*

Independientemente de las causas sociales y económicas que puedan justificar las movilizaciones sociales en Europa, es evidente que los graves desmanes ocurridos en Francia e Italia y, con frecuencia, en otros países europeos son, en parte, el resultado de la tolerancia complaciente de algunos gobiernos progresistas frente a la inmigración ilegal y, en particular, ante ciertos comportamientos de algunos inmigrantes musulmanes.

Está probado que la mayoría de los ciudadanos que inmigran ilegalmente en Europa profesan el credo musulmán, y que, tras huir de los vejámenes a los que los someten los regímenes teocráticos que imperan en sus países, buscan libertad y oportunidades en naciones democráticas, pero algunos mantienen una interpretación absolutista de su credo religioso y pretenden imponerla en los países que los acogen, incluso mediante actos de intimidación y terror.

Lo grave es que la mayoría de las naciones europeas y sus gobiernos siguen sin percatarse de que detrás de la inmigración ilegal, estaría la disparatada pretensión de invadir Occidente para imponer en todos sus confines el Corán como precepto religioso.

Si bien es cierto que los fanáticos religiosos musulmanes no representan al conjunto del mundo musulmán y muchos musulmanes reprueban los actos vandálicos y criminales, también hay quienes son silentes o neutrales ante esos actos de terror y barbarie.

A este detonante religioso exógeno que asedia y arrincona a Europa, se suma la exacerbación social promovida por grupos estudiantiles, en su mayoría, adoctrinados por la degenerativa, contestataria y reaccionaria seudocultura <woke> que busca desconocer culturas y costumbres, cercenar la libertad individual de conciencia, pensamiento y expresión, y hacer de la sociedad contemporánea un rebaño dócil y obsecuente en el que solo impere un credo materialista que desconozca la historia, la verdad, la realidad, y que ponga en duda la evidencia y hasta la misma ciencia.

Si bien los gobiernos se deben a la satisfacción de las necesidades y urgencias sociales, y deben ser eficientes y eficaces en la atención y solución de ellas, así como en su prevención, es irreflexivo pretender que las demandas sociales sean atendidas comprometiendo la identidad, la estabilidad y la supervivencia de las naciones, así como los principios, valores y convicciones que inspiran, orientan y mantienen la cohesión social de sus ciudadanos.

Es palmario que la debilidad y permisividad de gobiernos progresistas como los que en la actualidad padece España y la misma Francia, propician el avance de la cruzada musulmana en toda Europa, así como el empoderamiento de las vías de hecho y de la supremacía de la pasión sobre la razón.

Se quiera admitir o no, la inestabilidad social que hoy estremece el mundo hunde sus raíces en factores religiosos, ya sea por la militancia enardecida de algunos, la indiferencia de muchos o el agnosticismo de unos pocos. El conflicto de Oriente Medio y, en particular, el de Palestina ha servido de pretexto para sembrar la violencia e intentar legitimar la anarquía y el caos a escala global.

Los permanentes atentados terroristas de <Hamás> y <Hezbolá> (Partido de Dios) contra Israel, así como las respuestas a esos atentados, cruentas y costosas en vidas y recursos, concitan el interés de muchos, divide o alinea opiniones, desahogan pasiones y sirven para intentar justificar discriminaciones y xenofobias.

Los comentarios objetivos o sesgados sobre los efectos que suscita este endémico desencuentro nos alejan del análisis del origen de su honda y verdadera cimiente que no es otra que el fanatismo religioso, y no una disputa por tierras, como erradamente se afirma.

Y es que el fanatismo religioso, sutil o abruptamente, antes que hermanar y conciliar diferencias, distancia a las personas y aniquila la esperanza de una convivencia pacífica y civilizada.

La paz y el respeto por los semejantes, deberían ser la meta cimera de toda postura espiritual y religiosa, bien sea confesional, agnóstica o atea, y su búsqueda no debería requerir convalidación doctrinaria alguna. Pero eso no sucede. No son pocos los predicadores incendiarios y los falsos académicos que se valen de las creencias religiosas para alentar prevenciones y para desahogar pasiones, odios y resentimientos.

Como si no fueran suficientes, las profundas diferencias sociales y económicas del mundo, la fe es fuente de discriminación, persecución y aislamiento. Desde tiempos inmemoriales el disenso religioso ha provocado tensiones, amenazas, exterminios y guerras.

Los fanáticos obsecuentes a cualquier credo que se torne absolutista niegan a los demás la posibilidad de profesar una fe distinta a la propia, y cuando no lo consiguen, los ridiculizan, los irrespetan y los combaten.

El absolutismo religioso no conoce de razón, caridad y tolerancia cuando está en juego la certeza de la fe. En contraste con sus postulados teológicos y teleológicos, sus manifestaciones beligerantes son contrarias al anhelo de todo credo racional como es el de dignificar la vida.

No debemos vacilar al afirmar que todos los movimientos, grupos o formas de gobierno que pretendan imponer ideas, credos o convicciones únicas mediante el uso del nombre de Dios, la coacción o la fuerza, son inaceptables y espurios.

Los regímenes totalitarios encuentran nutriente en la falta de educación, en las divergencias en cuestión de fe y en la interferencia en la autodeterminación ajena, para intentar legitimar sus causas extremas, propias de mentes enfermas o cegadas por la irracionalidad y la brutalidad, o, para intentar suplir sus limitaciones e incapacidades en términos de progreso y desarrollo.

Así resulte crudo decirlo, el atraso y el subdesarrollo de la mayoría de las sociedades teocráticas del mundo, salvo contadas excepciones, contrastan con el desarrollo, el progreso y los avances de las sociedades democráticas en las que la religión no ejerce influencia sobre el Estado y el Gobierno, salvo en Israel que es probablemente la excepción a la regla, en donde a pesar de la presencia de elementos religiosos en su vida pública, en su sociedad pluralista tienen cabida la libertad religiosa y todo tipo de vertientes, corrientes e ideologías políticas, así como ciudadanos judíos, cristianos, católicos, musulmanes, armenios y hasta bahaístas, al punto que esta última religión tiene su templo mundial en la ciudad de Haifa.

Solo con la separación de la religión de los asuntos del Estado y el influjo trasformador de la educación logrará la humanidad neutralizar el fanatismo de los credos intolerantes, y, entre tanto suceden estos milagros humanos, seguirán las llamadas <guerras santas>, y para evitarlas, deberemos dejar de hacer proselitismo religioso, de discriminar para no ser discriminados y repudiar todo acto de violencia por causas religiosas.

Infortunadamente y más tarde que temprano, Europa tendrá que entender que, la invasión musulmana no es incidental ni humanitaria, sino la materialización de una gesta planificada de carácter religioso.

Sobrecoge que se critiquen los Estados que controlan la inmigración ilegal, pero no a los regímenes que la causan. También sobrecoge la conducta de una derechita blandita, cobarde y vergonzante que es tolerante y complaciente con el regresivo progresismo, que no es más que un neocomunismo criminal que distorsiona <Liberté, Egalité y Fraternité>, y busca desestabilizar, en especial, la República de Francia que fue cuna de la democracia contemporánea.

*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado. Esp. Mg. LL.M. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Litigante. Árbitro Nacional e Internacional en Derecho. Catedrático. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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Abogado y columnista


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