Nuestro Puerto Franco en Montería: cuando los que menos tienen son los que más dan

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Por: Eduardo Padilla H.

En la vereda Puerto Franco, zona rural de Montería, (Córdoba), la pobreza no es una palabra que se estudie en los libros: se vive cada amanecer. Aquí las familias se levantan sin la certeza de que hoy habrá trabajo, sino con la esperanza de que alguien necesite un jornalero, un oficio, una mano para cualquier labor. Viven del día a día, de lo que el destino les ponga en el camino.

Hay hogares donde el desayuno depende de que ese día salga algo. Donde las madres racionan el arroz desde temprano para que alcance en la noche. Donde los niños entienden, sin que nadie les explique, que no siempre se come tres veces al día.

Y en ese contexto, cuando las lluvias llegaron con furia y las aguas arrasaron con lo poco que tenían muchas familias, esta comunidad hizo algo que parece imposible.

No se quedaron mirando su propia necesidad.
Miraron al vecino.

Y decidieron dar.

Dar cuando no sobra nada

No tienen despensas llenas. No cuentan con presupuesto para emergencias. No hay un fondo comunitario guardado. Lo que tienen es voluntad y un corazón que no les cabe en el pecho.

Mujeres, hombres, jóvenes y hasta niños se organizaron para preparar entre 200 y 300 platos de comida caliente cada día. ¿De dónde sacan? De lo que cada familia presta o regala: una libra de arroz de la casa de una, unos plátanos que alguien tenía sembrados, un poco de aceite, un huevo, y cuando se puede, un pollo que entre varios reúnen.

Las ollas no son de ellos. Las prestaron.
La leña la buscan en el monte.
El agua la acarrean desde donde se pueda.

Pero la comida sale. Caliente. Sazonada. Servida con amor.—

Las mujeres: el corazón en la olla

Son ellas las que madrugan. Las que encienden el fuego muchas veces entre la humedad que dejó la noche. Las que pican, aliñan, revuelven y prueban para que todo salga bien.

Mientras cocinan, cantan.
Mientras cantan, oran.
Mientras oran, convierten ese fogón en un templo.

No esperan aplausos. No buscan reflectores. Lo hacen porque saben lo que es tener hambre. Porque conocen el dolor de un niño preguntando qué va a almorzar y no tener respuesta. Y porque hoy, gracias a Dios, pueden dar esa respuesta.

inundacion en monteria
Inundaciones en Montería

Los hombres: fuerza para servir

Los jornaleros, albañiles y trabajadores del campo también están ahí. Hombres curtidos por el sol, con las manos gastadas de tanto bregar. Hombres que quizás hoy tampoco consiguieron trabajo, pero que igual se presentan a ayudar.

Cargan los bultos pesados.
Consiguen y parten la leña.
Llevan las ollas de un lado a otro.
Acompañan a las mujeres en la distribución.

En Puerto Franco no hay roles rígidos cuando se trata de servir. Hay un solo propósito: ayudar.

Repartiendo esperanza casa por casa

No se quedan en un punto fijo esperando que la gente llegue. Salen caminando. Se internan por senderos enlodados, cruzan charcos, llegan hasta las casas más apartadas.

Llevan la comida.
Llevan una palabra de aliento.
Llevan una oración.

Van con niños de la mano, con ancianos que apenas pueden moverse, con familias enteras que lo perdieron todo. Y no van con cara de tristeza: van con la alegría de quien sabe que está haciendo lo correcto.

No les importa que nadie les tome fotos.
No les importa que nadie les dé las gracias.
Les importa que el hermano no se acueste sin comer.

La verdadera riqueza

Puerto Franco es una comunidad humilde. Muy humilde. Casas de bareque, pisos de tierra, trabajos informales, ingresos inciertos. Pero hay algo que tienen en abundancia: humanidad.

En esta vereda, la riqueza no se mide en billetes. Se mide en manos extendidas. Se mide en ollas comunitarias. Se mide en madrugadas de mujeres que podrían estar durmiendo pero prefieren cocinar para otros.

Aquí, quienes cuentan moneditas para el mercado, hoy cuentan cuántas personas alcanzaron a comer.
Aquí, quienes viven del esfuerzo diario, hoy sostienen a otros con ese mismo esfuerzo multiplicado por la solidaridad.

No tienen títulos universitarios.
No ocupan cargos públicos.
No manejan presupuestos ni partidas.

Pero están dando la clase más importante: la de que el amor es más grande que cualquier carencia.

Una lección para todos

En Puerto Franco quedó demostrado que la pobreza material puede ser muy dura, pero cuando el corazón es más grande que la escasez, ninguna inundación, ningún invierno, ninguna dificultad puede con la solidaridad.

Porque cuando los que menos tienen deciden dar con amor, están recordándole al mundo entero que lo verdaderamente valioso no se compra ni se vende: se lleva dentro.

En mi visita a mi departamento de Córdoba me encontré con la tragedia de las inundaciones.
Pero también, gracias a Dios, me encontré con Puerto Franco.

Y me recordaron algo que nunca debí olvidar:

La grandeza de un pueblo no está en lo que tiene, sino en lo que comparte.

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Eduardo Padilla Hernández
Eduardo Padilla Hernández

Abogado, Columnista y Presidente Asored Nacional de Veedurías


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