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Elías Bechara: El hombre que me mandó a Bogotá con una bendición y un deber

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Por Eduardo Padilla Hernández

En Córdoba hubo un tiempo en que los muchachos salían de los pueblos con una maleta de cartón y la certeza de que si no se iban, se quedaban.

Fue en 1977, cuando la Universidad del Sinú apenas estaba aprendiendo a caminar, que Elías Bechara Zainúm me miró después de una entrevista y me dijo con esa voz tranquila que no necesitaba alzar para que se le obedeciera:
«Mijo, ves a estudiar a Bogotá porque aquí estamos comenzando. Y la entrevista que acabas de hacer me muestra que eres inteligente, y yo eso no lo olvido.»

No fue un adiós. Fue una orden vestida de consejo.

Yo venía de Cereté, donde el Sinú se vuelve más ancho y la gente aprende a esperar con paciencia. De allá salí con la enseñanza de que uno no se mide por lo que tiene, sino por lo que es capaz de devolverle a su tierra. Esa enseñanza la confirmé en cada palabra, en cada gesto de Elías Bechara Zainúm.

Así era él: un hombre que no retenía a nadie por orgullo, porque sabía que una universidad que empieza no puede darse el lujo de cortar las alas de los que tienen que volar para volver con algo que enseñar.

No volví con el diploma colgado al cuello como quien vuelve a cobrar una deuda. Volví con la sensación de que alguien, en medio del olvido de Córdoba, había apostado por mí sin pedirme nada a cambio. Y no lo he defraudado.

Ese es el gesto de un mentor. Y Elías Bechara Zainúm fue mentor sin necesitar el título. No daba lecciones de cátedra. Daba lecciones de vida: que la educación no se mendiga, se construye; que un pueblo sin universidad es un pueblo sin memoria; que el verdadero poder no está en retener, sino en soltar para que otros crezcan.

Fundó la Universidad del Sinú en 1974 con esa misma lógica. No la hizo para él. La hizo para los que venían detrás. Para que un muchacho de Sahagún no tuviera que vender la vaca para estudiar en Bogotá. Para que una muchacha de Lorica pudiera decir “soy médica” sin pedirle permiso a la distancia.

Hoy el Campus Elías Bechara Zainúm lleva su nombre, y la institución tiene la Acreditación en Alta Calidad desde 2023. Pero su verdadera obra no está en las placas de bronce. Está en los miles que pasaron por esas aulas y salieron a ejercer con la idea fija de que el conocimiento se devuelve en servicio.

Yo fui uno de esos.

Y cada vez que escribo, que investigo, que me paro frente a un papel en blanco a pelearme con la verdad, me acuerdo de esa tarde de 1977. De esa frase que no era un halago, era un encargo: “yo eso no lo olvido”.

Los mentores no mueren cuando mueren. Se quedan viviendo en la obligación que te dejan de no defraudar lo que vieron en ti antes que tú mismo lo vieras.

Elías Bechara Zainúm vio en un muchacho de Cereté algo que valía la pena mandar a Bogotá. Y tenía razón.

Por eso me uno a su homenaje. Porque un hombre que siembra universidades no muere mientras haya quien siga sembrando con su ejemplo.

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