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Crónica de una tierra que se olvida de su memoria

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Por Eduardo Padilla Hernández

Profesor en Derecho ambiental

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de la indiferencia, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Pero en Macondo ya no hay hielo. Se lo llevó la deforestación, y nadie se dio cuenta porque estaban ocupados firmando actas de entrega que nadie fue a recibir.

Colombia es un país de seis regiones y una sola fiebre: la de anunciar lo que no se hace.

En el Caribe, donde el viento trae sal y olvido, los niños de La Guajira aprenden a leer bajo el sol porque no hay techo, y aprenden de agua en los libros porque no la tienen en la sed. Los manglares mueren de pie, como los viejos coroneles, y los gobernadores pasan por allí con caravanas de carros nuevos a inaugurar proyectos que ya se llevaron el río.
Y lo más grave es que esos niños no saben de dónde viene el agua que se toman. Beben de un carrotanque y creen que el agua nace en la manguera.

En la Andina, la tierra es alta y la gente también. Allí las universidades discuten el futuro del páramo mientras en el páramo la gente quema frailejón para sembrar papa. La educación sube en ascensor en Bogotá y baja a pie, descalza, en las veredas de Nariño. Y sin embargo, es en esa tierra partida donde un maestro viejo le enseña a un niño a leer el cielo para saber cuándo lloverá, porque el Estado olvidó enviar el pronóstico.
Allí los niños deberían bajar a la quebrada, meter la mano al agua fría y entender que ese chorro viene del frailejón que ellos mismos pueden cuidar. Un niño que sabe de dónde viene su agua, no la desperdicia. Un niño que no lo sabe, la ve como algo que sale del grifo por arte de magia.

En el Pacífico, el mar canta con voz de mujer afro y el bosque responde con voz de hombre emberá. Pero los niños de Buenaventura no aprenden de corales ni de manglares. Aprenden a correr cuando suenan los tiros. La biodiversidad es un museo sin visitantes, y la educación ambiental es un papel que se moja con la primera lluvia y se lo lleva el río Atrato.
Si esos niños supieran que el agua que beben baja del Baudó, no dejarían que se la envenenen con mercurio sin decir nada.

En la Orinoquía, las sabanas son tan grandes que uno puede perderse en ellas y nadie lo nota. Allí el petróleo brotó como una promesa y se fue como un fantasma. Los colegios tienen laboratorios sin reactivos, y los muchachos aprenden de agronomía sostenible en un cuaderno mientras afuera el suelo se agrieta de tanto químico.
Enseñarle a un niño de Arauca que su agua viene de los morichales es enseñarle a defenderlos. De lo contrario, crecerá creyendo que el agua es infinita, como creyó su padre.

En la Amazonía, el verde es tan denso que parece eterno. Pero no lo es. Cada árbol que cae es una página arrancada de un libro que nadie ha leído. Los abuelos indígenas guardan la memoria del bosque en la lengua, y los nietos la pierden en el español mal hablado de un profesor que llega tres meses al año.
Allí un niño mira el río y ve solo agua. Debería ver la historia de su pueblo, la medicina de su abuela, el futuro de sus hijos. Porque el niño que sabe que su agua viene del corazón del bosque, no permite que lo tumben por un plato de lentejas.

Y en San Andrés, donde el mar es de siete colores, los corales mueren de blanqueamiento y los jóvenes aprenden a servir tragos a turistas que no saben el nombre de la isla. La resiliencia se enseña después del huracán, cuando ya es tarde.
Allí los niños deberían saber que el agua dulce de su pozo está conectada al mar, y que si ensucian uno, muere el otro.

Así es Colombia: un país donde la educación ambiental se escribe con tinta invisible, y el desarrollo se mide por las vallas que ponen en las carreteras, no por los ríos que siguen vivos.

Pero hay algo que no se ha muerto. Es esa terquedad del maestro rural que sigue dando clase con un lápiz y un cuaderno mojado. Es esa obstinación del indígena que sigue sembrando su conuco como si el mundo no se estuviera acabando. Es esa necedad de los niños que preguntan por qué el agua ya no sabe a agua.

Mientras esos niños no sepan de dónde viene el agua que consumen, seguiremos gobernando para la foto y no para la sed.

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La Otra Cara es un portal de periodismo independiente cuyo objetivo es investigar, denunciar e informar de manera equitativa, analítica, con pruebas y en primicia, toda clase de temas ocultos de interés nacional. Dirigida por Sixto Alfredo Pinto.


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